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Todo es posible

Del socialismo español en general, y de P. Rubalcaba en particular, puede esperarse cualquier cosa.

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Un país donde no puede calcularse razonablemente que puede pasar mañana está al borde del precipicio. Es el caso español. Vivimos entre el ensimismamiento y la alteración. La "normalidad" para el español medio es que nadie sabe qué puede pasar mañana: unos se miran al ombligo, como si sólo fuera posible vivir al margen de la realidad, y otros viven tiranizados, enajenados, alterados, en fin, como animales, ante las arbitrariedades del poder socialista.

Por eso, me resulta curioso que algunos medios de comunicación se extrañen de que P. Rubalcaba utilice ya sin ningún recato a los del 15-M como una fuerza de choque para soliviantar a la sociedad. También me deja atónito que algún periódico nacional se haga de nuevas por los guiños de P. Rubalcaba a quienes creen que la "política" es sólo cuestión de violencia, como si el ministro del Interior no hubiera estado relacionado, de un modo u otro, con todos los casos oscuros de una violencia de Estado jamás legitimada por las instituciones democráticas.

Del socialismo español en general, y de P. Rubalcaba en particular, puede esperarse cualquier cosa. Han demostrado largamente que sus criterios políticos son amplios y diversos, pero el denominador común, en verdad, la sustancia original del partido sigue intacta: es menester siempre tener un pie en las instituciones y defender la ley, naturalmente, si ésta nos beneficia, pero, por otro lado, es necesario mantener agitada a la población con la utilización callejera de la violencia. No obstante, algunos creían que el paso del socialismo por el poder limitaría ese carácter violento que está en el ADN del PSOE. Falso.

El tradicionalismo socialista impide su reciclaje en esta materia. Le cuesta renovarse. A Felipe González, por ejemplo, le costó muchos disgustos plantear que el marxismo y, sobre todo, la lucha revolucionaria tenían que desaparecer de los estatutos del partido. Por lo tanto, es difícil que el PSOE abandone esa tradición violenta, entre otros motivos, porque siempre le ha dado buenos resultados para alcanzar el poder. Baste recordar la toma de la calle por parte socialista entre 2002 y 2004, que concluyó con la llegada de Zapatero a La Moncloa.

Ahora, en esta larga campaña preelectoral, la agitación y la propaganda, generalmente seguida de actos violentos o en el límite de la violencia, serán utilizadas para que el PP no consiga la mayoría absoluta. El problema no es, sin embargo, el PSOE sino como la mayoría de los medios de comunicación miran para otro lado cuando se trata de denunciar esa forma de "hacer política". Es principal responsabilidad de los medios de comunicación, en las democracias de opinión, denunciar esta perversa manera de manchar la política con la violencia.

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