
El Partido Popular está llamado a gestionar un problema inminente en Andalucía, donde Moreno adelantará en breve las elecciones domésticas; un incordio que tiene que ver poco con la propia Andalucía y mucho, en cambio, con asfaltar el terreno para que Feijóo acceda a gobernar España en su día sin verse sometido al marcaje permanente de la extrema derecha. Algo, la posibilidad de liberarse del peso de una hipoteca a plazo fijo cuyas cuotas se vería obligado a ir amortizando en cada reunión del Consejo de Ministros, cuya materialización dependerá en gran medida de que Abascal no alcance en mayo (suponiendo que Moreno convoque en mayo) el 20% de los votos.
¿Por qué el 20%? Porque, con la fórmula de la ley D'Hondt en una mano y la calculadora del móvil en la otra, se puede comprobar que, en la política española, la barrera del 20% significa la diferencia crítica entre serlo todo y representar apenas nada. Recuérdese que, con el 21% raspado, Pablo Iglesias puso contra las cuerdas al PSOE, allá por 2016. Por cierto, una buena pregunta sería interrogarse por la razón última de que, a día de hoy, aquel Iglesias imparable y triunfal sea un don nadie degradado al estatus de vulgar tertuliano. Y la explicación acaso remita a que el PSOE logró frustrar y deprimir a su entusiasta clientela electoral por la sencilla vía de reducir a humo la plasmación en el BOE de la casi totalidad de sus propuestas programáticas.
Y el PP tiene que hacer otro tanto de lo mismo con Vox ahora. Conceder tonterías simbólicas a los de Abascal en Extremadura, Aragón y Castilla la Vieja, la tentación que algunos sienten en Génova, sería un error garrafal. Porque esas tonterías simbólicas generan un ensordecedor ruido mediático, lo que persigue Vox. Al contrario, el votante conservador clásico que coquetea con Vox necesita interiorizar en carne propia la inutilidad práctica de su voto. Sólo si ahora se convence de que no sirve para nada, también él transitará por la misma senda que los fans desencantados de Podemos. A Vox ni agua.
