
Pocos deseos puede haber más difíciles de ver consumados para un columnista de prensa que el de sorprender a Ursula von der Leyen haciendo o diciendo algo que parezca inteligente. Pero es sabido que hasta los relojes parados dan bien la hora un par de veces cada día. De ahí que proceda celebrar que la empleada del mes de Donald Trump haya acertado a barruntar que "reducir la apuesta por la energía nuclear fue un error estratégico para Europa". Porque incluso von der Leyen semeja ser capaz de usar el cerebro cuando un ayatolá huérfano cierra Ormuz mientras que a Alemania apenas le quedan reservas de petróleo para un mes y medio.
Aquí nadie lo sabe, pero uno de los principales escollos que impide pactar el final de la guerra en Ucrania es la central nuclear de Zaporiyia, una instalación estratégica a la que no están dispuestos a renunciar ni rusos ni ucranianos. ¿Por qué? Pues porque disponiendo de esa simple infraestructura se puede proveer de energía a un territorio del tamaño de Portugal. Hace unos meses, el presidente Pedro Sánchez presumió en público de que la economía de España anda creciendo a un ritmo seis veces superior al de Alemania. Una hazaña que no posee demasiado mérito si se tiene en cuenta que el crecimiento de Alemania se aproxima tendencialmente al cero por ciento.
Alemania se acerca cada vez más a la decadencia definitiva e irreversible porque, hace sólo un par de décadas, renunciar a las nucleares todavía constituía una opción, pero hoy equivale a las últimas voluntades de un suicida. Así de simple y así de crudo. A estas alturas del fin de la pax americana y el inicio de la Tercera Guerra Mundial por poderes, seguir debatiendo sobre las nucleares remite a algo tan estéril como especular sobre el sexo de los ángeles durante el asedio otomano a Constantinopla. Nos estamos adentrando en un estado de guerra permanente en el que quien no disponga de autonomía en materia alimentaria y energética, al menos en eso, se arriesga a la extinción. Y hasta Ursula von der Leyen lo ha entendido.
