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LECTURAS DE AGOSTO

Doña Emilia Pardo Bazán II: La condesa de Pardo Bazán

En 1908, doña Emilia consigue que cambien su título pontificio de condesa de Pardo Bazán por título de Castilla. A partir de entonces podrá firmar como tal, y es lo que hace. Sabedora de que nadie va a darle publicidad, la escritora lo comunica personalmente a los lectores, a riesgo de parecer presuntuosa.

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Como lo demostró con su deseo de entrar en la Academia, doña Emilia había llegado a un punto en que encontraba merecidos todos los honores, y aceptó con gusto el de Consejero de Educación y de “catedrático”, como se decía entonces, cuando el vocabulario sólo utilizaba el femenino de determinadas profesiones para denominar a la esposa de quien las ejercía.
 
A pesar de su feminismo militante (asistió al Primer Congreso Feminista de París en 1900) doña Emilia –como todas las mujeres destacadas de su época– consideraba un privilegio que la calificaran de viril y de masculina, en lo tocante a los atributos intelectuales, se entiende. De pequeña frecuentaba a la condesa de Mina y después, al retratarla, diría de ella que no sabía si lo que se le “había quedado más presente de aquella mujer, era su despego y discreción varonil, o los guantes de algodón a lo carabinero y la cofia extravagante de algodón que usaba hasta por casa (Por Francia y Alemania). Doña Emilia lo afirma en muchas ocasiones, aceptando en suma la teoría del sexo y de esa excepción que ella misma fue de todas las reglas conocidas Todo esto sin renegar de su femineidad, a la que dedicaba mucha atención. Ningún cronista masculino se dio cuenta, como lo hizo ella, de la importancia del traje y de la moda, a la que dedica luminosas páginas en las crónicas de ambas Exposiciones Universales (1889-1900). La mirada que dirige doña Emilia a los acontecimientos de los que se hace reportera es la de una mujer intelectual que atiende a lo que sus colegas masculinos denominarían “menundencias”; se fija en cosas que a ellos se les escapan, y no sólo en lo que se refiere a los trapos. Por ejemplo, sus agudezas respecto a la magra, por no decir patética aportación de España a la Sección de Guerra de la Exposición de 1900 le valió la inquina de algunos militares españoles que la hubieran retado a duelo de haber sido, de verdad, un hombre. Tampoco se mordía la lengua a la hora de criticar a los soberanos despóticos, y censura ásperamente a los franceses por su rendimiento incondicional ante el Cha de Persia al que califica de “déspota y asesino”.
 
La condesa, como su personaje Gabriel Pardo, tras haber tenido algo más que tentaciones carlistas en su juventud, es en su madurez una reconocida liberal y una regeneracionista, es decir, una krausista. Doña Emilia debe su “conversión” a su trato con don Francisco Giner de los Ríos. De ello, nuestra “genio”, ha sacado una especie de doctrina en la que se mezclan preceptos religiosos de origen protestante, o más bien, anglicanos, que rigen la conducta de los adeptos al krausismo: no mentir, no marcharse de juerga, no ir a los toros ni a las verbenas, trabajar y rezar, en este caso, comulgar con la naturaleza, junto a la necesidad de viajar por el extranjero, de “europeizarse”, como dice doña Emilia y como ella misma hace en cuanto tiene ocasión. Sus personajes ilustrados están muy viajados; han ido a Francia, Alemania e Inglaterra, aunque sin dejarse engatusar por los oropeles de esos países que, en el fondo, a ella le parecen “Francia, una gran tienda de modas, Alemania, un vasto cuartel, Inglaterra, un país de egoístas brutales y de hipócritas ñoños”. Crítica que se disipa en cuanto creadora y criaturas regresan a España y se topan con su empecinado y “secular retraso”.
 
Este europeísmo crítico la desmarca también de la beatería institucionalista quizás porque en ella ser europea es un atributo de clase. Como aristócrata española no tiene complejo alguno al respecto, y está acostumbrada a sofisticaciones que cada vez tienen más importancia en su literatura. Sin duda, doña Emilia ha evolucionado como escritora y ha salido del determinismo naturalista que marca de manera indeleble a sus personajes para abrazar cierto relativismo psicológico que los hace cada vez más complejos. Esto es especialmente notable en sus tres últimas novelas, La Quimera (1905), La sirena negra (1908) y Dulce dueño (1911) cuyos protagonistas son personas con sus mismas inquietudes y parecido bagaje cultural. A los críticos les gusta mucho calificar su última manera como “mística” o religiosa y desde luego como simbolista, y es cierto, pero esto le venía de lejos y se podía ya rastrear en muchos elementos de su época naturalista y, aún más, de la que le precedió, en particular, su segunda novela Un viaje de novios y en El cisne de Vilamorta. Darío Villanueva y José Manuel González Herrán, en su prólogo a la edición de la Biblioteca Castro consideran que estas tres novelas “no desmienten el proceso de decaimiento artístico que la crítica ha querido ver en su trayectoria a partir de los últimos años del siglo XIX”. No puedo estar más en desacuerdo pues yo las considero la culminación de su grandeza literaria.
 
