
A medida que avanzan las horas y los días, todo está cayendo. No se está derrumbando un político, o un partido, sino todo un sistema administrativo que se ha vuelto a mostrar ineficaz, y cuya principal anomalía es promover que la gestión de lo más importante recaiga una y otra vez en manos de incompetentes, cuando no directamente en manos de psicópatas.
La coordinación entre administraciones y ayuntamientos de diferentes colores está siendo un bochornoso fracaso. La ausencia del Ejército y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, que deberían estar todos allí desde el minuto uno, parece una broma macabra. El rechazo del Gobierno a la ayuda internacional, y a los efectivos de bomberos que ofrecieron países como Francia, espero que termine con uno o varios cargos en la cárcel. La consejera de hielo que se dirige a los familiares de las víctimas con ausencia total de empatía y habla de los muertos como si fueran un trámite burocrático, produce verdadero pavor. La manera en que muchos burócratas están dedicando enormes esfuerzos a prohibir o dificultar que los ciudadanos se organicen en sus barrios para ayudar por su cuenta, también nos deja perplejos.
La lista de fracasos es interminable y la demolición general parece que no tiene marcha atrás. Por primera vez en muchos años, fruto de esta angustiante situación, vemos irritada a la España real en su conjunto; no a unos de un partido contra otros, sino a todos. La España que madruga, trabaja, paga impuestos y calla, está harta de que ahora, cuando por una vez sí hace falta que las administraciones se encarguen de gestionar con audacia los recursos públicos y privados, cuando por una maldita vez se les necesita de verdad, cuando por una vez hace falta el dinero de tus impuestos, no solo no saben qué hacer, sino que impiden que otros puedan hacerlo; y en cuanto al dinero nadie sabe nada.
Tampoco puedo decirte que me resulta una sorpresa. Cuando ves que el dinero público de un plan contra la violencia de genero termina enterrado en pintar bancos de colorines en tu pueblo. Cuando ves que lejos de ayudar a las empresas en dificultades cada vez generan más trabas y pisotean las habas de los autónomos. Cuando ves que te obligan a cambiar de coche o a comértelo en tu maldito barrio porque así lo ha decidido un señorito desde Bruselas. Cuando ves que el inagotable caudal de nuestro dinero, el tuyo y el mío, se esfuma misteriosamente al pasar por las manos de la inconmensurable red de las infinitas administraciones públicas.
Cuando ves todo eso, tampoco puede extrañarte que en esta catástrofe sin precedentes, incomprensiblemente, el Gobierno no quiera la ayuda que ha ofrecido la UE, o que la ministra de Defensa diga que el Ejército está para labores disuasorias y no para hacer el trabajo que deben hacer las autonomías –no se puede ser más mezquina e indigna—, o que toda la ayuda de la ministra de Trabajo ante el caos sea amenazar a las empresas que han perdido todo con enviarles además inspecciones de trabajo.
Aunque comprendo la indignación de los más afectados, yo no comparto ese grito casi unánime que pide a los gobernantes que se bajen al barro a ayudar. No necesitamos la foto de la demagogia. Molestarían más que otra cosa. Es suficiente con que asuman con liderazgo e inteligencia su responsabilidad, o que se marchen a su casa.
No pretendo meter a todos en el mismo saco. Sé que hay funcionarios públicos y cargos políticos sin dormir desde hace días, actuando con sensatez y audacia, y tratando de hacerlo lo mejor posible. Pero, para nuestra desgracia, son una minoría.
Lo demás están acostumbrados a resolver los problemas legislando idioteces, creando impuestos nuevos, o consejerías, o multas, o fundando observatorios aquí y allá, viven tan lejos del mundo real, que cuando hay un maldito problema real sencillamente no saben cómo demonios arreglarlo, salvo convocando tras el puente juntas de Gobierno, con calma, e impidiendo entretanto a la sociedad civil que se organice para acelerar las ayudas.
Lo primero es rescatar, recuperar cadáveres, enterrarlos, tratar a los enfermos, y que la gente pueda volver a sus hogares. Pero lo segundo, inmediatamente después, debe ser abrir un debate sobre la insoportable ineficacia de la administración política de España, su interminable red de funcionarios y amigos, y sobre la urgencia de poner a dieta a un Estado que padece obesidad mórbida, y que la mayor parte del tiempo trabaja contra los ciudadanos a los que debería servir.