Feijóo lo tiene crudo, sí. Y lo tiene tan crudo porque las elecciones no las gana nunca la oposición sino que las pierde el Gobierno. Ocurre en todas partes. Siempre fue así. Y siempre será así. Porque no resulta nada fácil que un gobernante pierda el poder si la economía va tirando razonablemente bien, como ahora ocurre con la española. Qué le vamos a hacer, es lo que hay. Por eso lo tiene mal el gallego. Quien no haya residido en España durante las últimas cuatro décadas, que alguno habrá, tal vez piense que los casos de corrupción que airea a diario la prensa de derechas podrían enmendar esa ley no escrita.
Pero los que hemos rondado por aquí durante ese tiempo sabemos bien que no van a influir en nada. En España, la corrupción, venga de donde venga, no quita votos. Somos un país muy viejo que ha visto de todo a lo largo de los siglos. Y los países muy viejos suelen ser también muy cínicos. Igual que ni Roldán ni Amedo cancelaron a Felipe en su momento, tampoco ese Aldama o el tal Koldo García se van a llevar por delante a Sánchez ahora. La corrupción genera mucho ruido, pero no llena urnas. Cuando en aquella España de los ochenta se robaba a calzón quitado hasta en la caja de los huérfanos de la Guardia Civil, te podías hacer rico comprando acciones de empresas opables en el Ibex. Era así de sencillo.
Y hoy ocurre algo muy similar. La Bolsa española paga en estos momentos dividendos que triplican a los mejores que se pueden obtener en el Standard and Poor’s 500. Después vendrá el derrumbe, como siempre, ya lo sabemos. Porque, igual que en aquel entonces, se trata de humo. Turismo barato y ladrillos subiendo de precio a lo loco, lo habitual y archiconocido. Pero mientras dure la fiesta, todos van a bailar. Sólo el atreverse a jugar la carta de la inmigración podría tal vez cambiar el sino fatal de Feijóo. Pero es un tabú para el PP. Lo dicho, lo tiene crudo. Mucho.