
Hay días que son para no olvidar. Y que se prestan a que nos preguntemos unos a otros: "¿Dónde estabas tú ese día?". Eso vale para el día que cayeron las Torres Gemelas, para el día de los atentados 11-M... y para el día del Gran Apagón.
Quien esto firma se encontraba ese día saliendo de las instalaciones de Onda Madrid. La gran Ely del Valle me acababa de entrevistar en su programa para hablar de mi libro En la boca del dragón (La Esfera de los Libros). Según salí traté de colgar algo en redes sociales y mi teléfono se hizo el remolón. "Tendré poca cobertura", pensé. Lo dejé para más tarde y me encaminé a la estación del metro ligero para volver a Madrid.
El metro ligero se demoraba en llegar, pero no le di mayor importancia. Me preocupaba más la insistente huelga de datos caídos de mi teléfono. Al rato oí a alguien decir de lejos: "No van los trenes, por el apagón". ¿Un fallo en la red de metro? Vaya por Dios, qué inoportuno. ¿Y yo ahora de aquí cómo salgo? Me puse a buscar paradas de autobús.
Cuando al fin comprendí lo que estaba pasando, un taxi se paró ante mis ojos. Una trabajadora de Telemadrid lo había pedido para volver a casa. No nos conocíamos de nada, pero me lancé a preguntarle si podíamos compartir el taxi, pagando a medias, claro está. Ella sonrió de una manera que me pareció curiosa pero que en el momento no alcancé a analizar. Aceptó y me monté a su lado, inmensamente aliviada.
Por el camino me empecé a preocupar por si llevaba encima suficiente efectivo para pagar mi parte del trayecto. Y de no ser así, si funcionaría la tarjeta de crédito o se podría hacer un bizum. No me quería ni imaginar la incomodidad de quedar mal con la buena samaritana. Cuál no sería mi sorpresa al llegar a destino y decirme ella que no me preocupara, que su viaje estaba cubierto por la tele. Que yo no le tenía que pagar nada. Se aclaró así el misterio de su sonrisa. No conociéndome de nada, no ganando nada con dejarme subir, me ayudó. Desinteresadamente.
Son esas tiernas cosas que pasan en momentos así. Cuando el pueblo salva al pueblo de los desmanes de la Administración. Mientras andaba por las calles llenas de gente sentada en las terrazas al sol, recuerdo que pensé: "Suerte tiene el Gobierno de que el apagón no haya sido a las tantas de la noche".
Según fueron pasando las horas, la vida se iba pareciendo más y más a un episodio de Cuéntame. Yo me alojaba en casa de una amiga de Madrid, divorciada y con un hijo de trece años. Previsora, fui al chino de la esquina a comprar linternas de pilas para los tres. Mi amiga y yo las usamos para bajar al parking, meternos en su coche y escuchar la radio. Cuando anocheció ella tuvo que irse a trabajar y yo me quedé con el niño, a dos velas y a tres linternas. La luz empezaba a volver ya, pero muy poco a poco. Cuando por fin llegó a aquella casa, escribí a la madre del niño para tranquilizarla. "Menos mal que estabas tú aquí, y no he tenido que dejarle solo en una casa a oscuras y sin wifi", me dijo en un suspiro. El pueblo salva al pueblo y la amistad y el amor, todo lo demás.
Al día siguiente empezamos todos a hacernos preguntas. Unos más que otros. Yo ya llevaba tiempo hablando con expertos en energía que me advertían de que lo de las renovables suena muy bonito sobre el papel, pero se ha hecho fatal en la práctica, que el cierre de las nucleares es una gilipollez ideológica y un suicidio práctico, que la red eléctrica era una ruleta rusa que tarde o temprano tenía que petar por falta de inversiones y de un mantenimiento realista, como han acabado petando los trenes y tantas otras cosas... en fin.
También me advirtieron de que saldrían "informes" que no solo no ayudarían a esclarecer lo realmente ocurrido, sino que arrojarían una tormenta de arena y de tecnicismos a los ojos, diluyendo realidades y responsabilidades. Me aconsejaron leer entre líneas no de las "conclusiones" sino de las "recomendaciones" para "mejorar" el servicio en el futuro. Ahí estarían, encriptadas y en clave, las culpas que nadie querría admitir. Y cuyos platos rotos evidentemente no se pagarían haciendo mejor uso de la red (o de nuestros impuestos), sino de nuevos ahogos en la factura de la luz. Esos que ahora hacen como que nos perdonan —por un ratito...— con la excusa de la guerra.
Supongo que nadie contaba con que salieran esos audios. Ya saben, los de "hostia, hostia, que nos vamos a tomar por culo". Esos que han puesto tan nerviosa a la responsable que no quiere serlo. ¿Dónde estaba ella ese día? Y, sobre todo, ¿para qué estaba?
