
El nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Kwame Mamdani, socialista y musulmán, ha jurado su cargo sobre el Corán. El retroceso de la secularización y la racionalidad en Occidente por el avance de todo tipo de creencias sobrenaturales es el signo de los tiempos. Lo ha hecho, además, con una sentencia que debería helarnos la sangre a quienes aún creemos en la herencia de la Ilustración: «Sustituiremos la frialdad del individualismo radical por la calidez del colectivismo».
La frase suena a música celestial para los oídos de la nueva izquierda woke, pero suena a réquiem para la libertad. Me ha recordado inevitablemente a Edward Wilson, el gran sociobiólogo y especialista en hormigas, cuando comentaba que Karl Marx tenía razón en casi todos sus análisis, salvo en un pequeño detalle de diseño: se había equivocado de especie. El marxismo funciona de maravilla para las hormigas; el problema es que los seres humanos, por fortuna, no lo somos. O al menos, no deberíamos aspirar a serlo.
Este es el nudo gordiano de la actual alianza entre la izquierda woke y el islamismo político. No es una coincidencia táctica, es una afinidad electiva de carácter ontológico. Ambos son proyectos esencialmente colectivistas que anteponen la entidad supraindividual —sea la clase social, la identidad de género o la Ummah (la comunidad de fieles)— al individuo soberano. Ambos son, por definición, proyectos iliberales que desprecian la "frialdad" de la ley igual para todos en favor del "calor" de la manada.
Como ha señalado el filósofo francés Pascal Bruckner, estamos ante la culminación de la "tiranía de la penitencia". La izquierda ha encontrado en el Islam el músculo disciplinario que perdió tras la caída del Muro de Berlín. Si antes el sujeto revolucionario era el obrero, hoy es el creyente "oprimido" por la hegemonía occidental. Es lo que Alain Finkielkraut denomina la "identidad de reemplazo": ante el vacío existencial del nihilismo posmoderno, el colectivismo ofrece la seguridad del enjambre. En el hormiguero no hay soledad, pero tampoco hay libertad. Como insiste Mamdani, el colectivismo es cálido, pero es la calidez de los establos, sucio, maloliente y cobarde.
El juramento sobre el Corán en la capital del capitalismo no es un gesto de pluralismo, sino una declaración de intenciones. Es la sustitución del contrato social por la sumisión identitaria. La izquierda que clamaba contra crucifijos y Biblias ahora aplaude enfervorizada al Corán y pone de moda la dieta halal. Como advierte Michel Onfray en su Decadencia, la teocracia no necesita invadirnos si nosotros mismos le abrimos la puerta para que rellene el hueco que dejó nuestra renuncia a los valores universales.
La "calidez" de la que habla el alcalde es la misma calidez del cuerpo social que describía el fascismo o el estalinismo, con la temperatura del rebaño mantenida a base de fricción grupal y exclusión del disidente. Es la calidez de la colmena, donde cada individuo es una pieza sacrificable en el altar del supuesto Bien Común determinado por el Sumo Sacerdote de turno.
Bienvenidos al hormiguero islámico-izquierdista. La buena noticia es que, a diferencia de las hormigas de Wilson, algunos humanos tenemos la mala costumbre de querer ser libres. Nos llaman ovejas negras y pretenden convertirnos en chivos expiatorios. Nos señalan como "liberalios" y blasfemos. La mala es que, antes de recuperar la libertad, Nueva York va a descubrir lo frío que puede ser, en realidad, el abrazo de un colectivismo que no admite divergencias ni disidencias. Nueva York ha preferido con Mamdani el cálido colectivismo de Corea del Norte al frío individualismo de Corea del Sur. Al Stalin que proclamaba que «El individuo no es nada; el colectivo lo es todo» al Walt Whitman que cantaba «Sigo mi propio camino, no porque piense que es el único camino, ni siquiera el camino correcto, sino porque es mi camino». A Mamdani jurando sobre el Corán que combatirá al individuo en lugar de a Frank Sinatra cantando My way. Este es el más evidente símbolo de nuestra decadencia. Decía Marx que la religión es el opio del pueblo, pero la izquierda posmoderna es esencialmente adicta a los opiáceos.
