Resultaría, ciertamente, escandaloso y motivo más que suficiente para reclamar su dimisión que el ministro del Interior no se hubiera enterado durante tanto tiempo de cosas tan graves que afectan a su entorno más cercano como la presunta implicación en un delito sexual del director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional, José Ángel González: Si tenemos presente que los hechos denunciados se remontan a abril del año 2025 y que la querella criminal contra el DAO, que incluye acusaciones de "penetración, coacciones, lesiones psíquicas y malversación", fue presentada por la denunciante hace más de un mes, y que, durante, todo este tiempo se ha producido la intervención de la subdirección de recursos humanos, la activación del equipo de apoyo psicosocial de la Policía Nacional, la baja médica de la víctima -una funcionaria de la policía- así como la retirada del arma reglamentaria de la agente denunciante, Grande Marlaska no debería esperar a que la victima se atreviera a pedírselo para presentar su dimisión o ser cesado de inmediato por no haberse enterado de nada.
Ahora bien. La alternativa a que Grande-Marlaska hubiera estado en la inopia durante tanto tiempo no puede ser otra, todavía peor y mucho más grave y verosímil, como es la de que el ministro, en realidad, sí que hubiera estado al tanto de los hechos, pero los hubiera ocultado al ser amigo del acusado y hombre de su máxima confianza. Tengamos presente que fue Marlaska quien situó en 2018 al ahora acusado al frente de la estructura operativa de la Policía Nacional tras sacarlo de la Jefatura Superior de Aragón. Eso, sin olvidar que posteriormente Marlaska promovió su continuidad en el cargo de DAO de la Policía Nacional más allá de su jubilación mediante una artimaña como la de utilizar uno de los reales decretos de ayuda a las víctimas de la dana de Valencia para cambiar la ley; algo que, recordemos, ya fue en su día denunciado y tachado de despreciable.
Es cierto que el ministro acaba de cesar al principal asesor del DAO, Óscar San Juan, quien también aparece en la denuncia según la cual habría intervenido para persuadir a la denunciante de que no siguiera adelante con la acción penal, ofreciéndole presuntamente mejoras profesionales a cambio de su silencio, lo que podría ser un posible delito de coacciones. Pero este cese de última hora no borra la presunta inopia en la que ha estado instalado tanto tiempo el ministro o, en su defecto, la ocultación de unos hechos en los que Marlaska también habría participado.
Lo que resulta, tristemente trágico, es que si hechos tan graves como la imputación por graves delitos de dos ex secretarios de Organización del PSOE, de la mujer y del hermano del presidente, la investigación por financiación irregular del PSOE o la ocultación de denuncias internas por abusos sexuales en el seno del PSOE no han provocado dimisión alguna que no sea la de los propios acusados, es harto dudoso que Marlaska dimita o sea cesado por muy clara que sea su responsabilidad -o mejor dicho, su falta de ella- tanto in eligendo como in vigilando.

