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¿Europa crítica?

Todas las costumbres deben ser juzgadas imparcialmente, incluida la nuestra, pero eso no significa que sean iguales.

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Tengo la sensación de que Europa, Occidente, está perdiendo la guerra por haber despreciado su principal arma: la inteligencia. La sensibilidad a favor de la principal seña de identidad de Occidente, la razón, dista mucho de ser un valor en alza en Europa, en el llamado mundo occidental. Son millones los individuos que están convencidos de que todas las costumbres y religiones son iguales. Están fanatizados con la perversión de una "idea". Tiene razón quien considera que el pensamiento deprava al estulto. Confunde nuestro principio relativista, o sea, no tenemos derecho a decretar que una costumbre es inferior a la nuestra porque es diferente, con equipar y hacer iguales a todas las creencias, usos y costumbres. Falso. Todas las costumbres deben ser juzgadas imparcialmente, incluida la nuestra, pero eso no significa que sean iguales. De esa depravada confusión procede buena parte de los problemas de Occidente.

Sin embargo, es menester reconocer que el solo hecho de que haya todavía personas que apelen a un fortalecimiento de la razón nos permite albergar ciertas esperanzas sobre el futuro de nuestra civilización; incluso los más pesimistas, esos que vuelven a recordar, como en los años treinta, la pregunta bíblica: "Unde sapientia venit et quis locús intelligentiae?", muestran cierto tono afirmativo sobre la capacidad de Europa para levantarse de su actual postración intelectual. Vital. Preguntarse, en efecto, por un lugar en el mundo donde exista la inteligencia es ya una señal de que no todo está perdido. Es obvio que hay personas, instituciones y libros, entre los miles que se siguen publicando regularmente, que no han olvidado lo que distingue a Europa, a Occidente, de otras civilizaciones: ser lo suficientemente inteligente para no considerar que nuestras costumbres son superiores a los de otros por ser diferentes.

Es cierto que nosotros nada tenemos que ver, como diría un hombre inteligente que se hace libre con el pensamiento, con los famosos persas de Heródoto que creían que salvo ellos todo el mundo se equivocaba. A nosotros todavía nos queda cierta capacidad crítica para juzgar nuestras costumbres, usos y tradiciones, como si no fueran nuestras. Somos tan severos con nosotros como con los otros. El problema de un tiempo a esta parte, digamos en los últimos cuarenta años, es que la indulgencia que aplicamos a la hora de analizar a los demás, por ejemplo, al mundo musulmán, no lo utilizamos con nosotros mismos. Por eso, precisamente, porque no somos indulgentes con nuestro sistema de valores occidentales, de derechos del hombre y nuestros criterios mínimos de racionalidad, consideramos que los que nos asesinan en nuestras calles y ciudades en nombre de su religión no se les pueden aplicar las normas de la razón occidental… Por este camino, sin duda alguna, más que al desarrollo de nuestro espíritu crítico, vamos a su completa destrucción.

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