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Sánchez, salud y política

Por su cargo, sus responsabilidades y sus obligaciones se trata de un asunto de interés público y político.

Por su cargo, sus responsabilidades y sus obligaciones se trata de un asunto de interés público y político.
Pedro Sánchez en un acto electoral en Ponferrada.. EFE/ Ana Barredo | EFE

El deterioro físico de Pedro Sánchez viene siendo tema desde que empezó a notarse. Y empezó a notarse a mediados del año pasado. No es necesario entrar en detalles descriptivos. Como ha sido tema y se ha comentado ampliamente se sabe de qué estoy hablando. El factor temporal es importante. Por eso hay que subrayar que comenzó a hablarse de su estado físico cuando se empezó a notar el deterioro. Esto desmiente la explicación melindrosa de que estamos ante el desgaste del poder, el típico, el que hace parecer quince años más viejo al que lleva cinco en el puesto. Porque ese desgaste no es repentino. Es gradual y, del mismo modo que el envejecimiento propio, no se hace notar demasiado al avanzar subrepticia y traicioneramente. Los primeros ministros, cancilleres y presidentes tienden a desgastarse más en menos tiempo, pero el efecto tampoco sobresale durante el proceso. No es evidente y llamativo hasta que se procede al mortificante juego del antes y el después, y se compara la foto del que llegó pimpante y sonrosado al cargo con la foto del decrépito sujeto que sale de la experiencia.

La cuestión es que frente a un visible deterioro físico del presidente del Gobierno que se ha producido en poco tiempo no se ha dado ninguna explicación oficial. Sólo han circulado opiniones e hipótesis junto a los desmentidos oficiosos, como lo del desgaste del poder o que hace ayuno intermitente y más deporte. La exclusiva de Miguel Ángel Pérez de que se le está tratando una dolencia cardiovascular desde hace meses en un hospital de Madrid viene a cubrir un vacío que Moncloa ha querido provocar. Y hay que preguntarse por qué. El estado de salud de un jefe de Gobierno no es un tema privado que se pueda mantener en la intimidad. Por su cargo, sus responsabilidades y sus obligaciones se trata de un asunto de interés público y político. Así lo entienden los mandatarios que periódicamente dan noticia de sus chequeos médicos o que informan de que sufren una enfermedad. No tiene por qué ser España distinta y menos transparente que otras democracias en una materia, que es delicada, pero no puede mantenerse secreta.

Sí, se puede, dicen en Moncloa. Como dicen también que cuestionar la salud de Sánchez es un bulo de la derecha. O que no hay nada que explicar porque no le pasa nada. Con lo fácil que sería desmentir esos supuestos bulos, no lo hacen. Renuncian a parar los rumores y dejan que sigan su curso. Y es que el secretismo tiene costes, pero tiene sus ventajas. Ventajas políticas. Pongamos un presidente con un estado de salud delicado que desaconseja que vuelva a ser candidato. Si lo hace público, es muy probable que la presión para que renuncie de inmediato sea extraordinaria, incluso de su propio partido. En cualquier caso, estaría más cojo que un pato cojo. En cambio, si lo mantiene en secreto y asegura que va a volver a presentarse, no corre esos riesgos y se guarda para el final la sorpresa. En el último tramo, va y se descuelga. No va a ser él. Claro que si ese presidente fuera Sánchez, y la verdad es que se parece mucho, esta cabriola final es totalmente previsible. Una vez más, haría lo contrario de lo que dijo que iba a hacer.

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