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Andalucía y España

La Junta de Andalucía jamás ha cumplido con lo ordenado por los gobiernos nacionales.

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El resumen de 36 años de gobierno de Andalucía está recogido en un audio del año 2012 de la delegada de Empleo de la Junta de Andalucía en Jaén a sus subordinados más directos: o hacen campaña a favor del gobierno de la Junta de Andalucía o van a la calle. Pueden escucharlo entrando en esRadio o a través de este periódico. Eso, y los resultados de las autonómicas de Andalucía, me hacen ser muy pesimista sobre la viabilidad democrática de Andalucía. No veo cómo puede derribarse la revolución deforme que hicieron los socialistas, naturalmente, con la colaboración de AP, PCE y UCD, a través de la creación de una Junta de Andalucía, auténtico poder socialista al que la gente se ha acostumbrado.

No importan la corrupción, los niveles de desempleo más grandes de España y una educación ínfima con las tasas más altas de fracaso escolar de la UE, porque la gente se ha adaptado a vivir con estas maldades. Pareciera que la seña de identidad de la Junta de Andalucía es sencilla: "Andalucía es socialista". La consigna ha calado incluso en el alma de los dirigentes populares. El personal está a gusto, como en los Estados totalitarios, y vota por seguir con más paro, más corrupción y la peor educación de Europa. Y, además, de vez en cuando, se da la alegría de votar otra cosa en las municipales y en las generales.

El problema de fondo, pues, es sencillo de resolver: o se desmonta la Junta de Andalucía, ese animal terrible que parió una revolución deforme a través del artículo 151 de la Constitución, para que la Andalucía real vuelva a ser España, o el régimen de los socialistas, y sus fieles aliados a su izquierda y a su derecha, seguirán otros 36 años más. Importa poco que el PSOE no haya sacado mayoría absoluta, tampoco parece relevante que los partidos que están a su izquierda le presten, como en otras ocasiones, su apoyo para gobernar, lo decisivo es que el régimen instalado en la Junta de Andalucía le permitirá gobernar como siempre, o sea a trancas y barrancas, y, por supuesto, pasándose por el arco de triunfo todas las leyes de los diferentes gobiernos de España.

La Junta de Andalucía jamás ha cumplido con lo ordenado por los gobiernos nacionales. Andalucía ha sido siempre tan especial como los terribles nacionalismos de Cataluña y el País Vasco. Por lo tanto, no me extraña que un programa tan sencillo como el de Albert de Rivera, a saber, que las leyes se cumplan en Andalucía, se haya convertido en una referencia capital de revolución democrática para esta comunidad. Rivera ha dado en el clavo. Bastaría, en efecto, que se cumplieran las leyes para meter en la cárcel a ciento de dirigentes socialistas, o mejor, a ciento de funcionarios públicos de la Junta de Andalucía, por ejemplo, a esos que obligan a sus subordinados a hacer campaña a favor del PSOE, o sea de la Junta de Andalucía, bajo amenazas de ser expulsados de sus puestos de trabajos.

Escuchar a la delegada de Empleo de la Junta de Andalucía en Jaén produce vértigo. La identificación del PSOE con la Junta es absoluta. El problema es cómo se desmonta el asunto.

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