La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), que se está celebrando estos días en la ciudad brasileña de Belém, es otra prueba del fracaso de las políticas mundiales para frenar un fenómeno sobre el que hay serias incertidumbres desde el punto de vista de la ciencia. Como aseguran los expertos del clima más acreditados, no hay evidencias de que la temperatura media del planeta vaya a subir en los próximos cien años. Tampoco de que un ligero aumento de la temperatura global vaya a desencadenar una catástrofe (todo lo contrario) y, finalmente, la participación humana en las aportaciones de C02 a la atmósfera son tan marginales que, incluso si todos los países emprendieran un esfuerzo conjunto para limitar las emisiones, es altamente cuestionable que eso se vaya a traducir en una reducción significativa del calentamiento global.
A efectos políticos, la COP30 nace ya fracasada desde el momento en que las tres potencias que más C02 vierten a la atmósfera, China, EEUU e India, se desvincularon hace tiempo de esa campaña coactiva brutal que apenas ya se mantiene en pie gracias a los esfuerzos los burócratas de la Unión Europea. Junto a estos tres mastodontes del calentamiento global hay más de 50 países que rechazan también la locura climática, lo que implica que las naciones responsables de dos tercios de las emisiones de gases de efecto invernadero no van a cumplir con lo que salga de esta cumbre. Siendo esto así, las resoluciones de la COP30 serán tan irrelevantes como las que surgieron del Acuerdo de París en 2015, convertido en la piedra de toque de una operación mundial que solo ha servido para empobrecer a los países desarrollados y llevar a la ruina a las clases más desfavorecidas.
El propio Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC) reconoce en su último informe que existen "incertidumbres sustanciales" en las previsiones sobre el clima para los años venideros. Los modelos climáticos manejados por el IPCC, en última instancia meros programas informáticos, resultan inútiles para evaluar un problema tan complejo como los cambios del clima, puesto que tienden a obviar que la relación entre el C02 de la atmósfera, la temperatura global y los perjuicios para el planeta no está en absoluto definida y que, más importante tal vez, los sistemas naturales demuestran constantemente una capacidad de adecuación a las nuevas condiciones que echa por tierra los vaticinios de estos agoreros al servicio de la clase política internacional.
El físico John F. Clauser, Premio Nobel de 2022, ha señalado que "la ciencia del clima está siendo distorsionada por intereses políticos y económicos", una frase que resume perfectamente la filosofía de un encuentro destinado a reverdecer una operación global que hace aguas por todos lados. Y todo ello envuelto en el halo de una de enorme hipocresía a tenor de las roturaciones de bosques, la construcción de autovías y las moles de cemento levantadas en Belém, para ofrecer las mayores comodidades a los asistentes a una cumbre ecologista cuando bajen de sus aviones privados.

