
Mientras el mundo arde y el apocalipsis se adoba a fuego lento en las míticas tierras persas, yo prefiero advertirles de nuestras propias miserias. Las que están en la base de decisiones tan lesivas para España como las de un presidente felón dispuesto a quemar Roma con tal de agitar el eslogan "No a la guerra" como último asidero electoral de su ambición personal.
Me viene como anillo al dedo el último libro de Félix Ovejero que acaba de llegar a las librerías: "La Invención del agravio", una de las mejores biografías sobre la ficción nacionalista, la traición de la izquierda a la nación de todos, y la construcción de esa fábula del conflicto territorial en nombre de agravios inventados.
Si Sánchez ha tomado la decisión de negarse a colaborar en el derrocamiento del despótico régimen de ayatolas chiitas de Irán es porque ostenta la presidencia de España con el permiso de nacionalistas y podemitas; ambos, sobrerrepresentados electoralmente y los dos enemigos de la existencia de una nación española de ciudadanos libres e iguales. Si reparan, todos, absolutamente todos los problemas de cohesión de la nación española desde la Transición del 78 provienen de esa minoría antiespañola. Una anomalía difícil de encajar, pero fácil de comprender si se recorren las 267 páginas del libro del profesor barcelonés.
Quienes crecimos en la Cataluña de la inmigración interior y nos hemos batido el cuero contra el nacionalismo catalán advirtiendo de sus raíces tóxicas durante los últimos cuarenta años sin mayor provecho, tenemos la capacidad de asombro hecha jirones ante tanto provinciano con mando en plaza en Madrid. O, por ser más inclusivo, ante tanto acomplejado -y a menudo desinformado- que pulula por las Españas mediáticas y políticas.
He vivido mis últimos 59 años en la Barcelona del tardofranquismo y la esperanza constitucional; y cuando echo la vista atrás solo veo un inmenso muradal de esfuerzos baldíos intentando hacer ver al resto de España el mayor fraude histórico de nuestra historia democrática: el hacer pasar por progresista lo que es en sí profundamente reaccionario.
Las páginas de "La invención del agravio" vienen al rescate con una tesis central que desarma la fábula del "conflicto territorial" para revelar que la verdadera enfermedad que amenaza nuestra democracia es el propio nacionalismo. Es decir, el problema no es el "conflicto territorial", sino el nacionalismo que lo ha inventado y lo alimenta. "Se nutren del conflicto que crean" (Pág. 19).
Está tan viciada nuestra mirada y tan manipulados los presupuestos históricos que nos han traído hasta aquí, que sólo mentes limpias y atrevidas como las del autor pueden mostrar el embrujo y disolverlo. En la contraportada muestra su tesis: La política contemporánea española se ha edificado sobre la ficción promovida por los nacionalismos, legitimada por la izquierda y asumida por una derecha sin criterio, que presupone a España como una anomalía antidemocrática opresora de supuestas naciones genuinas, como Cataluña o el País Vasco.
Este ensayo desmonta esa fabulación y sostiene que el sistema autonómico, lejos de reparar una supuesta injusticia ancestral, ha propiciado, mediante incentivos perversos, desigualdades territoriales, privilegios de clase y un deterioro de la calidad democrática. Y lo que es peor, lo que en origen fue una patología limitada a las mal llamadas comunidades históricas (¿hay alguna que no lo sea?), se ha extendido al resto de España. Y en esa encrucijada nos sitúa el texto de Ovejero con un arsenal de datos y argumentaciones inmejorables para disolver el encantamiento.
No seré yo quien se los revele, es tarea de todos recorrerlos para vacunarse contra la fabulación y salir vivos de la encrucijada histórica en la que se encuentra esta idea despreciada de nación política, territorio en régimen de proindiviso que es de todos sin que nadie sea dueño de parte alguna (Pag.44). En especial periodistas y políticos de la capital. Ya va siendo hora que distingan historia, de relatos; fábulas, de hechos; mentiras fundantes, de acontecimientos datados; estudios contrastados por historiadores serios, de organismos de propaganda como el "Institut Nova Història" cebados con dinero público para amodorrarse en poltronas privadas.