Portada de La QuimeraLa Quimera, novela basada en la vida del retratista Joaquín Vaamonde, paisano de doña Emilia, cuenta la historia de un pintor llamado Silvio Lago, que siendo muy joven huye a Argentina de su padrino que le quiere hacer estudiar una carrera. Allí sobrevive de mala manera y regresa a España dispuesto a triunfar como artista. Se presenta en “Alborada”, el pazo de la famosa compositora Minia (doña Emilia) que vive con su madre, la baronesa de Dumbría (la condesa viuda de Pardo Bazán, madre de doña Emilia). Ambas están pasando la temporada de verano y él pretende hacer un retrato a la compositora para que, si le gusta, lo enseñe en Madrid a sus amigas y le sirva a él de trampolín y escaparate. Así es. El retrato (en la realidad, un pastel de Vaamonde donde sale muy favorecida la escritora) tiene el éxito esperado y Lago se convierte en el pintor de moda. Pero eso no colma sus aspiraciones porque él persigue la fama, y quiere conseguir el cuadro total, el dominio absoluto de la pintura para la que está, aparentemente dotado aunque no tiene prácticamente estudios y no sabe, por ejemplo, pintar al óleo. Se cruzan en su vida varios amores. El de Clara Ayamonte, joven singular que recuerda mucho a la que será después Catalina, la protagonista de Dulce dueño. Ambas reciben una educación insólita en las mujeres de su tiempo y son, en cierto modo, un trasunto de la autora. Ambas acaban sublimando sus ansias de amor ideal y de sacrificio por el amado metiéndose en un convento. En ambas novelas, sale a relucir el medallón del siglo XV que representa el martirio de Santa Catalina de Alejandría, sobre la que doña Emilia había escrito un pequeño ensayo, incluido por sus herederos en un volumen que se publicó póstumamente en 1925, titulado Cuadros religiosos, aunque es en Dulce Dueño donde utiliza más el material sobre la santa. Otro de los grandes amores de Silvio Lago es María de la Espina Porcel, mujer cosmopolita y depravada que resulta ser morfinómana. El va a París, creído de que ella va ayudarle pero le trata de manera abominable como venganza a la frialdad amorosa del pintor. A pesar de todo él consigue rehacerse y triunfar también como retratista en la difícil alta sociedad parisiense. Pero Silvio nunca ha sido un hombre fuerte y contrae la tuberculosis. Al encontrarse mal decide volver a Galicia, a refugiarse en casa de sus primeras y principales benefactoras, las Dumbría. En Alborada (Meirás), el joven muere, como ocurrió en la realidad con Joaquín Vaamonde.
 
Como digo, es la novela más abiertamente autobiográfica de la Pardo Bazán, donde ella no tiene recato alguno en disimularse. Es también donde desarrolla sus nuevas teorías estéticas, y donde demuestra tener un conocimiento de la pintura extraordinario, amén de utilizar todo el material de sus viajes (Por la Europa católica, Viaje por Alemania y Francia, Al pie de la torre Eiffel, y otros. Desde el punto de vista del lenguaje me encuentro con el origen de la palabra vernissage, utilizada en español como barnizado: el día antes de la inauguración, los artistas iban cada uno a barnizar su cuadro para poder exponerlo en condiciones al día siguiente, acompañados de sus amigos y de los críticos de arte. La Quimera es una obra maestra, como también Dulce Dueño, digan lo que digan. La Catalina (Lina) de esta última y la Clara Ayamonte de la primera son trasuntos idealizados de la autora.
 
Digo idealizados por la corpulencia que tanto la tenía que agobiar, porque era demasiado inteligente como para no darse cuenta de esa desagradable obesidad. El exhorto que hace a Benito Pérez Galdós en una de sus cartas es harto elocuente: “Tu cartita hoy me quitará algo de trabajar, distrayéndome del espíritu y llevándome hacia aquel solitario paseo de la Ronda con tu cabeza en mi hombro y tus brazos alrededor de mi cuerpo. ¡Ese cuerpo del diablo! ¿Cómo haríamos para que yo me convirtiera en aérea sílfide que no dobla con sus pies ni el cáliz de los lirios? A ver si realizamos este metempsicosis.” (Cartas a Galdós, ediciones Turner). En esa misma Correspondencia Doña Emilia se burla de la sociedad y comprendo que su descubridora, Carmen Bravo-Villasante tuviera que esperar tanto para publicarlas: “¡Cuán grande va a ser mi orgullo si me dices que tus saudades corren parejas con las mías, y que tú también has encontrado en mí a la compañera que se sueña y se desea para ciertas escapatorias en que burlamos a la sociedad impía y a sus mamarrachos de representantes!” Volviendo al tema del principio de este artículo, doña Emilia le dice a Galdós que su progresiva virilización, es una elección personal “entre los dos tipos de virtudes que existen”. ¡Brava doña Emilia, que no tuvo ningún reparo al elegir entre un marido tristón y carcuncio y la gloria!
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