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El gato de Jésica

Menudas vistas tenía el gato a Plaza España. Ese tampoco pagaba nada porque "Ábalos" hasta le pagó la operación cuando se "rompió la pierna". 600 palos.

Menudas vistas tenía el gato a Plaza España. Ese tampoco pagaba nada porque "Ábalos" hasta le pagó la operación cuando se "rompió la pierna". 600 palos.
Jésica Rodríguez, a su salida del Tribunal Supremo. | Jesús Hellín / Europa Press

No está cómodo. Se mueve en la silla. Retuerce su espalda. Resopla, cierra los ojos. Está delgado. Se tapa el rostro como para imaginarse en otro sitio. Apoya la cabeza sobre su mano, que reposa en la rodilla. Como un niño al que no le dejan jugar con la pelota. Sus ojeras cuelgan. Su vista está cansada. Su pelo es ahora más pobre. El hombre de oro de la moción de censura contra la corrupción. Un presidiario. A su lado, un aizcolari de barba frondosa, el fiel portero de puticlub. Koldo. Relajado. Incluso descojonado en ocasiones. Aquellos que manejaron los hilos de la planta séptima de Ferraz, el núcleo que aupó a Pedro Sánchez hasta la Secretaría General de un PSOE que ahora dice no tener nada que ver con aquellos a los que antes lamían las botas, por decir algo. Esos. En el banquillo.

Fuera de la sala. Las cámaras esperan expectantes ante las llegadas de personajes exanónimos de los que ahora acaparan las pantallas por sus extravagantes formas de aprovecharse de la administración. Vestida de negro, con peluca, mascarilla, gafas de sol, llegó Jésica. Como si no hubiéramos visto ya bastantes fotos de ella. En el pasillo, lejos de las cámaras y confiando en el respeto de los periodistas de Tribunales –no se coló ninguno de esos que no tiene nada de respeto por nada ni por nadie– se quitó la mascarilla. Pero no las gafas. Como una viuda que no quería que se le notasen los ojos llorosos. La pobre, según dijo más tarde, se tiró todo el día en el pasillo sin que nadie le ofreciese una botella de agua. Se compró unos frutos secos. Hizo de tripas corazón. Y salió a declarar.

Pero antes ya había empezado la vista oral y las defensas de Koldo y Ábalos, erre que erre, pidieron de nuevo que se suspendiese el juicio alegando el recurso de amparo que presentaron ante el Tribunal Constitucional. Nada, pues eso, que decida el Constitucional, les vino a decir el presidente del tribunal, Andrés Martínez Arrieta, que juzgará al exministro y su exasesor junto al único imputado que ha colaborado con la Justicia, Víctor de Aldama.

Se leyeron las insípidas declaraciones por escrito de Víctor Ángel Torres y de cariño Armengol. Se quejaron las partes. "¿Por qué le llaman cariño a Armengol los integrantes de la trama?", preguntó el letrado de la acusación popular del PP, Alberto Durán. Esa, y muchas otras preguntas quedaron sin responder: ¿Por qué Torres presionó para que se contratara a Soluciones de Gestión? ¿Por qué Torres venía a comer con Koldo y Ábalos a pedir que las mascarillas las trasladase Plus Ultra? ¿Por qué, por qué y por qué iban a contratar a una empresa sin experiencia y con mascarillas más caras que la competencia si no es porque eran amiguetes?

Ábalos, de seriedad absoluta y demacrada, de mirada perdida, esbozó una media sonrisa mientras su hijo declaraba. Como de aprobación. Como de orgullo herido. Como el que mira a la única persona que no le repudia. Que lo apoya. Víctor contó aquello de que se vio obligado a darle dinero a su padre cuando se divorció. Que sus negocios, dice, le iban muy bien hasta que saltó el escándalo a la palestra, pero que ahora malvive de lo que saca en los platós de televisión. Sacó su tono altanero, su gen Ábalos, y dijo que él no era testaferro de nadie. Que se lo digan a la UCO.

Joseba García Izaguirre se disculpó mil veces ante el Fiscal Jede Anticorrupción, Alejandro Luzón, por no contestar. Luzón se reía. El hermano de Koldo, jefe de Jésica en Ineco, era como un elefante en una cacharrería. Un tipo afable pero fuera de sitio. Soltó que había ido a recoger "sobres" hasta arriba de pasta a Ferraz en nombre de su hermano, que ni siquiera tenía cargo orgánico. Presentaba su DNI y se lo llevaba calentito. Así de importante era Ábalos que así de importante era su asesor. "Mi trabajo es más físico, pero Jéssica podía hacerlo desde casa". Normal. Lo de no trabajar lo hace cualquiera en cualquier sitio.

Llegó el turno de Jésica. El abogado de Ábalos, Marino Turiel, se dejó de tonterías: "¿Es cierto que usted se dedica a la prostitución?". "No. Soy dentista y estoy colegiada", respondió. Pero apuntaló que antes "era azafata de imagen". Una azafata que vivió más de dos años en un piso sin poner un duro ¡Hasta se compró un gato para hacerle compañía en el piso! Lo hizo "por él", por "José". Menudas vistas que tenía el gato a Plaza España. Ese tampoco pagaba nada porque "Ábalos" hasta le sufragó la operación cuando "se rompió la pierna". 600 palos. Nada mal. Jésica también cobraba de empresas públicas sin ni siquiera fichar. "Un canteo a nivel top" (sic), en palabras de una empleada de Tragsatec.

Los oídos le pitaban a Ábalos al escuchar a su exconcubina –"no lo dejaron en plan mal", que ha dicho ella. Si te ponen un piso, se ve que es más fácil dejarlo–. Miraba hacia el cielo. Desconcertado e incómodo. Escuchaba a sus detractores, sentían como se relamían sus enemigos, se veía siendo la comidilla de España. Pues, hijo, qué querías. Y lo que te queda.

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