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Creíbles o separatistas

¿Por qué son creíbles los candidatos de Ciudadanos?, ¿por qué prestamos atención a lo que dicen Inés Arrimadas y Albert Rivera?

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¿Por qué son creíbles los candidatos de Ciudadanos?, ¿por qué prestamos atención a lo que dicen Inés Arrimadas y Albert Rivera?, ¿por qué nos resultan atractivas las propuestas de Ciudadanos? Para contestar a estos interrogantes podríamos recurrir al análisis de sus discursos políticos, historias partidistas y mensajes coyunturales, pero, al final, tendremos que preguntar a quienes le dan o no su confianza. La gente, el sencillo pueblo de a pie, atiende a Inés Arrimadas y Albert Rivera porque son creíbles, los escuchan y les tienen respeto y reconocimiento, sencillamente, porque son como ellos. Son personas que dicen cosas normales: queremos que se cumplan las leyes, queremos que no haya catalanes de primera y de segunda, queremos trabajo y que devuelvan el dinero los corruptos, queremos nuestra autonomía, queremos que nos bajen los impuestos, queremos hablar en español y catalán; en fin, son Arrimadas y Rivera unos ciudadanos catalanes tan normales como el resto de españoles, y que respetan hasta lo que no está en los escritos el derecho de muchos catalanes a no sentirse españoles.

Arrimadas y Rivera son personas que dicen cosas normales y, además, son más o menos lo que dicen ser. Son gentes creíbles. De confianza. Ahora, por favor, hagan el esfuerzo de comparar a Inés Arrimadas y Albert Rivera con Romeva, Mas y el señor de la Esquerra. ¿Quién confiaría en alguien como Romeva, que ha traicionado a sus propios correligionarios?, ¿quién daría su voto al señor de la Esquerra, que pretende representar los intereses de los de abajo, pero pacta separarse de España con el líder de los de arriba?, ¿quién confiaría su voto a quien ha hecho de su cargo, la representación de todos los catalanes, una traición permanente? Es obvio que estos individuos no tienen nada que ver con la gente normal. No es gente de fiar. Tienen gravísimas dificultades para representarse a ellos mismos con cierta decencia. Estas personas no son lo que dicen ser. Su identidad está quebrada y, además, no lo reconocen con honestidad. No son sinceros con ellos mismos.

Solo por eso, por mentirse a sí mismo en algo tan esencial como su verdadero ser, no deben ser escuchados. Los ciudadanos normales llevan mal al mentiroso, pero llevan aún peor a quien se autoengaña, entre otras razones, porque es incapaz de representarse a sí mismo. Es imposible que alguien represente con decencia a otro ciudadano, en cualquier institución política, si es incapaz de de justificar lo que dice ser. Tiene que ser muy duro ser español de Cataluña y no querer serlo. Es un sentimiento terrible odiar lo que te da tu identidad ciudadana. Compadezco y trato de entender e incluso de animar a quien se siente tan fracturado por ese sentimiento separatista, pero nunca le daría mi confianza política. El político separatista no es como la gente normal. Su quebrada identidad es compensada con la arrogancia utópica de quien se miente a sí mismo para engañar a los demás. Todo es exagerado, casi enfermizo, para ocultar lo evidente: su conciencia rota. Además, su desprecio de las leyes, que les permiten su existencia política, ciudadana, los hace odiosos para el común de los mortales. Por el contrario, el pueblo catalán, ese pueblo alegre y sencillo que sabe que es imposible Cataluña sin España, ya está harto de la exageración de la manipulación del sentimiento catalanista. Son millones, en verdad, aún son mayoría los catalanes que ejercen su catalanidad con naturalidad, sin sentimientos vagos de separación y de superioridad sobre el resto de catalanes, y escucha con atención los mensajes de Ciudadanos, porque son gentes normales, como ellos. Sólo por ser normales, sí, Arrimadas y Rivera ya han adquirido el derecho a ser oídos. Escuchados. El resto tiene que ganárselo.

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