Dicen que el modelo de todas las revoluciones modernas es la Revolución Francesa de 1789, que se fue cocinando durante la revolución cultural de las ideas jacobinas y descreídas del Iluminismo. A continuación, y reaccionando a la represión y al régimen del Terror, surgieron diversos levantamientos y revueltas espontáneas de familias creyentes que se organizaron para defender sus derechos. Se dio más en los ámbitos rurales y campesinos, como en la Vendée, el norte de Loira o el sur de Bretaña. Se oponían a las levas de Napoleón, pero sobre todo se aglutinaron en torno al objetivo de defender su fe y sus valores tradicionales. De esta forma, también podríamos considerar este movimiento contrarrevolucionario de la Vendée como el modelo de toda contrarrevolución.
Algo semejante sucedió un siglo después en América con la revolución mexicana y su reacción posterior, conocida como "La Cristiada". Tuvo que llegar a México un historiador francés, Jean Meyer, para que realizara un estudio sistemático de esta epopeya y la diera a conocer. Nacido en Niza, e hijo del presidente del partido comunista de su ciudad, llegó a México con la idea de que todo había sido una movida de la jerarquía eclesiástica que se aprovechó de la nobleza religiosa del pueblo. Pero a medida que fue avanzando en su investigación, tuvo que ir ajustando su tesis y se fue enamorando de una mexicana, con la que formó una familia y una nueva nacionalidad.
La película "La Cristiada" (For Greater Glory: The True Story of Cristiada) narra la crónica de esta guerra que tuvo lugar en México del 1926 al 1929, y refleja bastante bien el apego a los datos históricos y las tensiones que el Dr. Meyer descubrió en este choque violento entre la Iglesia y el Estado. Si vemos los movimientos políticos y los ideales revolucionarios de América como una proyección histórica de los aires que venían de Europa, era de esperar que el presidente Plutarco Elías Calles hubiera seguido el ejemplo de "El Tigre" Clemenceau en Francia. Cuando el secretario de gobernación de la República Francesa mandó hacer un inventario público de todos los templos de la nación en 1905 y vio la oposición popular, dejó a un lado sus convicciones jacobinas y dijo: "ninguna ley vale la sangre de los franceses".
En cambio, Plutarco Elías Calles no supo refrenar sus ímpetus políticos y sus fobias contra la Iglesia en la aplicación de las "leyes Calles", extraídas de la Constitución de 1917, y que el Papa Pío XI denunció en su discurso ante el cuerpo diplomático en la Navidad de 1925: "No se podrá salir de esta situación, sino por una intervención milagrosa de Dios". De nada sirvieron las oraciones e indulgencias que el Papa pidió a los católicos de todo el mundo aplicar durante el año santo por esa intención. El presidente mexicano no solo expulsó del país al entonces Delegado Pontificio, sino que exigía que todo sacerdote que quisiera ejercer su ministerio se registrara en la secretaría de gobernación, la cual decidiría a quién le otorgaba su licencia. En definitiva, heredando el "regalismo" decimonónico del despotismo ilustrado, intentó controlar a la Iglesia, convertir a sus ministros en funcionarios y someterla a sus políticas de Estado. Roma vio así el riesgo del nacimiento de una iglesia nacionalista controlada por el gobierno —como lo han hecho tantos dictadores en la historia— y consideró que esas leyes no se podían tolerar por ningún motivo.
Algunos obispos propusieron suspender el culto para presionar al gobierno, y consultaron a Roma. La respuesta del Vaticano fue que no se podían acatar las "leyes Calles" y que buscaran mantener la unidad de los obispos y del pueblo. El presidente no se dejó ganar el pulso y para demostrar que el gobierno era el único propietario de las iglesias, de acuerdo con el artículo 130 de la Constitución, mandó cerrarlas y hacer un inventario público de las mismas.
Cuando el presidente mandó al ejército contra los católicos que se apostaron a las puertas de sus templos, y vieron cómo asesinaban en Guadalajara al Lic. Anacleto González Flores, presidente de la Liga Nacional y abogado defensor de sus derechos al culto y a la libertad religiosa, entendieron que "la suerte estaba echada" y no les quedaba otro camino que las armas. El gobierno pensó que en tres semanas acabarían con esa bola de campesinos fanáticos, pero después de tres años se dio cuenta de que no podía controlar un levantamiento popular que cada vez se extendía más como una mancha de aceite por el centro de la República.
No podemos negar que algunos sacerdotes empuñaron las armas, traicionando así los principios cristianos y su razón de ser, como ministros del amor y de la paz. Tal vez se sintieron desesperados frente a la inacción gubernamental frente a la injusticia, o enviados de lo alto, emulando a otros sacerdotes próceres de la patria, como el "Cura Hidalgo" (Miguel Hidalgo Costilla) y José María Morelos y Pavón. Como en todas las guerras, se dieron también abusos y situaciones confusas en ambos bandos.
Pero no haría justicia a la verdad ni a la historia, quien quisiera borrar o tergiversar esta página trágica de nuestro México. "La Cristiada" no fue el resultado de un cálculo político de la Iglesia, sino el grito de un pueblo que se sintió despojado de las razones más profundas y más íntimas de su existencia. El gobierno entendió que, aunque no se atreviera a modificar unas leyes poco amigables respecto a la religión de sus ciudadanos, no podía aplicarlas contra ellos. También la Iglesia se sorprendió de hasta dónde eran capaces de llegar sus fieles, y tuvo que prohibir un segundo intento de violencia entre el 1932 y 1938. De modo análogo al planteamiento de las "situaciones límite" de Karl Jaspers, esta película nos podría ayudar a clarificar el sentido esencial y la autenticidad con que vivieron su fe nuestros bisabuelos mexicanos. Y así aprender las lecciones de la historia, maestra de la vida.
