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De Puigdemont a Vila

Persistirá en su empeño sin desmayo ni descanso. Ni tendrá en cuenta las nuevas circunstancias ni mucho menos la historia de España.

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Después de que el viceprimer ministro de Bélgica insinuara que la presencia de Puigdemont en su país era propia de un cobarde que abandona a su pueblo, apareció en Bruselas el expresidente de la Generalidad y dijo que "no había ido a pedir asilo político" al país belga, pero que no regresaba a España porque nadie le garantizaba un "juicio justo". No fue, quede claro, ambiguo en sus declaraciones; al contrario, Puigdemont, como muchos otros golpistas que se han quedado en España, fue muy preciso; otra cosa es que se atuviese al principio de no contradicción. Pasa frecuentemente, sobre todo entre los nacionalistas catalanes, que dicen cosas sin ambigüedad alguna, pero eso no los libra de caer en incoherencias permanentes. El nacionalismo catalán, cuyo representante máximo es el señor Puigdemont, no es ambiguo pero sí muy contradictorio. La mezcla de claridad y contradicción nos da el precipitado final de la locura. No me extraña que el adjetivo loco sea el más utilizado para calificar la conducta de este expresidente de la Generalidad.

Persistirá en su empeño sin desmayo ni descanso. Ni tendrá en cuenta las nuevas circunstancias ni mucho menos la historia de España. Está, sí, fuera de la realidad. Sigue Puigdemont, aunque no lo sepa, la tradición de Macià, que proclamó el Estado catalán en 1931, y Companys la República independiente dos veces en 1931 y 1934. Estos hombres se pusieron personalmente en ridículo, como se ha escrito hasta la saciedad por historiadores y políticos de su época y de la nuestra, pero sobre todo dejaron a Cataluña en el mayor de los ridículos. Nadie como el gran Cambó, en sus Memorias, ha estudiado ese ridículo para toda España. El infantilismo absolutista de Macià y la visceral incompetencia de Companys tenían profundas raíces psicóticas. El objetivo de estos tres individuos fue y es matar España no porque sea mala, sino porque Cataluña es superior. Los catalanes son superiores, según este personal, al resto de españoles. Semejante majadería tiene difícil defensa para cualquier ser normal.

Por eso, precisamente, eligió Arturo Mas a Puigdemont. Era el único que se atrevería con la declaración de independencia. Era el único que proseguiría la obra de Macià y Companys. Era el más loco entre los locos. Nunca ha tenido una sola duda de que el nacionalismo catalán es superior a cualquier otra consideración. Ni siquiera ahora que es buscado por la justicia, despreciado por el mundo entero y abandonado por la mayoría de los suyos, habrá grietas en su comportamiento. No tiene dudas de su superioridad. El fanático enloquecido tendrá siempre una respuesta clara para no reconocer lo real. Quien entre sin prevenciones en la coherencia lógica del loco, como saben los psiquiatras, corre el serio peligro de enloquecer. Quien se atreva a discutir con este tipo de personas, puede acabar fácilmente derrotado o en las urgencias de psiquiatría. Carecen, pues, de sentido y significado las denuncias hechas por este hombre sobre la politización de la justicia española, que persigue ideas y no delitos; tampoco tiene crédito sus afirmaciones: "No queremos escapar a la acción de la justicia, pero nos enfrentaremos a ella políticamente" y "el antiguo Govern está contra la aplicación del 155, pero nos enfrentaremos al reto democrático de las elecciones del 21-D". Nada de eso, en efecto, tiene una base sólida; sin embargo, por desgracia, será el arsenal argumentativo de casi todas las corrientes nacionalistas que se presenten a las elecciones del 21-D, incluso Santi Vila, el hombre sensato que ha buscado desesperadamente la burguesía nacionalista más moderada para que la represente en los comicios de diciembre, es incapaz de renunciar al objetivo de Puigdemont: "La independencia dentro de la ley". Clara, precisa, en fin, sin ambigüedad se presenta la propuesta de Vila, pero hay algo más contradictorio que el cuadrado redondo, es decir, romper España a través de la Constitución. ¡La locura continúa! ¡Tarea tienen los constitucionalistas para poner en orden la Casa Verde!

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