
Madrid, año 2012. Una mujer rubia de mediana avanza por la calle a paso ligero. A su alrededor, una marabunta de energúmenos la rodean lanzándole improperios de todo tipo: "Hija de puta", exclama uno; "zorra", le grita otro al oído. Los insultos se suceden entre empujones e incluso escupitajos mientras la tensión sigue incrementándose hasta poderse cortar con un cuchillo. Finalmente, logra llegar a un establecimiento, en donde se resguarda hasta que puede salir por la puerta de atrás de otro edificio.
Esta señora no es otra que Cristina Cifuentes y quienes ejercieron la violencia contra ella son los que hoy pretenden darnos lecciones contra el "Hodio".
Ese es el nombre de la plataforma que Pedro Sánchez ha lanzado esta semana: Huella del Odio y la Polarización (HODIO). Su objetivo, según nos relataba su Ilustrísima Sanchidad, no es otro que "medir y evaluar la presencia de discursos violentos en redes sociales".
Huelga decir que es profundamente hipócrita que quien puso un muro entre españoles pidiendo que se nos tratase como apestados a quienes no comulgamos con sus ruedas de molino ahora pretenda erigirse como adalid de la tolerancia y las buenas formas, pero sólo otra de sus –ya aburridas– viejas tretas.
Quizás exista quien piense que esta cuestión, unida al viejo y vacío "no a la a guerra", puede llegar a salir bien y estar reactivando al electorado de izquierdas. Pero lo cierto es que a los únicos que ha despertado ha sido al equipo de opinión sincronizada, los cuales han emergido de su letargo para apuntalar el enésimo giro de guion del número uno.
Lo interesante en este caso es la manera en la que Sarah Santaolalla abandonaba en un ataque de ira un plató de televisión porque le decían lo que era objetivamente cierto y contrastable: que las lesiones físicas que había denunciado brillaban por su ausencia y que únicamente buscaba dejar fuera de juego a la prensa que le resultaba incómoda.
El periodismo gamberro que practica Vito Quiles no es algo nuevo ni novedoso, sino que ha sido utilizado recurrentemente y tiene el mayor exponente en "Caiga Quien Caiga", el cual estuvo muchos años en antena. La clave es que cuando daban caña a Rajoy, a Esperanza Aguirre o a Gallardón era divertidísimo y un ejemplo a seguir y, sin embargo, en la actualidad no se le puede hacer ni una pregunta incómoda a un periodista o político de izquierdas.
Nuestra amiga Santallorona tiene que entender que es un personaje público –ese es el coste cuando te acuestas con un señor 24 años mayor sin tener acabada la carrera y este te enchufa en la tele– y que, por tanto, la prensa tiene derecho a abordarla por la calle. Si no le gusta, se puede volver a Salamanca a terminar Derecho y Comunicación en vez de arrastrarse por los platós dando berridos.
Lo que no puede hacer es inventarse unas lesiones físicas que, según un informe forense, nunca existieron y hacer el ridículo montando su teatrillo del cabestrillo agarrando el móvil con el brazo que supuestamente tiene lesionado. Lo más triste de todo es el hecho de que se ha convertido en un juguete roto del PSOE, del cual se desprenderán en cuanto ya hayan exprimido hasta la última gota de demagogia.
Lo cierto es que quienes no permiten a la gente hablar en la universidad, quienes comenzaron con los escraches y quienes han justificado el uso de la violencia con fines políticos han estado siempre en la izquierda, pero ahora tiemblan porque la derecha les ha ganado la batalla cultural y usa alguna de sus armas para también vencerles en la guerra del relato.
No hace mucho, Quiles intentó infructuosamente hacer un acto en la Universidad de Navarra y los batasunos acudieron en hordas para negarle su derecho constitucional a la libertad de expresión. El resultado fue que un periodista de El Español acabó malherido con una brecha en cabeza y, sin embargo, prácticamente nadie en la sincronizada dijo absolutamente nada.
Los que odian son ellos, los que agreden son ellos y los que conculcan los derechos fundamentales de quienes piensan distinto han sido siempre ellos. La cuestión es que ahora nos temen porque les hemos dado un poco de su jarabe democrático y, como dijo Margaret Thatcher, "la medicina es amarga, pero también necesaria".
