
Meses atrás, el PP nacional diseñó una hoja de ruta que pasaba por adelantar elecciones en algunas de las regiones que el partido gobierna. Se habló de concentrarlas en un Supermartes, junto con las andaluzas, que tocaban este año, pero se inclinaron por escalonar. Para dejar patente la debilidad de los socialistas, el plan estaba bien visto. Iban a ser las estaciones de un calvario para Sánchez, en vez de la gran ola azul del 28-M de 2023 que asustó a la izquierda y ayudó a inclinar la balanza hacia un nuevo Frankenstein en las generales. La alternativa era ceder ante Vox para aprobar los Presupuestos regionales en Extremadura y Aragón y completar la legislatura, pero el otro propósito del plan era reforzarse frente a los de Abascal y, en el mejor de los sueños, dejar de depender de ellos.
El primero de los objetivos se ha cumplido de un modo notable. Los socialistas han caído a mínimos históricos en dos regiones en las que tuvieron fuerza. Si en Extremadura pudo hacer de chivo expiatorio un candidato desconocido y requemado, en Aragón no había tal. La candidata ha estado cuatro años como ministra, dos de ellos como portavoz del Gobierno, y ha tenido toda la presencia en los medios que podía desear y más de la deseable. Caer a mínimos históricos en dos regiones donde tenían tirón es una derrota sin paliativos cuando estás gobernando España, pero aún es peor cuando pierden también los partidos con los que puedes pactar. Puesto en bloques, para mayor claridad y escarnio: las izquierdas suman veinticinco escaños y las derechas, cuarenta. Es así tanto en Extremadura como en Aragón, excluyendo ahí de la cuenta los dos escaños de Existe.
Los problemas de la hoja de ruta del calvario vienen por la segunda parte contratante. Lo de reforzar al PP y, sobre todo, lo de no depender de Vox, como que no ha salido bien. Guardiola obtuvo un escaño más, Azcón ha perdido dos. Lo comido por lo servido. Y los de Abascal duplican prácticamente en ambas regiones. Más dependencia, en fin, y no menos. Todo lo cual ha llevado a que muchos se preguntan por la inteligencia de anticipar elecciones. Si vas a salir perdiendo, mejor quédate como estás, viene a ser el consejo. Pero las elecciones se adelantan muchas veces no para ganar más, sino para perder menos. Cierto que no hubo señales de que el PP tuviera esto en mente cuando diseñó su hoja de ruta en la servilleta, pero cuando tienes a un competidor en un ciclo alcista, esperar es peor que adelantarse.
La cuestión, en cualquier caso, es menor. Iba a ocurrir más pronto o más tarde, cuando tocara convocar. El dilema de los de Feijóo es otro, más profundo. Parecido al que tiene Vox. Es el dilema de dos partidos destinados a competir y a asociarse, agravado por la evidencia de que, salvo que uno de ellos no quiera gobernar, se necesitan mutuamente para hacerlo. Tienen la opción de reconducir sus relaciones hacia las que establecen los partidos que forman alianzas, una normalización que redoblará la condena y la reprobación en la izquierda. O pueden seguir a puntapiés. No hay mucho tiempo para decidirse.
