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Twitter y los zurdos

Da que pensar que una parte no pequeña de la izquierda ni siquiera sea capaz de compartir una red social con quien piensa diferente, la verdad.

Da que pensar que una parte no pequeña de la izquierda ni siquiera sea capaz de compartir una red social con quien piensa diferente, la verdad.
Pablo Iglesias y Óscar Puente con el logo de Twitter/X | Libertad Digital.

Twitter empezó a ser Twitter el 15 de enero de 2009. Ese día la vida de dos personas cambió de la manera más inverosímil. Por un lado, Chesley Sullenberger, Sully para los amigos, que no sólo consiguió amerizar un avión de pasajeros en la desembocadura del río Hudson en Manhattan, sino también que todos los tripulantes y pasajeros sobrevivieran. Por otro lado, Janis Krums, un lituano-americano que vio la escena, se subió al primer barco que encontró y acudió al rescate. Y lo más importante: lo tuiteó. "Hay un avión en el Hudson. Voy en el ferry para sacar a la gente. Qué locura". La foto que acompañaba al tuit, una pésima imagen tomada con la rudimentaria cámara de dos megapíxeles de la primera generación de iPhone, convirtió el tuit en una pieza de información de primer orden, y a la red social en el centro de la conversación política y social en Internet durante la siguiente década y pico.

Durante los dos mil dieces Twitter era el primer lugar al que uno acudía para buscar información sobre cualquier suceso relevante. Igual que en tiempos no había nada más antiguo que el periódico de ayer, en Twitter los acontecimientos se quedaban obsoletos a los tres cuartos de hora. Cuando el periodismo desembarcó en la red del pajarito, casi toda la conversación sobre la actualidad se estableció allí, y así siguió siendo durante años, entre zascas, selfis y, sobre todo, humor: ninguna red se ha prestado tanto a la tontería ingeniosa, al chiste radioactivo y al cachondeo impune como Twitter. Los que nos hemos dejado allí incontables horas de nuestra vida adulta sabemos que Eurovisión o una final de Champions no son lo mismo sin poder tuitear. La red social todavía conserva esa aura de place-to-be. Joe Biden anunció la decisión más importante de su carrera en un tuit, no bailando en TikTok. Por suerte para sus articulaciones.

Esta semana unos cuantos medios y otro puñado de periodistas han anunciado a bombo y platillo su marcha irrevocable de la red por la que Elon Musk pagó el equivalente al PIB de Paraguay. Aducen que Twitter, que no se debe llamar Equis por la misma razón que no llamamos Myanmar a Birmania, es ahora un lugar asfixiante e insufrible, donde los bulos y las patrañas campan a sus anchas de la mano de un ministro de Donald Trump. Puede que tengan razón, pero algunos tenemos memoria. A Trump lo intentaron echar de Twitter mientras aún era presidente, y tardaron unos siete minutos en cerrarle la cuenta en cuanto dejó de serlo. Lo hizo la misma gente que permitió que se quedara gente como Nicolás Maduro y el Ayatolá Jamenei, entre otros muchos terroristas y dictadores. En aquella época la práctica totalidad de los tuiteros políticamente activos desde la derecha sufrieron cierres de cuentas arbitrarios, provocados fundamentalmente por campañas de acoso y derribo de trolls de extrema izquierda. Muchos dejaron de escribir, la mayoría se abrieron cuentas B, C, D y así hasta completar el alfabeto del orgullo gay.

La realidad es que los periodistas y los medios progresistas se van porque en Twitter no les hacen demasiado caso. La cuenta del Guardian tiene casi once millones de seguidores, pero la mayoría de sus tuits obtienen unas pocas decenas de favs y retuits. La Vanguardia es igual, pero con aún menos difusión. Es tan sencillo como que la izquierda sólo sabe construir conversación desde la hegemonía, y en el Twitter de Elon Musk ya no la tiene. Así que se van a otro sitio donde puedan difundir sus consignas sin que nadie las rebata. El hecho de que la mayoría de los medios y periodistas que abandonan el lugar mantengan cuentas en Facebook y TikTok, redes infinitamente más grandes, con un nivel de moderación muy inferior y donde el río de mierda tiene un caudal que deja el Ebro en arroyuelo, deja bastante claro lo que de verdad influyen las fake news en la decisión.

En Twitter uno ve exactamente lo que quiere ver. Hay dos pestañas, una donde lees a la gente a la que sigues y otra llamada "para ti" donde un algoritmo escoge los tuits con los que considera que el usuario tiene más probabilidades de interactuar. Que generalmente son los que cabrean e indignan más al lector, porque nada irrita más a un internauta que alguien que está equivocado en Internet. Pero nadie obliga a usar esa pestaña. Uno no necesita ni siquiera asomarse a ella. Los periodistas progresistas podrían simplemente seguirse entre sí y darse palmaditas en la espalda a lo Señor Lobo y no necesitarían verse expuestos a odiosos bulos como que Joe Biden está gagá o que ningún comando neonazi agredió a Pedro Sánchez. Pero eso no es lo que quieren, lo que quieren es marcar la agenda y la conversación, y en Twitter ya no es posible pese a que siguen siendo mayoría. Las reglas han cambiado y las nuevas no les gustan. Da que pensar que una parte no pequeña de la izquierda ni siquiera sea capaz de compartir una red social con quien piensa diferente, la verdad.

"No se puede ir con un florete contra los navajeros", decía anteayer Idafe Martín, uno de los pedrodistas más rabiosamente pedrettes, a cuenta de la maniobra del PP en la Unión Europea para tumbar a Teresa Ribera. Es difícil calibrar hasta qué punto vive fuera de la realidad alguien que se cree que el tío que más cerdadas le ha hecho a la oposición y más puñaladas traperas le ha asestado al sistema democrático de España es en realidad un elegante caballero británico que practica esgrima en un mundo de sicarios despiadados. Este es el tipo de gente que se está marchando de formas cada vez más dramáticas y pomposas de la pajarería de Musk. Gente como el hermano menos listo de los López Iturriaga, alias El Comidista, un sesentón que desprecia públicamente a una chica de 22 años que se pasa diez días cocinando para quince mil personas en la catástrofe valenciana porque… bueno, porque sí. Porque no es el tipo de mujer que le gusta a la gente como él. No hay más. La izquierda no sólo quiere ganar, quiere hacerlo humillando. Quiere pisarte el cuello y darte lecciones de modales simultáneamente. Escupirte en la cara y explicarte en un paper por qué te lo mereces. Te pego porque lo dice la ciencia. Collejas resilientes y sostenibles. Y en una red social en la que siguen siendo más pero no pueden expulsar ni cancelar a nadie porque ya no controlan el discurso, todo esto ya no es tan fácil. Así que se van. En catalán decimos Bon vent i barca nova!, o como dijo Pablo Iglesias cuando no era un don nadie del que todo el mundo se reía: cierra al salir.

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