
Conocí a Hanan Serroukh cuando un editor amigo me llamó la atención sobre su libro Coraje, publicado hace un año largo ya, y que este mismo jueves se ha presentado en Barcelona. Y eso que Hanan Serroukh nació en Figueres. Pero ya se sabe lo selectivos que son algunos con la catalanidad aquí. Y luego van dando lecciones de "antiultraderechismo" al vecino...
Decía que Hanan Serroukh nació en Figueres, hija de padres marroquíes. Llevó una infancia normal, incluso idílica, hasta la muerte prematura de su padre, musulmán moderado, de oficio pescador. Dejó una hija y una viuda joven, analfabeta y en absoluto preparada para no tener marido. Cuando se le presentó la oportunidad de volver a casarse no se lo pensó dos veces, a pesar de que el nuevo esposo nada tenía que ver con el primero, con el padre de Hanan. Era un salafista radical que en muy poco tiempo cortaba el bacalao islámico en Figueres.
Hanan pasó de ir al colegio, llevar vaqueros y escuchar canciones de Alaska a verse velada a la fuerza, y por poco la casan también a la fuerza con otro salafista radical con edad para ser su padre. Desesperada, se escapó de casa. Acabó en un centro de menores de la Generalitat, donde vio a su madre por última vez. Fue a verla para repudiarla si no volvía a casa y se plegaba a un destino que nunca pensó que sería el suyo. Rebelarse no sólo le partió la vida. También el corazón.
Visto desde fuera, creo que yo puedo hasta apiadarme de esa madre, que es posible que en lo más profundo de su alma entendiera a su hija mejor de lo que se atrevía a admitir. Pero que no tenía o no creía tener ni la edad ni la energía ni las alas para volar fuera de la jaula. Hanan sí lo hizo, pagando un altísimo precio. Cuando dejó de ser menor la Generalitat la puso sucintamente en la calle con 2.000 pesetas.
Todo esto pasaba en los años locos de la Movida y tal y tal, cuando la juventud coqueteaba con las drogas y otros excesos. No Hanan. Ella siempre tuvo claro que no se lo podía permitir si quería salir adelante. Incluso en su peor momento, cuando intentó el suicidio, se sentía culpable de hacerlo ingiriendo alcohol con las pastillas.
Sobrevivió. Pasó un tiempo trabajando con otros menores dejados de la mano de los adultos (que no es lo mismo que la de Dios), hasta el punto de llamar la atención de algún avispado dirigente pujolista que vio su goloso potencial para roturar nuevos electorados. Algo así como cuando ERC lanzaría la Operación Rufián. Hanan acabó desconfiando y retrayéndose, con lo cual pasó de mirlo blanco a oveja negra. Bienvenida al club.
A día de hoy, colabora con las fuerzas de seguridad para detectar y prevenir focos de salafismo y radicalización en las comunidades islámicas. Su visión es tan humanista como realista: el multiculturalismo folclórico y el progrebuenismo no sólo es que sean una irresponsabilidad, es que son un peligro. Una manera de dejar tiradas a las personas como ella, condenadas por unos y por otros a vivir sus orígenes como una maldición.
La primera vez que la vi y que la entrevisté lo tuve claro: Hanan Serroukh es una de los nuestros. Una mujer que defiende los valores de aquí, los que creemos que dan sentido a nuestra sociedad, con un coraje y un ahínco que ya me gustaría ver en gente con ocho apellidos catalanes. O españoles.
Personalmente estoy tan en contra de criminalizar la inmigración en bloque como de idealizarla en bloque. Creo que todos respondemos de nuestros actos individuales, personales, intransferibles. De la ética de cada cual.
Hanan volvió a hacer alarde de esto en una reciente conferencia organizada en el Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona por otra mujer valiente, la abogada Nuria González, feminista de las de verdad, no de las de postureo, subvención y cancelación. Gracias a ella disfrutamos de un debate serio, no grotesco, sobre el velo, el burka, etc. Sobre dónde acaba el símbolo religioso libremente elegido y dónde empieza el consentimiento viciado por la coerción social.
Salieron muchas cosas interesantes en ese debate. Pero yo me quedé con la intensidad de Hanan cuando trató de abrir los ojos de una audiencia de letrados barceloneses a realidades tan aparentemente lejanas y exóticas como los Hermanos Musulmanes, que cada vez más países del mismo mundo árabe catalogan de organización terrorista.
Hanan lo aterrizó de forma mucho más sentida, mucho más inquietante. Explicó que en países y entornos sociales fallidos, donde no llega el Estado, llegan estas organizaciones. Donde no hay escuela, la ponen. Donde no hay médico, lo pagan. Donde todo es exclusión, ofrecen arraigo. Una vinculación y una cohesión que hace aparecer la fe, su fe, como el único paraguas contra la crueldad del mundo.
Oyéndola y sobre todo viendo el dolor con que lo decía, con que lo contaba, me atravesó una devastadora intuición: ¿cuánto hace que aquí estamos atascados en una cómoda esgrima de salón entre ilustrados e iluminados, entre fe y razón? En Europa las luces aprendieron a convivir con el cristianismo y viceversa. Qué cómodos hemos llegado a estar, ¿no? Ah, pero arrecian oscuridades nuevas, desolaciones profundísimas, barbaries inimaginables, ante las que todo nuestro orgulloso aparato teórico flaquea perplejo. ¿Y si hiciera falta algo tanto o más poderoso que la fe para ganar las nuevas batallas por la libertad en la tierra, lo mismo para creyentes que para laicos? Gracias Hanan Serroukh por ser de los nuestros. Por no dejarnos olvidar el alto honor y deber que eso significa.
