
Más de una vez he escrito aquí que en España existe una gran coalición hegemónica, bloque de poder dominante tanto en el plano ideológico-cultural como en el político-económico, en la que convergen tres de los actores sociales más influyentes del país, a saber: la Iglesia Católica con su jerarquía al frente; una clase empresarial que articula la defensa de sus intereses corporativos a través de la CEOE y otros muchos grupos de presión bajo su tutela; y un tercer factor, el representado por la izquierda política y sindical al completo, tanto la de obediencia española como la periférica de vocación secesionista.
Enfrentados entre sí en muchas otras cuestiones, los tres elementos del trípode comparten, sin embargo, un criterio unificado a propósito de la cuestión más trascendente, y con diferencia, que afectará a la Península Ibérica a lo largo del siglo XXI: la llegada masiva y cronificada de flujos de inmigrantes no cualificados procedentes de todas las regiones del Tercer Mundo. De ahí que, mientras redacto estas líneas, obispos piadosos, progres porreros e ilustres empresarios encorbatados y con las iniciales bordadas en la pechera de la camisa, todos juntos y en unión, festejen con júbilo que otros setecientos mil u ochocientos mil extranjeros asentados de modo ilegal –nadie, empezando por el Gobierno, sabe la cifra real– vayan a acceder a la residencia administrativa permanente.
Y todos poseen su motivo particular para tanta alegría. Los curas, porque necesitan nuevos feligreses con los que llenar los bancos vacíos de las iglesias; los progres, tanto los porreros como los otros, porque necesitan una excusa para mirarse en el espejo y volver a sentirse moralmente superiores al resto de la humanidad; y los de la corbata, porque lo único que ocupa su pensamiento es cómo pagar los salarios más bajos posibles, que lo demás les da igual. Bueno, pues todos contentos. Eso sí, el Estado del bienestar se nos va definitivamente al carajo y los ingresos de las clases populares seguirán hundiéndose. Por supuesto, la extrema derecha lo capitalizará. Y ellos nos seguirán sermoneando con la cantinela del populismo.
