
Ha inaugurado Sánchez el año en homenaje a Franco y me parece bien sacar del olvido al dictador, porque 50 años de su pacífica muerte en la cama es más que suficiente como para que podamos abrir el melón. Cuando dobló la servilleta yo aún no había tomado la primera papilla, de modo que hablo de oídas, no como Sánchez que vivió con toda intensidad el franquismo durante tres años de vértigo, de vértigo porque estaba tratando de aprender a gatear sin caerse, primero, y después a caminar erguido, no como Óscar Puente. El trabajo de regulación de esfínteres, en cambio, lo tuvo que hacer ya en democracia y tal vez eso lo explique todo.
Aun así, hablo de buenas oídas, porque como en todas las familias normales se cuentan cientos de historias, y confluyen anécdotas, bandos, y opiniones con naturalidad. En todas las familias menos en las del PSOE posterior a Zapatero, que solo escucha las historias de un bando, o se las inventa, desde que el borreguito de la ceja decidió que quería ganar la guerra, que entones Franco llevaba ya 30 años criando malvas y no había muchas posibilidades de que se levantara y lo corriera a gorrazos de La Moncloa por payaso.
Cuando una militancia socialista completamente idiotizada le compró a Zapatero la bobada de ganar la guerra perdida 65 años, un régimen y una transición atrás, supimos que no se podía contar nunca más con ese partido y sus votantes. Lo supimos todos menos los del PP que todavía hoy creen en el unicornio socialista post transición.
Visto con perspectiva, el franquismo fue increíblemente más provechoso para España que buena parte de la democracia. Si me vas a hablar de restricción de libertades y censura, te recuerdo que la izquierda posmoderna ha puesto en marcha la mayor campaña censora de la historia, porque es global, promueve la autocensura, cuenta con el apoyo de enormes plataformas digitales, y está tan enraizada en la sociedad que se le llama cultura de la cancelación. Pero por si acaso eso fallara, Sánchez ha impulsado también sus propias normas censoras, con las que puede arruinar medios y estropear la reputación de los periodistas díscolos.
Si me vas a hablar de desarrollo económico, no me hagas reír. Si hubo la pobreza de la posguerra es porque Franco tuvo que ganar una guerra que no inició, a la que nos llevaron los socialistas, y en todo caso prefiero el ejemplo de superación del desarrollismo y los tecnócratas que llevó a España a ser durante años el país de mayor crecimiento económico de Europa, que la crisis que negó Zapatero, con las manos en los bolsillos, hasta que arruinó la nación, o la planificación económica suicida de Sánchez, o el terrorismo fiscal de Montoro y Montero.
Si me vas a hablar de violencia, o del miedo y la frustración de las mujeres por un machismo irrespirable, te diré que, por un lado, no he escuchado tal frustración en ninguna de las mujeres mayores de las familias propias y próximas, ni las de origen rojo ni las de origen nacional, y donde no hay la menor duda es en que podían salir a pasear solas –no necesariamente borrachas— a cualquier hora del día sin miedo a que ninguno de los protegidos del PSOE o excarcelados por Sánchez las robara, violara, o secuestrara.
Si me dices que la iglesia beneficiada por el franquismo costaba un dineral, te diré, primero, que quizá habría salido más barato si la izquierda no se hubiera dedicado a prenderle fuego a nuestro riquísimo patrimonio artístico religioso, por no mencionar que, de haber sido premiada como pretende el PSOE lo sería en justicia, porque los más católicos son los que sufrieron las peores consecuencias del genocidio cristiano rojo. De todos modos, lo costoso de la iglesia resulta un chiste en comparación con el dineral que nos está costando la nueva religión oficial climática de Sánchez. Y por no mencionar el alto coste en salud mental que pagamos hoy de las arcas públicas, gracias a la erradicación de la formación moral básica cristiana en las escuelas, y el empeño que socialistas y comunistas han puesto durante décadas para descristianizar la nación y destruir la familia.
A Franco le debemos, en fin, los embalses que salvaron miles de vidas evitando riadas, y a Sánchez y a la tropa del fanatismo ecológico les debemos la destrucción de esas presas, y ya sabemos cómo termina el cuento: con víctimas que nadie asume, y el Gobierno sanchista insultando a quienes lo han perdido todo y negándoles ayudas públicas.
Algo muy singular de Franco es que nadie podría decirle que despreciaba a España o a los españoles, al contrario, amaba de corazón a los españoles y a la nación en toda su diversidad regional, que es exactamente lo contrario que puede decirse de Sánchez.
Por último, no por falta de bondades franquistas sino por falta de espacio, cabe mencionar que cuando los socialistas llegaron al poder se afanaron por auditar cada recoveco de la actividad de las empresas públicas durante el franquismo, con intención de encontrar casos de corrupción del régimen que pudieran exhibir al público. No encontraron nada interesante y desistieron; ciertamente, ya querríamos los españoles los aislados y casi monjiles casos de corrupción franquista, a menudo simples negligencias al final del juicio, en lugar de la adoración por el trinque de Pedro, Begoña, Ábalos, y sus Koldos, sus Jéssicas, y su tropa de ministros, altos cargos y asesores implicados hasta el cuello. A nadie se le escapa que, si pudiéramos deshacernos durante una década del robo sistemático del PSOE, la economía española iría como un maldito pepino.
Por lo dicho y lo no dicho, felicito por una vez a Sánchez por haber declarado este año como el año de la memoria franquista, un homenaje que Franco, con sus luces y sombras, sin duda merecía, después de la calumnia continuada que durante décadas el PSOE ha promovido sobre su figura y legado. Sánchez acertó sacándolo de la tumba para que los españoles pudiéramos darle aquel homenaje de cuerpo presente, pero un año entero dedicado a exaltar la figura de Franco y a dar a conocer los servicios que prestó a España es otro nivel, ya verás, será muchísimo más divertido.