
Es sabido que Sánchez cuenta con Vox para ser nuevamente investido presidente del Gobierno tras las próximas elecciones generales. El crecimiento del partido de extrema derecha parecía estar corroborando el éxito tras los triunfos cosechados en Extremadura y Aragón. La arrancada de caballo fue seguida de un parón de burro al llegar las autonómicas de Castilla y León. Responsable del frenazo debió de ser, entre otras cosas, la crisis interna desatada por la defenestración de Javier Ortega Smith, que ha propiciado la creación de un sindicato de damnificados donde el más ilustre es Espinosa de los Monteros, pero no es ni mucho menos el único. Todo está relacionado con la opaca gestión del dinero público que el partido recibe y la denuncia de que está mangoneado por personas que ni siquiera militan en el partido, como son Kiko Méndez-Monasterio y los Ariza, padre e hijo. Curiosamente, se pasa de puntillas sobre el escandaloso hecho de que a Abascal lo financie un banco húngaro por obvia orden de Orbán, que es tanto como decir por orden de Putin. Una fuente de ingresos que por cierto podría cerrarse tras las elecciones que este próximo doce de abril se celebrarán en el país magiar.
La cuestión es si esta crisis es, para los muchos que sin ser votantes de Vox desean deshacerse de Sánchez, una buena o una mala noticia. La respuesta es que es muy buena. Es evidente que el PP es incapaz de ganarle al bloque Frankenstein. Y que, para llegar a La Moncloa, cualquier candidato de la derecha necesita un partido que recoja los votos de quienes insensatamente fueron expulsados por Mariano Rajoy cuando destruyó la casa común de la derecha que con tanto esfuerzo levantó en su día José María Aznar. Hoy por hoy son muchos los que, con tal de no votar al PP, prefieren no votar a nadie. Sin embargo, la crisis de Vox no ha de significar necesariamente su hundimiento. Pero sí podría servir para devolverlo a los límites de lo razonable, que puede estar alrededor del 13 % de los votos emitidos. Sería una situación ideal porque bastaría para rebañar los votos de la derecha en las circunscripciones grandes y no darle escaños al PSOE en las pequeñas, que es por lo que Sánchez hace tantas cosas que favorecen el crecimiento de Vox, aunque alejen al PSOE del centro. Otra cosa es que la torpe gestión de Abascal envíe a muchos de sus votantes a la cesta de Alvise y de su desvergonzado chiringuito de Se Acabó la Fiesta. Si el trasvase se produce en la suficiente cuantía, el desastre estará asegurado porque, con tres partidos con representación parlamentaria, es imposible que la derecha gane. Esperemos que se imponga la sensatez.
