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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Los obituarios no son para el verano

Julio y agosto se han llevado a unos cuantos. Gente decente, gente inclasificable cuya ausencia tranquiliza, marginales políticos y grandes artistas. Nada voy a poder decir que no se haya dicho sobre Gabriel Cisneros, Jesús Polanco o Xirinacs. Tampoco voy a poder añadir nada a las sesudas crónicas necrológicas que se han escrito sobre Bergman y Antonioni, pero con ellos tuve una relación personal de la que me gustaría hablar.

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Con Cisneros, con Polanco y con Xirinacs conversé en varias ocasiones. En el primer caso, fue siempre placentero y enriquecedor. En el segundo, mi desconfianza instintiva me impidió acercarme al hombre, aun en mi época de colaborador de El País. El tercero me convenció de dos cosas: de que la izquierda marginal y los activismos nacionalistas fueron refugio de tipos con grandes tragedias psicológicas, y de que una parte importante de la primera transición, la que terminó en 1982, fue el acting out de muchos males del alma que podían o no deberse al franquismo, pero que le fueron atribuidos. La historia de muchísimos de los militantes de las izquierdas guerrilleras, esto es, terroristas de los años setenta es, ante todo, historia clínica.

Bergman y Antonioni me ayudaron a vivir sin pedirme casi nada a cambio: una entrada de cine.

Yo iba a ver las películas de Bergman al cine Lorraine, en la calle Corrientes de Buenos Aires, la cumbre de las salas de arte y ensayo. En la mayoría de los casos estaban prohibidas para menores de 18 años. Tuve la fortuna hormonal de poder dejarme bigote a los dieciséis años, lo cual me abrió muchas puertas, entre ellas las del Lorraine. En el vestíbulo de ese cine veía a Juan José Sebreli, cinéfilo empedernido, pero no me atreví a dirigirle la palabra hasta muchos años después: él era ya demasiado maestro para un lector desconcertado como yo. (Cuando por fin hablé con él, no fue porque me considerara su igual, ni mucho menos, sino porque ya había aprendido que no hace falta que dos hombres sean iguales para que puedan conversar, y que hasta es mejor que no lo sean.)

A Bergman no lo conocía casi nadie fuera de Suecia en los años cincuenta, pese a que llevaba rodadas una docena de películas cuando se estrenó Un verano con Mónica en 1953. Fue a finales de esa década o a principios de la siguiente cuando un ignorado crítico uruguayo de la revista Marcha, llamado Homero Alsina Thevenet, lo descubrió, para sí mismo y para el mundo. Los que hacían Cahiers du Cinéma leían Marcha, cuyo redactor jefe era Juan Carlos Onetti. Alsina, de quien fui amigo en sus (nuestros) años de exilio en Barcelona, murió hace dos años en Uruguay, dirigiendo aún el suplemento cultural de El País de Montevideo. En los sesenta, las películas de Bergman se estrenaban primero en Montevideo y luego se proyectaban en Estocolmo y Buenos Aires. El sueco no era un tipo fácil, pero siempre mantuvo una relación especial con aquella parte del sur del mundo a través de su ex mujer y amiga incondicional de siempre, Liv Ullman, que llegó a protagonizar dos películas sobre la época de la dictadura en Argentina, Detenido desaparecido (1983, con Roy Sheider en el papel de Jacobo Timerman) y La amiga (1988).

Fotograma de Fresas salvajesPues bien. Fresas salvajes es de 1957, de modo que cuando yo la vi, con otro título, Cuando huye el día, como corresponde a países separados por una lengua común, debía de llevar unos años dando vueltas por ahí, pero el Lorraine hacía revisiones y uno se pasaba un mes seguido viendo obras del mismo director. Calculo, por esas raras referencias que la memoria acumula para que no sólo recordemos algo, sino que también recordemos cuándo y cómo, que debe de haber sido en 1967, a mis veinte años. De pronto, sin la menor disposición para ello, sin que jamás me hubiese hecho preguntas serias sobre la cuestión, Bergman me hizo comprender la tragedia de la vejez.

Poco después, en las páginas de la autobiografía de Trotsky, me di de bruces con una reflexión adecuada al caso, en la que el viejo político y viejo mujeriego venía a decir que, de todas las experiencias que un hombre puede prever que ocurran en el curso de su vida, la llegada de la vejez es la que invariablemente le coge por sorpresa. Bergman me había puesto en guardia. Si para Buñuel la pérdida del deseo sexual fue una suerte de liberación, para Bergman fue el detonante de una gravísima depresión: me siento más próximo al frío sueco que al apasionado español. Los dos fueron perseguidos: el español, por sus herejías disfrazadas de erotismo; el sueco, por su esencial erotismo disfrazado de herejía.

