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Cómo Margaret Thatcher defendería Groenlandia

. La lección de las Malvinas no es militarista, sino estratégica: cuando la soberanía se relativiza, la presión externa aumenta.

La amenaza —más o menos velada— de Donald Trump sobre Groenlandia no es solo una excentricidad diplomática. Es una prueba de estrés para Europa, para su cohesión, su credibilidad estratégica y su capacidad de responder al poder duro envuelto en retórica de mafiosillo neoyorquino que hace ofertas que supuestamente no se pueden rechazar. Ante este escenario, surge la pregunta, en una época de líderes europeos al borde de la castración moral, sobre cómo habría reaccionado una Margaret Thatcher al frente de Europa. La respuesta nos devuelve inevitablemente a 1982 y a las islas Malvinas.

Thatcher entendía entonces algo que hoy Europa parece haber olvidado: la soberanía no se negocia bajo presión, y la ambigüedad frente a una amenaza es una invitación a su repetición. Cuando Argentina ocupó las Malvinas, el contexto era adverso por la distancia geográfica, las dudas internas, los aliados escépticos, los pacifistas del flower power y un alto coste político y militar. Aun así, Thatcher convirtió el desafío en una afirmación de principios. No se trataba solo de unas islas remotas, sino de la credibilidad del orden internacional basado en reglas.

Traslademos esa lógica a Groenlandia. La isla no es un territorio cualquiera, sino que es clave en el Ártico, rica en recursos estratégicos y central en la competencia geopolítica del siglo XXI. Trump, con su estilo característico, a medio camino entre Al Capone y Stalin, trató la cuestión como una operación inmobiliaria ampliada: comprar, presionar, ridiculizar la resistencia danesa y reducir la soberanía a un precio. Frente a esto, la Europa actual ha respondido con comunicados, ironías diplomáticas y prudencia calculada.

Una Thatcher europea habría hecho lo contrario.

Primero, habría elevado el conflicto al plano político-moral. Como en las Malvinas, el mensaje dejaría claro que ningún territorio europeo está en venta, y menos aún bajo la amenaza implícita de represalias económicas o estratégicas. Thatcher sabía que aceptar el marco del adversario —el de la transacción— es perder antes de empezar. Por eso nunca negoció la soberanía, solo las condiciones de la paz.

Segundo, habría entendido que Estados Unidos, incluso bajo un presidente hostil, respeta la firmeza más que la complacencia. En 1982, Thatcher mantuvo una relación tensa pero funcional con la administración Reagan, que inicialmente buscó una salida negociada favorable a Argentina. La primera ministra británica no rompió la alianza atlántica, pero tampoco la subordinó a la conveniencia del momento. Presionó, argumentó y, llegado el caso, actuó.

Aplicado a Trump, eso habría significado una respuesta europea unificada, sin fisuras entre Bruselas, Copenhague y las capitales más dependientes de Washington. Una Europa liderada con mano firme no habría permitido que Groenlandia se convirtiera en una negociación bilateral asimétrica entre Estados Unidos y Dinamarca, sino en una línea roja continental.

Tercero, Thatcher comprendía el valor de la disuasión. No solo militar, sino política. La decisión de enviar una flota al Atlántico Sur fue, antes que nada, la señal de que el Reino Unido estaba dispuesto a asumir costes para defender sus compromisos. En el caso de Groenlandia, una Thatcher europea habría reforzado la presencia diplomática, científica y estratégica en el Ártico, dejando claro que Europa no es un actor pasivo en la nueva geopolítica polar.

La comparación no es un ejercicio de nostalgia, sino un diagnóstico de fuerza, el único idioma que entiende y respeta Trump, el Putin de la Casa Blanca. La Europa actual posee más recursos, más población y más peso económico que la Gran Bretaña de 1982, pero carece de una voz equivalente. Thatcher personalizaba el poder y la responsabilidad. Era una líder moral antes que política y económica. Europa los diluye en procedimientos, consensos mínimos y temor a la confrontación.

Trump, como otros líderes revisionistas, detecta esa debilidad. No amenaza a quien sabe que responderá con claridad. La lección de las Malvinas no es militarista, sino estratégica: cuando la soberanía se relativiza, la presión externa aumenta.

Una Thatcher liderando Europa hoy no habría insultado a Trump ni roto puentes innecesariamente. Pero tampoco habría bromeado sobre Groenlandia ni tratado la amenaza como una extravagancia pasajera. Habría entendido que, en política internacional, lo que se tolera una vez se convierte en precedente.

Groenlandia no es las Malvinas. Pero el dilema es el mismo. O Europa decide qué está dispuesta a defender, u otros decidirán cuánto pueden exigir. Pero me temo, parafraseando a Thatcher, que muchas personas influyentes han fallado en entender, o simplemente han olvidado, contra qué nos enfrentábamos en la época de Trump, Putin y Xi Jinping, y cómo solo lo podemos superar, si somos capaces de asegurar, e incluso ampliar, las ganancias que la libertad ha logrado. Con un toque de hierro si es necesario.


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