
La política de vivienda del partido socialista sería una estafa si existiera algo vagamente parecido a una política de vivienda. Los pisos, las dificultades de los españoles para acceder a una vivienda en propiedad o en alquiler, son el nuevo "francomodín" del inquilino de la Moncloa, ese Pedro Sánchez que arranca la semana 403 en el complejo presidencial con la promesa de "movilizar" 23.000 millones para construir 15.000 pisos sociales al año. ¿O eran 15.000 millones para construir 23.000 pisos?
La historia de la izquierda española y la vivienda es dramática y demencial. He ahí a esa Ada Colau disfrazada de abeja Maya que acosaba a los concejales de izquierdas del Ayuntamiento de Barcelona por los desahucios. Aquellas pantomimas y la campaña de imagen consistente en retratarla como escudo humano en desalojos de pobres desgraciados la catapultaron a la alcaldía.
En teoría iba a acabar con los desahucios, con la especulación, con la pobreza y con la "emergencia habitacional", otra de esas estupideces de la izquierda para no llamar a las cosas por su nombre. En verdad logró que subiera el precio de los pisos, tanto en venta como de alquiler. Y bajo su mandato se registró el enorme auge de los pisos turísticos.
También continuaron los desahucios. Sin ir más lejos, ella misma pasó de oponerse a promover desahucios en calidad de alcaldesa y responsable del "Instituto Municipal de la Vivienda". Uno de los casos más sonados se produjo en mayo de 2022, cuando un hombre de 59 años se suicidó al ser desalojado de un piso del Ayuntamiento cuyo alquiler no pagaba desde 2018, tras fallecer su madre, que era la titular de la vivienda.
Entre la burbuja inmobiliaria, su estallido y la actualidad el ministerio de Vivienda ha sido el cobijo de auténticas menguadas cuyo principal mérito era su fidelidad perruna antes a Zapatero y ahora a Sánchez. En el PSOE se otorga una importancia prácticamente nula a ese ministerio. Es como esas asignaturas llamadas "marías" por las facilidades para aprobarlas. El PP se lo toma algo más en serio y acostumbra a incluir la vivienda en el seno de Fomento, pero al PSOE le gusta exhibir su (nula) sensibilidad en la materia otorgando al "problema" la categoría de cartera ministerial para colocar en ella a luminarias de la talla de María Antonia Trujillo, Beatriz Corredor o Isabel Rodríguez, que ostenta el cargo en la actualidad. Todas mujeres. Lo contrario sería como nombrar a un tío con bigote como ministro de Igualdad. Apesta a Sección Femenina.
Como doña Ada Colau no es mejor ni peor que ninguna de las antedichas, su mandato supuso un duro revés para las aspiraciones de quienes pensaron que podrían disponer en Barcelona de una vivienda digna a un precio asequible, ya fuera en calidad de propietarios o de arrendatarios. El balance de sus dos mandatos (ocho años, que se dice pronto) es un desastre sin paliativos que su sucesor, el socialista Jaume Collboni, trata de superar con notable éxito en el empeño. Comprar o alquilar un chiscón en la capital de Cataluña sólo está al alcance de las grandes fortunas, generalmente ciudadanos extranjeros a los que les hacen mucha gracia las políticas de izquierda en España porque a ellos no les afectan.
Para los socialistas en particular y la izquierda en general, la vivienda es un asunto que se aborda desde una perspectiva abolicionista, como la prostitución. Hay que prohibir la propiedad privada "razonan" de entrada. La propiedad privada que no sea la suya, se entiende. Y la especulación. También hay que prohibir la especulación. ¿Que no? La Generalidad de Illa ha encargado cuatro estudios "jurídicos" que avalan la "idea" de limitar la venta de viviendas si no son para uso residencial inmediato y permanente del comprador. La consecuencia de ello será, sin duda, la multiplicación de las compras especulativas, no vaya a ser que el "Govern" pase de encargar estudios a promulgar más leyes contraproducentes. Y es que cada vez que un gobierno socialcomunista lanza un anuncio o aprueba una norma sobre vivienda sube el pan y suben los pisos.
Para que luego mendrugos como Rufián y Pablo Iglesias se pregunten cómo es posible que los trabajadores voten al PP o a Vox. Puede que sea porque para sus padres y sus abuelos acceder a una vivienda era cuestión de trabajar duro y ahorrar mucho. Pero con la izquierda eso no sirve ni para pagar una habitación.