Es todo tan viscoso y elitista en la fábula nacionalista que una simple anécdota deja en cueros su impostura. En el capítulo "Memoria y mentira" se relata la historia de la edición del libro: "Pascual Maragall. El hombre y el político". En él se detallaba la buena acogida que la familia Maragall otorgó en 1939 a las tropas franquista en su entrada a Barcelona. Nada extraño para esa burguesía catalana que las recibieron en la Diagonal como agua de mayo. Lo inaudito fue que en la edición que llegó a las librerías faltaban unas 20 páginas. Los 10.000 ejemplares de la primera edición habían desaparecido. Ya se pueden imaginar a qué aludirían esas páginas. Y a la vez que se borraba el presunto colaboracionismo de la familia Maragall con el franquismo, asistían los hermanos, Pascual y Ernest Maragall poco después a un acto en defensa de la "memoria democrática". Hipocresía y manipulación a partes iguales (Pág. 76).
Ninguna de ellas pasa por la máxima de Ortega de 1932: "El problema catalán no es un problema para resolver, sino para conllevar" (Pág. 234). Muy al contrario, lo enfrenta como un monumental error: "resulta ingenuo, cuando no deshonesto intelectualmente, pretender (integrar) en un proyecto común a quienes quieren acabar con cualquier proyecto común. Lo dicho mil veces: el nacionalismo es el problema de la democracia española. No se olvide: el nacionalismo aspira a construir una unidad independiente de soberanía en un territorio político preexistente. No cabe acuerdo posible. Cualquier intento de facilitarle el terreno será al precio de deteriorar nuestra convivencia. Si estamos preocupados por ésta, hemos de enfrentarlo. Los diseños institucionales no deben orientarse a (satisfacerlo) sino a desalentarlo. Y sucede que el nuestro, en lugar de encarar el problema, lo amplifica. Ha proporcionado cobijo y combustible a un proyecto de construcción nacional que, mediante diversas políticas (educación, inmersión lingüísticas, medios de comunicación, deportes), ha consolidado una ontología, regulada por el marco (Cataluña es una nación natural y España es un artificio) - que, por su propio contenido, erosiona la nación política de ciudadanos libres e iguales -. El efecto desestabilizador no está tanto en la política nacionalista (eso va de suyo, no engañan a nadie) como en nuestras instituciones que lo han facilitado por medio de un sistema de incentivos perversos."(Pag.226).
Planteado el problema y diseñado el diagnóstico, nos aporta propuestas de solución; pero todo eso se lo dejo para que ustedes lo valoren en la soledad de su lectura.
CODA: El "No a la guerra" que Sánchez agita como consigna electoral para evitar que Sumar, Podemos o Bildu lo dejen definitivamente a la intemperie nos puede salir muy caro. La crisis de Perejil se resolvió en 2002 por Aznar con apoyo y mediación estadounidense. Con los años, Washington ha reforzado su cooperación militar y estratégica con Marruecos coincidiendo con el desplante de Zapatero y sus propios intereses geoestratégicos. Conviene recordar, además, que Ceuta y Melilla no aparecen explícitamente en el perímetro geográfico clásico del artículo 6 del Tratado del Atlántico Norte, lo que alimenta periódicamente el debate sobre su encaje en un supuesto de defensa colectiva. Si algún día EEUU decidiera desplazar parte de su dispositivo estratégico del Estrecho hacia la otra orilla, España descubriría hasta qué punto Ceuta, Melilla o Canarias dependen de equilibrios geopolíticos mucho más frágiles de lo que solemos creer. Vayan atando cabos. Y si no, piensen en las pesadillas de nuestros exportadores, en la factura del gas… Rehenes de un gánster.
