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Rajoy es el problema

El líder del PP apenas tiene legitimidad para formar un gobierno sin contar con los grandes partidos del Parlamento español.

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Unos endemoniados resultados electorales han puesto en evidencia el cáncer del sistema político español del 78, a saber, prima, favorece e incluso da prácticamente casi todo el poder al partido político más votado, aunque sea por un escaño de diferencia. Eso ha desaparecido, por fortuna, el día 20-D, pero Rajoy se empeña en no reconocerlo. Más aún, utilizará todas las bazas legales para negar lo evidente: él apenas tiene legitimidad para formar un gobierno sin contar con los grandes partidos del Parlamento español. Sánchez está en una situación similar a la de Rajoy. No quiere aceptar su caída estrepitosa con respecto a las elecciones de 2011. Los dos líderes, pues, le negarán el pan y la sal a las fuerzas que han emergido en el nuevo panorama político. El bipartidismo, sí, ha muerto, pero PP y PSOE harán lo que no está en los escritos para resucitarlo, naturalmente, utilizando todas las bases legales del 78 para arruinar a Ciudadanos y Podemos. Rajoy utilizará todos los resortes de la vieja política, es decir, todos los mecanismos que crearon los padres de la Constitución del 78 para que el poder no se compartiera serán usados para no entonar una mínima autocrítica sobre los respectivos fracasos electorales del PP y el PSOE. El inmovilismo político de estos partidos dominará toda la estrategia de Rajoy y Sánchez.

Harían bien Ciudadanos y Podemos en denunciar con más contundencia ese inmovilismo. Actúen con rigidez ante las trampas que les empiezan a tender PP y PSOE. Estos dos partidos tienen una larga experiencia en utilizar sus escasas mayorías para arrasar todo lo que haya en su camino. Si no actúan rápidamente y con inteligencia, los dos partidos surgidos en las elecciones del 20-D, Ciudadanos y Podemos, pueden ser fácilmente devorados por las viejas  tretas del sistema político que surgió en la transición. Salgan rápido a la palestra y díganle a Rajoy que su mayoría es de risa. De paso, recuérdenle que su actitud despreciativa del resto de partidos, especialmente de Ciudadanos y Podemos, es propia de otra época. Y, ya que estamos de recuerdos, no olviden decirle que un político incapaz de autolimitación, en el ejercicio de su cargo, puede llevar a cabo las peores barbaridades. En fin, díganle a Rajoy que no sea tan sobrado, que sea un poco más humilde y, sobre todo, que marque con claridad y precisión los tiempos de esta crisis de gobernabilidad. España no es Cataluña ni Grecia. España no puede tener un Gobierno en funciones tres meses.

Rajoy tiene clara su estrategia de demora en la toma decisiones. Sí, el principal señor de la guerra bipartidista, perdonen la mala metáfora, quiere hacerle morder el polvo al segundo gran defensor de la barbarie de las mayorías absolutas. Rajoy, sí, quiere hacer larga y pesada la espera a los españoles. No quiere reconocer lo evidente. La ruptura del entero sistema político. Se resiste a ser un político de altura. Un estadista. Quiere morir, sin duda alguna, matando todo lo que se le ponga en su paso. Ha salido el martes 29 de diciembre a dar una rueda de prensa, y se ha autoafirmado en sus debilidades: he ganado las elecciones y formaré gobierno como sea y cuando sea. Bárbaro político es quien no quiere reconocer lo obvio: su legitimidad es mínima para imponer el modo de llevar a cabo una negociación política de altura. Estamos hablando de cómo gestionar el paso de un modelo político bipartidista a otro, muy diferente, que denominamos a falta de mejor término como modelo pluripartidista. Este es asunto que, en mi opinión, le viene grande a Rajoy. Es demasiada tarea para un político, Rajoy, cuyo principal mérito es basarse en la indolencia generada por un sistema político que premia antes el resultado inmediato de la elección que la gestión de los asuntos comunes. O sea el sistema del 78 favorece, sobre todo, al político falto de imaginación y sin cintura para negociar. Al indolente. La situación actual de España, marcada por el pluripartidismo, es muy delicada para dejarlas en manos de Rajoy, que tiene su máxima aspiración en gobernar el país como si se tratara de una correduría de seguros. No puede dejarse un asunto tan complejo en alguien como Rajoy, que siempre ha considerado  que la mejor manera de resolver los problemas es dejarlos pudrir.

Por eso, precisamente, por su larga experiencia antipolítica, reductora de la democracia a la mera legalidad, Rajoy no hará nada importante para resolver esta enorme crisis de los resultados electorales del 20-D. Más aún, hará larga la espera y despreciará a los ciudadanos. No habrá gobierno definitivo hasta agotar todos los plazos posibles y, por supuesto, no convocará elecciones anticipadas hasta que aburra al último ciudadano vivo dispuesto a seguir al jefe de este tinglado institucional. Y, además, casi todos los medios de comunicación tragan con esta actitud indolente de un presidente de Gobierno en funciones. Nadie espere, por lo tanto, que haya soluciones rápidas y eficaces, como nos tienen acostumbrados, por ejemplo, la democracia británica, alemana o francesa. Esta crisis de gobernabilidad se extenderá hasta que Rajoy quiera. Aprovechará todos los registros, todas las leyes, todos los reglamentos, en fin, cualquier resquicio del régimen que inventaron los constituyentes del 78 para no hacer nada: impedirá la formación rápida de un Gobierno y pondrá todo tipo de obstáculos para que no se repitan las elecciones.

Así es el principal irresponsable de la política española. Un político que solo piensa en su autoconfirmación existencial. Hará todo lo imaginable para no soltar el poder. Impedirá que los de su partido hablen. Impedirá que la oposición dialogue con él. Y ya ha empezado a ningunear a Podemos y Ciudadanos. Rajoy seguirá castigando al pueblo hasta que lo dejen gobernar. Rajoy nos hacen sonrojarnos tanto como los periodistas que lo jalean. Así es España. ¡Tela, amigos, lo nos queda por cortar!

En fin, sean felices y salud en este cambio de guarismos.

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