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Cansados de remontar

Son tiempos estos de una incertidumbre tal que llevaría a la tristeza si no llevase también al tedio, porque una cosa que también nos pasa es que nos hemos cansado de la melancolía

Son tiempos estos de una incertidumbre tal que llevaría a la tristeza si no llevase también al tedio, porque una cosa que también nos pasa es que nos hemos cansado de la melancolía
Cordon Press

El martes por la tarde el mundo era un lugar en el que el presidente del país con más capacidad de devastación en la historia anunciaba que en unas horas cometería un genocidio y al rato, todavía con la amenaza del oprobio, del caos y de la escalada hacia la extinción sobre nuestras cabezas, nosotros podíamos dedicar dos minutos de desidia a pensar en Kompany, el entrenador del Bayern de Múnich. Ese rollito tan cool que se trae Kompany, concretamente, paseando por la banda del Bernabéu como si la vida en estos tiempos cenagosos consistiera en lo mismo que en ir ganando a los blancos 0-2. Es decir, en sentir más que nunca el pánico al descalabro.

Cuando Kompany era jugador a mí me recordaba a un cachalote. Tenía esa frente prominente que ahora esconde tras gorras underground, pero que siempre le confirió un aura de contundente magnificencia, como si Lex Luthor hubiera sido dibujado como un martillo en una serie de dibujos infantiles. No sé. El caso es que este martes lo miraba allí, como el cerebro malévolo detrás de nuestra humillación en Champions, y se me hacía sencillo visualizar la luna entera dentro de su limpísima frente, casi tan amplia como el universo. Pensé también, por qué no hacerlo, en los astronautas del Artemis II, que en esos momentos debían estar fotografiando el lado oculto del satélite. Y hasta pasé el rato, por no sufrir mirando el marcador, imaginando qué pasaría si al darle la vuelta a la esfera y recuperar las comunicaciones con la Tierra chocasen de bruces con el espectáculo de nuestra devastación final, desatada quizá caprichosamente antes de que nos metiesen el tercer gol, después de que sus asesores le colasen otro distinto a Donald Trump.

Al final no pasó nada, lo que quiere decir que debe estar pasando de todo todavía. Pakistán midió, Trump se achantó, los ayatolás recapacitaron. Nadie lo sabe con exactitud, aunque todo el mundo parezca tenerlo clarísimo. Son tiempos estos de una incertidumbre tal que llevaría a la tristeza si no llevase también al tedio, porque una cosa que también nos pasa es que nos hemos cansado de la melancolía. La semana se inició con un juicio doble a la doble cara bipartita de nuestra corrupción nacional —el poder ahora se lo reparten entre más, pero la corrupción continúa siendo una— y nuestra reacción vino a ser la misma que la que tuvimos en el 1-2 de Mbappé: está bien saber que existen jueces capaces de hacernos creer en la remontada, que no todo está podrido y que incluso conservamos argumentos para la esperanza, pero empezamos a estar hartos de tener que confiar en remontar todo el rato. Así que concluimos los días como espectadores de Torrente, comentando los highlights del caso Ábalos en sede judicial, uniendo puntos que saltan de la chusquedad de los protagonistas, de su responsabilidad en el Ministerio de mayor presupuesto, responsable final, por ejemplo, de aquellas vías de tren que se nos rompen y nos matan sin que podamos anticiparlo. Comprobamos que todos los esfuerzos de su sucesor se concentraron no en auditar el error, para corregirlo, sino en auditar la mentira para poder colárnosla mejor. Y concluimos que mientras aquí siga sin dimitir nadie, ni adelantar elecciones, el mayor genio de España seguirá siendo Santiago Segura, capaz de levantarnos millones vendiéndonos algo que la realidad nos ofrece gratis.

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