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SEGUNDA REPÚBLICA

Empresas políticas de Azaña y Prieto II

“Frente Popular” es una expresión impuesta por la Komintern, pero su origen en España nada tiene que ver con los comunistas. Terminó siendo dominada por ellos, ciertamente, pero empezó como una coalición más bien burguesa. En 1933-34 Prieto y Largo Caballero, apartaron de todos los cargos de poder al moderado Besteiro y organizaron la guerra civil. Tras su fracaso (1.400 muertos) Largo persistió en la misma línea, pero Prieto se volvió de nuevo a Azaña.

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Éste, cuyo partido había respaldado la insurrección del PSOE y la ERC, también creyó llegada la hora de rehacer la alianza del primer bienio republicano, radicalizándola. Tras sus experiencias golpistas contra el gobierno legítimo de centro-derecha, ambos políticos habían sacado una lección: las izquierdas debían unirse y recobrar electoralmente el poder para, desde él, transformar el régimen. La derecha debía quedar reducida a una fuerza testimonial, sin posibilidad de gobernar, al estilo del corrompido régimen mejicano del PRI. Los dos dieron forma a la alianza en otoño de 1935, tras una serie de masivos mítines de Azaña. A ese fin, Prieto maniobró para dominar el PSOE, pero fracasó, pues Largo mantuvo la hegemonía. No quedó otro remedio a los dos disgustados líderes jacobinos que contar con la fracción bolchevique del Partido Socialista y, de rechazo, con los comunistas.
 
La nueva coalición de izquierdas tuvo gran éxito, en apariencia. Entró en ella el Lenin español, y la apoyó desde fuera la CNT, pese a su aversión a Azaña y al PSOE: todos deseaban la amnistía programada para los implicados en el golpe guerracivilista del 34 y otros, pues así reforzarían sus organizaciones con los militantes más bregados.
 
Por lo tanto Azaña y Prieto iban a depender de unos aliados sumamente peligrosos, que creían la revolución a la vuelta de la esquina. A Largo, la liga izquierdista le ofrecía además la gran ocasión de llegar al poder legalmente, sin una nueva y arriesgada insurrección: si la coalición ganaba las elecciones, le bastaría desgastar y desplazar al gobierno de Azaña. Como así lo intentaría.
 
La historia posterior es bien conocida. El llamado Bloque y luego Frente Popular ganó las elecciones de febrero del 36 en condiciones muy anómalas, y, contra la intención de sus creadores, dio lugar a un nuevo y violento proceso revolucionario. La ley se impuso desde la calle, y Azaña y Prieto perdieron la iniciativa ante sus peligrosos amigos. Los dos habían unido su destino a la revolución, y, aunque entre quejas y protestas, permanecerían atados a ella hasta el final catastrófico.
 
Manuel Azaña y Niceto Alcalá-ZamoraLa defenestración de Alcalá-Zamora
Decir que los dos emprendedores políticos perdieron la iniciativa o se vieron desbordados no significa que fueran sujetos pasivos en el proceso revolucionario. Muy al contrario, contribuyeron a él de dos maneras: rechazando las peticiones de la derecha para que cumplieran sus deberes constitucionales, y adoptando medidas de creciente ilegitimidad, que liquidaban la Constitución por medio de hechos consumados.
 
Uno de sus principales ataques a la ley fue la destitución de Niceto Alcalá-Zamora como presidente de la república. Don Niceto, un derechista progresista, había perturbado sin tregua a los gobiernos anteriores de centro derecha, había colaborado en la maniobra del estraperlo contra Lerroux, y había convocado las elecciones que habían dado la victoria al Frente Popular. Las izquierdas, por tanto, le debían a él su vuelta al poder. Sin embargo Azaña y Prieto lo veían como un obstáculo en su camino de ilegalidades, y acordaron expulsarlo. Para ello debían declarar arbitraria la anterior disolución de las Cortes… a la que Azaña debía su gobierno. Hacer tal cosa significaba declararse a sí mismo un gobierno arbitrario. Pero, valiéndose de su mayoría en las Cortes, y a instancias de Prieto, el desmán se impuso, en abril. Azaña había anunciado meses antes su decisión de convertirse en presidente de la república, y Alcalá-Zamora entendió su defenestración como un golpe de estado. Ciertamente se le parecía mucho.
 
Martínez Barrio, presidente provisional hasta el nombramiento de Azaña, entendió el cambio de poderes como “velada fúnebre más que fiesta de recién nacido. Nos habíamos lanzado por uno de esos despeñaderos históricos que carecen de toda posibilidad de vuelta”. Azaña, al revés, muestra su euforia en carta a su cuñado. Al parecer, la maniobra debía completarse nombrando a Prieto jefe del gobierno, pero ahí volvieron a fallar los planes del tándem. Largo y los suyos, más fuertes en el PSOE, lo impidieron. La destitución de Don Niceto fue un nuevo y largo paso hacia el caos.
Hay serios indicios de la implicación de Prieto en el asesinato de Calvo Sotelo y el intento contra Gil-Robles, aunque probablemente al margen de Azaña. Otro tema de interés a investigar.
 
Largo Caballero, el llamado Lenin españolLa destitución de Largo Caballero
Largo consiguió su objetivo de llegar legalmente al poder a principios de septiembre del 36, ya reiniciada la guerra. Redujo a Azaña a un papel puramente decorativo, y Prieto, aunque ministro de Marina y Aire, quedó doblemente bajo su autoridad, pues el Lenin español dirigía también el ministerio de la Guerra. Los dos tendrían ocasión de desquitarse a raíz de la crisis de mayo de 1937.
 
La crisis, una pequeña guerra civil dentro de las izquierdas, fue promovida en Barcelona por los comunistas y Companys para desplazar a los anarquistas y liquidar al POUM. Aprovechando la coyuntura, el PCE se dirigió contra el mismo Largo Caballero, que por entonces se resistía a seguir las instrucciones de Stalin. La maniobra contó con el apoyo de Azaña y de Prieto, pero, significativamente, ya no la programaron ellos como las anteriores, y en realidad actuaron como comparsas de los comunistas, de quienes se prometían un trato mejor que el recibido de Largo. Gracias a la colaboración de Prieto y de Azaña, los agentes de Stalin (pues lo eran, y con orgullo) pudieron dar un aspecto de legalidad a la expulsión del viejo Lenin español. Azaña y Prieto estaban encantados con Negrín, el sucesor de Largo, pero poco les duraría el contento. Negrín sirvió mejor que nadie los designios de Moscú, y llevó a la desesperación a Azaña y a Prieto. Todavía intentaron éstos alguna intriga contra Negrín y los suyos, pero les salió completamente mal. Los comunistas resultaron mucho más hábiles y resueltos en este género de maniobras.
 
Tanto Azaña como Prieto (y no Besteiro) han sido muy celebrados por la izquierda española, incluso la comunista, como ejemplos de políticos con talla de estadistas, y políticamente moderados. No es posible, a la luz de los hechos, compartir tal opinión. Ninguno de los dos aceptó la democracia si no mandaban ellos, y ambos jugaron demasiadas veces a aprendices de brujos, desatando mediante la demagogia fuerzas que luego no sabían controlar. Sus empresas políticas comunes, aquí resumidas, los presentan como aventureros e intrigantes sin escrúpulos, mezclados incluso con delincuentes comunes como en el caso del estraperlo. Pero la mayoría de los analistas prefieren atender a las bellas frases que también sabían hilvanar ambos políticos. La retórica –no en el sentido en que habla de ella Julián Marías– es una verdadera enfermedad en España.
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