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Teresa no está, Begoña no habla, Mazón no se va

La escondida y desbordada Ribera sigue en su puesto. Parece que Mazón también, con lo que el PP renuncia al ejemplo.

La escondida y desbordada Ribera sigue en su puesto. Parece que Mazón también, con lo que el PP renuncia al ejemplo.
Begoña Gómez, en la comisión de investigación de la Asamblea de Madrid. | Europa Press

La semana, informativamente intensa como pocas, obliga a abordar varios asuntos con rasgos comunes: en todos ellos brilla por su ausencia el reconocimiento de culpa y prima lo personal sobre lo público. Con matices, claro.

La DANA no ha pasado aunque haya dejado de llover. Hasta el recuento definitivo, 223 familias se han roto y otras muchas más sólo ven barro donde antes había una casa, un negocio, una vida entera. Pero Teresa Ribera, que es ministra del ramo, se examina para que le aprueben en la indolente Europa sus fracasos de España. Opta a convertirse en la próxima vicepresidenta ejecutiva para una Transición Limpia, Justa y Competitiva. Todo adjetivos incompatibles. Es como dirigir la lucha contra el blanqueo de capitales emparedando millones de euros procedentes del narcotráfico en tu casa. O, como dice Federico, abolir la prostitución y celebrarlo en un puticlub. Cuánta corrupción funcional y moral campa por la cosa pública haciendo daño a los demás.

La mafia de los hidrocarburos —Aldama, el de Begoña, está en prisión— persigue despacio pero sin pausa a la ministra de ínfulas europeas pero, por desgracia, su absoluta desaparición en medio de la tragedia del diluvio parece que no le resta puntos ante los euroburócratas. Tenía que prepararse a fondo y no estaba la mujer para alertas, alarmas ni emergencias. ¿Muertos? Es que el cambio climático mata y por eso hay que montar tanto panel experto y tanto comisionado.

Ya ha quedado más que demostrado en estas páginas y fuera de ellas que la DANA mortal no tenía por qué haberse llevado tantas vidas por delante. Son muchas las razones que lo avalan: en el pasado remoto, en la víspera inmediata y en el momento crucial. Vale la pena tenerlos siempre en cuenta para que, por mucha estulticia política que crezca sin necesidad de abono, no vuelva a repetirse una tragedia similar.

En el pasado se idearon remedios lógicos como el desvío del Júcar que tanto duele a los inútiles resignados a que los ríos aneguen ciudades antifascistas. Después se dejó de hacer toda obra de tal magnitud, sobre todo si la idea no partía de una administración socialista. Hoy sabemos que algunas infraestructuras como la presa de Cheste habría contenido la furia del agua en las zonas que más han sufrido como Paiporta, Picanya, Masanasa o Catarroja. El propio Plan Hidrológico Nacional, dinamitado por José Luis Rodríguez Zapatero, era la respuesta lógica y documentada al eterno problema del agua en España, siempre entre sequías y diluvios. Pero claro, el plan era "nacional" y ajeno. ¡Ni hablar!

El resumen es bien sencillo: la naturaleza es capaz de destruir sin nuestra ayuda, pero puede y debe evitarse si se trabaja para ello con ingenio. La humanidad lo ha hecho siempre. Sobreponerse a las dificultades del terreno o del clima es ecológico y sostenible aunque no llene foros ni adorne consejos de administración. Y, sobre todo, es necesario. Pero siempre habrá negacionistas —ellos sí que lo son— que no permitirán tocar a Gaia, los mismos que creen que Atapuerca fue el origen de la especulación urbanística. Son los que suelen viajar en jet privado a las cumbres del clima.

No hemos querido aprender del pasado reproduciendo infraestructuras hidráulicas eficaces. No hemos sabido interpretar las previsiones, aparentemente tan fiables y concretas y que tanto empeño ponen en medir la temperatura de los océanos y el hielo de los polos. Y no hemos sabido reaccionar al inmediato desastre avisando a la población con antelación y autoridad suficientes. No hemos servido para nada.