Recuerdo el rostro de Gunnar Björnstrand, desesperado, ante el altar, diciendo: "Y lo que más me irrita es el silencio de Dios." ¿Sería en Los comulgantes, llamada en aquel lado del mundo Luz de invierno? El hombre ha perdido la fe. Y está rodeado de deseos, a los que se niega, pero que son la vida.

Muchos años después, mi amigo José Luis Ramírez, en un increíble viaje por la minería del hierro en Suecia, detuvo el coche ante una capilla perfectamente aislada, en medio de un paisaje que hubiese hecho las delicias de Norman Rockwell, y me invitó a visitarla. Era la iglesia del padre de Bergman. El manantial de la doncella y El séptimo sello estaban pintadas en el techo. Ahí estaban la muerte, el caballero, la doncella, el eterno combate, la alucinación medieval que había sido la infancia, puro maltrato y represión, del director. ¿Pero no es eso la Edad Media: erotismo y herejía confundidos? ¿Y no es ése el objetivo de cualquier educación puritana, confundir las dos cosas para siempre en el alma del niño y del hombre que será? Para desenmarañar esa trama espesa hace falta tiempo, hace falta jugar una partida desigual con la muerte. Y el caballero que la juega sabe que se cansará antes de terminar, que llegará la vejez, que el erotismo se desvanecerá y la herejía, entonces, perderá sentido. En aquel techo no sólo estaba la infancia, sino la vida toda. Bergman pasó sus últimos años en una isla, después de intentar por todos los medios posibles ajustar las cuentas con el remoto padre que no dejó de acosarle un solo día.

Blow Up, de AntonioniPor la misma época en que aprendía de Bergman casi todo lo que uno puede saber, en 1966 se estrenó Blow Up, de Michelangelo Antonioni. Él también tuvo raros vínculos con el Río de la Plata: su segundo documental, de 1948, se llamó Roma-Montevideo. Precedió en un año al breve Bomarzo, la villa dei mostri (1949). Adelantándome a preguntas: la novela de Mujica Lainez es de 1962.

Blow Up. Instantánea: no sé por qué nunca se tradujo ese título (en España se llamó, absurdamente, Deseo de una mañana de verano, pero todo el mundo la recuerda como Blow Up). La vi en el cine Coliseo, en la calle Charcas de Buenos Aires. Cuando terminó el pase, salí de la sala, compré otra entrada y volví a verla en la siguiente función. Cuando salí, me fui a casa y releí el cuento de Cortázar en el que Antonioni declaraba haberse basado: Las babas del diablo. Aparentemente, no tenía nada que ver. Salvo en una cosa, la esencial: la idea de que si uno atiende lo suficiente al detalle, el conjunto cambia definitivamente.

En el paisaje, ordenado aunque no con la evidencia del jardín cartesiano, de un parque inglés en el que sólo suceden pájaros, la ampliación ad infinitum de un fragmento de la imagen general revela la presencia del crimen. El fotógrafo (en la película, el olvidado y siempre infrautilizado David Hemmings) ha percibido una distorsión al tomar la instantánea, es decir, al prestar atención, una atención menor que la reclamada por el detalle, pero que basta para generar inquietud. Así es como se pasa de la mirada a la observación y de ahí, de modo indefectible, al pensamiento. Así es como alguna gente se complica la vida, empieza a hablar del crimen que nadie más ha visto y termina por comprender dos cosas: que, así como él ve cosas que los demás no ven, los demás ven cosas que él no ve, y que si sigue insistiendo con el asunto ese del crimen, alguien lo matará. El peligroso filo de las cosas, tituló Antonioni su último producto artístico, en 2004: treinta minutos, junto a otros treinta de Soderbegh y otros treinta de Wong Kar Wai, bajo el rótulo común Eros.

Era un sabio que se burlaba de los críticos diciendo: "Hago películas aburridas porque la vida es aburrida." Hace poco volví a ver Desierto rojo. A diferencia de Blow Up, ha resistido mal el paso del tiempo. Pero a mí aún me conmueve. Siento que es parte de mi vida.

Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.

vazquez-rial@telefonica.net

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