
Están a punto de cumplirse cincuenta años desde aquella mañana tan fría de Barcelona en la que, camino del colegio, me crucé con mi amigo Paco, quien me dijo que volviese a casa porque acababan de anunciar por la radio que Franco había muerto. Y según cree saber el CIS del ínclito Tezanos, un 21,3 % de los españoles sostiene que su dictadura fue buena o muy buena para el país. No pienso que tal estimación sea cierta. Personalmente, sospecho que los simpatizantes actuales de Franco y su régimen son más, bastantes más que ese 21,3% tan oportunamente ajustado a la célebre Ley de Pareto, la del 80/20.
Pero esa intuición mía sería imposible de constatar con encuestas, por la sencilla razón de que los franquistas genuinos, los de toda la vida, no suelen reconocer en público, mucho menos aún ante desconocidos, su aprecio por aquella autocracia implantada tras el final de la guerra. Por lo demás, el rasgo identitario común que comparten ahora los más activos partidarios y detractores de Franco es que, ni los unos ni los otros, habían nacido aún en aquella mañana tan fría de 1975. Sobre ese asunto, el de la nueva juventud francófila, se están publicando muchas tonterías en la prensa estos días; tonterías que siempre giran en torno al pretendido poder maléfico de la manipulación de la historia y los bulos. Bobadas.
Echen una mirada a Portugal. Allí no solo ocurre lo mismo con los jóvenes, sino que un tipo que reivindica abiertamente el Estado Novo de Salazar, Ventura, el líder de Chega, encabeza las encuestas para presidir la República. Y procesos de nostalgia autoritaria sobrevenida muy similares también se constatan en Italia o en Francia. Pero en verdad no se trata de añoranza por viejas dictaduras que los jóvenes apenas conocen de oídas, sino de la frustración experimentada en primera persona frente a un orden democrático que, a ojos de esa nueva generación, no está cumpliendo su parte del contrato social implícito. No es el espectro de Franco lo que les motiva, es el desencanto.