Ribera no estaba en Valencia. Ribera no estaba en España. Pero Ribera quería ser comisaria europea y encontró un hueco para sacudir al prójimo, siempre con la inestimable ayuda de la cadena SER.

Carlos Mazón ha errado casi todos sus pasos en los momentos en que era más necesario ser útil, pero la última en reprochárselo debería ser la ministra Ribera. Y lo ha hecho sin rubor, sin que nadie se le haya manifestado a la puerta de su casa. La escondida y desbordada Ribera sigue en su puesto. Parece que Mazón también, con lo que el PP renuncia al ejemplo. Todo desolador.

Begoña y el mero hecho de serlo

Hablar de Begoña Gómez en plena tragedia no es frivolizar ni cambiar de asunto. Todo forma parte de la misma manera de gestionar con desprecio la administración de la vida pública. Pero además, la trama de los hidrocarburos que salió del ministerio de Ribera concediendo "capacidad legal y financiera" a la empresa Villafuel, S.L., que presuntamente defraudó 182 millones en el IVA ya tiene a Víctor de Aldama, amigo de Begoña y maniquí de todas las fotos oficiales de la koldosfera, en la cárcel. La corrupción socialista es siempre un círculo perfecto. Vicioso, pero perfecto. Y el problema es que mientras se corrompen… la gente se queda sin mascarillas o sin casa por una riada o se muere. Y ellos siguen.

Es sabido que la esposa rascafondos no tiene el don de la palabra, ni hablada ni escrita, pese a dirigir una cátedra parecida a la tesis de su cónyuge, pero el silencio ante la comisión de investigación de la Asamblea de Madrid se debió a una lógica prudencia procedimental ya que está imputada en un juzgado. Sin embargo, nos quiso regalar un alegato a modo de prologuito de su mudez, mal aprendido delante del espejo. ¡La mujer del presidente se defiende ante la jauría derechosa!, presumían jubilosos los siervos de Ferraz que hasta la vieron "solvente". Sirvió de bien poco… era Pedro con voz de Begoña, como Monchito y Moreno.

El PSOE dice que la derecha está persiguiendo a Begoña Gómez por el mero de ser la esposa del presidente del Gobierno. ¡Desde luego que sí! Por el mero de hecho de serlo y de aprovechar esa condición para, presuntamente, cometer delitos. ¿Si no fuera esposa del presidente del Gobierno habrían montado una cátedra de cartón piedra para ella? ¿Conseguiría fondos de la manera en que lo ha hecho por medio mundo de no haber sido cónyuge de Pedro Sánchez? ¿Dirigiría una carta a La Caixa pidiendo 40.000 euros al año si no tuviera el "mero hecho" tan a la vista de todos? ¿Alguien puede dudar de que todo lo que ha conseguido y perpetrado responde a su condición de esposa del presidente del Gobierno de España?

Pues por esta colección de hechos que tienen su razón en el "mero hecho" de ser la esposa del "Uno", se le piden cuentas. Igual que se le reclaman a un responsable de vigilar las variaciones de caudal de los ríos o el estado de los cauces por el mero hecho de tener esa competencia. Y, desde luego, el titular del ministerio que tenía encomendada esa labor se llama Teresa Ribera, la que no estaba, la que se desbordó criminalmente echando todas las culpas a Carlos Mazón, que tiene la suya y le tendría que haber costado el cargo.

¿Perjudicó Ribera —más bien Sánchez— a Mazón en medio de una tragedia "por el mero hecho" de ser de un partido que echó al socialista Puig? No cabe duda. Pero tras seis horas de comparecencia del presidente valenciano, nos quedamos con la extraña sensación de que tanto esfuerzo es sólo en descargo personal.

Begoña y Teresa comparten una cosa: la desfachatez de creerse por encima del resto de los ciudadanos. Callen o se escondan caerán algún día a su sitio natural. Mazón, que organice la reconstrucción con la eficacia que no hubo en el desastre y que se piense dos veces más el siguiente sacrificio, la dimisión. La reconstrucción la merecen todos y está bien que la lidere. La dimisión sirve para enjugar mínimamente tanta pérdida irreparable. Un precio.

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