
David Uclés ha declarado que jamás se gastaría un euro en comprar libros de autores con los que discrepa ideológicamente. Mencionaba a Vargas Llosa, Cela y Houellebecq. Decía Uclés que aunque reconocía la grandeza literaria del Nobel, nunca visitaría su tumba para charlar con él. Sin embargo, no tuvo problemas en asistir a la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa para ver si ganaba los 100.000 dólares de premio que al final se llevó merecidamente Sergio Ramírez con El caballo dorado, siendo finalista Gustavo Faverón con la extraordinaria Minimosca.
Al contrario que Uclés, creo que hay que comprar grandes obras sin importar la ideología de su autor. Porque lo contrario es empobrecer deliberadamente tu propia vida intelectual. Es convertir la biblioteca en un búnker ideológico, un espacio de confirmación perpetua donde jamás suene una nota discordante. Es sustituir la literatura por la propaganda, el arte por el panfleto, la complejidad humana por la consigna partidista.
Este sectarismo cultural no es nuevo, pero se ha vuelto epidémico. Vivimos tiempos en los que cada libro, cada película, cada canción debe pasar por el escáner de la corrección política antes de merecer nuestra atención. Se exige a los creadores un certificado de pureza ideológica, como si el arte fuera una militancia y no una exploración de lo humano. La diferencia ya no se tolera, sino que se niega, se cancela, se convierte en motivo de ostracismo.
Lo más inquietante es cómo este virus del odio sectario ha colonizado todos los ámbitos de la existencia. Ya no basta con discrepar políticamente, sino que hay que convertir al adversario en enemigo absoluto, en ser contaminante cuyo contacto nos mancharía. De ahí la negativa de Uclés se ha negado a debatir con alguien que no es de su cuerda en las Jornadas organizadas por Pérez Reverte. Así, quien vota distinto ya no puede ser tu amigo, tu vecino digno de respeto, ni siquiera un autor cuya obra merezca ser comprada. La política, que debería ser el arte del desacuerdo civilizado, se ha convertido en guerra total que no deja espacio neutral. Pero, sin embargo, hemos progresado. Uclés en nuestra democracia liberal se limita a no dialogar, pero en su república socialista utópica sería uno de esos revolucionarios fanáticos al estilo de Strélnikov en Doctor Zhivago que te fusilaban por no ser un "amigo del pueblo". Lenin fue una tragedia, Uclés es solo farsa. De Pasternak tampoco compraría libros nuestro cuentista mágico, que pasará a la historia más por su boina, su acordeón y su sectarismo que por su literatura.
Pero la grandeza literaria nunca ha pedido permiso a la moral. Louis-Ferdinand Céline fue un antisemita repugnante, un colaboracionista que escribió panfletos de odio que avergüenzan a la humanidad. Y también es el autor de Viaje al fin de la noche, una de las obras maestras del siglo XX, una revolución estilística que cambió para siempre el modo de narrar. ¿Debemos quemarlo todo por sus crímenes ideológicos? ¿O podemos sostener dos verdades simultáneas: que era un ser despreciable y un genio literario?
Pablo Neruda fue comunista estalinista cuando Stalin exterminaba a millones. Escribió odas al dictador mientras los gulags devoraban vidas. ¿Anula esto Veinte poemas de amor o el Canto General? ¿Hace menos cierto cada verso de belleza que nos dejó? La literatura no necesita santos, más bien necesita seres humanos en toda su contradicción, su miseria y su grandeza. Sobre los acantilados de mármol de Jünger está en mi biblioteca junto a Sobre los ángeles de Rafael Alberti.
Quien compra solo a autores ideológicamente afines se condena a la endogamia intelectual, a la esterilidad del pensamiento único. Se priva del roce con la alteridad, del desafío de enfrentar ideas que incomodan, de la posibilidad misma del crecimiento. Porque solo crecemos cuando nos exponemos a lo diferente, cuando salimos de la cueva confortable de nuestras certezas.
El sectarismo cultural es, en el fondo, miedo. Miedo a que un libro "enemigo" nos conmueva, nos convenza, nos transforme. A que un autor con el que discrepamos nos haga salir de la tribu que nos da un calor de establo, que es de donde parece haber salido Uclés. Miedo a descubrir que la belleza no entiende de banderas, que la verdad puede venir de donde menos esperamos. Y ese miedo nos empequeñece, nos vuelve frágiles, incapaces de habitar un mundo plural.
Por eso, gastemos el dinero precisamente en aquello que nos desafía. Compremos a Vargas Llosa y a Javier Marías, a Houellebecq y a Rushdie, a Céline y a Neruda. Dejemos que la biblioteca sea un espacio de libertad, no un tribunal ideológico, un espacio abierto y tolerante como un mercado. Porque la cultura, cuando es grande, no nos pide que estemos de acuerdo, solo nos pide que estemos vivos para debatir, discutir, dialogar. Al parecer, John Waters recomendó que "Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles". Me parece una recomendación idiota en general, haz el amor con quien quieras sin reducir la vida íntima a un club de lectura. Además, puede ser que una biblioteca esté llena de libros, pero sea no solo incompleta sino sectaria y tóxica. Como la de Uclés, cuyos libros se deben comprar, aunque sea de la ultraizquierda autoritaria, si se consideran que son buenos literariamente, no siendo mi caso simplemente porque son de un costumbrismo cursi que satisface únicamente, en mi opinión, a un lector adicto a las chuches literarias, blandas, elásticas, gomosas y masticables, calorías vacías, fácilmente olvidables pero que terminan no sentando bien, nada ver con el auténtico realismo mágico de Gabriel García Márquez, poderoso y profundo, aunque su autor fuese un bufón al servicio de un tirano.
