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POR LA ELIMINACIÓN DEL EMBARGO

Una vía para que Bush rompa el empate a cero con Cuba

Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba son como un larguísimo partido de fútbol en el que, tras numerosas y peligrosísimas ocasiones de gol para ambos equipos, persiste un empecinado empate a cero. Lo cierto es que, si bien los norteamericanos no han logrado desalojar a Fidel Castro del poder tras casi cinco décadas de embargo comercial, tampoco Cuba ha podido salir del cerco de miseria y subdesarrollo en el que lleva sumido durante toda la dictadura.

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Para los cubanos residentes dentro de la isla, la historia de la revolución cubana difiere substancialmente de la apreciación que tiene el resto del mundo, especialmente en Europa. El problema cubano no sería para muchos más que el resultado de una confrontación entre el Goliat yanqui como potencia hegemónica y el valiente David caribeño que se le enfrenta audazmente, venciéndolo en todos los terrenos, incluyendo el diplomático. Es en este ámbito donde el embargo comercial norteamericano, presentado por Cuba como un bloqueo, recibe año tras año la unánime condena de la ONU, en una atinada operación propagandística donde no se levanta ni una sola voz para pedir que se incluya también en esta resolución una demanda al Gobierno de La Habana para que levante a su vez el embargo contra la libertad de su pueblo que ejerce la dictadura más longeva de los tiempos modernos.

El Gobierno de la isla utiliza el tema del embargo y el peligro de una supuesta agresión yanqui que todo el mundo sabe que no se va a producir nunca como una eficaz cortina de humo que le permite ocultar a los ojos de la opinión pública internacional su naturaleza intrínsecamente despótica, secundando incondicionalmente por la izquierda comodona y por la no menos culpable indiferencia del resto de las democracias occidentales, excepción hecha de muchos de los países del antiguo eje soviético. Muchos, cediendo a un envidioso sentimiento antiamericano, digno de psicoanálisis, disimulan muy mal su complacencia con el dictador "que se le planta bonito a esos hijos de puta".

Pese a la manipulación a la que ha sido objeto el histórico diferendo entre Estados Unidos y Cuba, hay que admitir, sin embargo, la evidente torpeza con que sucesivas administraciones norteamericanas han gestionado este asunto. La actual coyuntura política existente en Cuba representa una formidable oportunidad para que el Gobierno estadounidense enmiende su errática política cubana. Y siendo el tema del embargo el elemento desencadenante de esta confrontación, corresponde a Estados Unidos comenzar una maniobra de ataque con una propuesta audaz que propicie el desmantelamiento progresivo del mismo.

George W. Bush y su hermano Jeb, gobernador de Florida durante ocho añosEso sí, esta eliminación no puede hacerse de forma inmediata e incondicional, pues sus resultados serían capitalizados por los partidarios del comunismo de siempre, disfrazado de socialismo del siglo XXI, que lo convertirían en una prueba más de la debilidad del imperialismo. Por tanto, una supresión impremeditada del embargo no haría más que fortalecer a los que detentan el poder en Cuba y, lo que es mucho peor, no traería una mejoría palpable de las condiciones de vida del pueblo cubano.

¿Qué hacer entonces? Lo juicioso sería presentar a la opinión pública una modificación del embargo hecha de tal forma que devuelva la pelota a cancha cubana y ponga en evidencia a los ojos del mundo que los primeros interesados en el mantenimiento del embargo, rentabilizado con fines meramente propagandísticos, son las autoridades cubanas. Para lograrlo se podrían aplicar una serie de iniciativas:

  1. Los Estados Unidos autorizarán a sus empresas la inversión en Cuba, pero exigiendo a la dictadura el cumplimiento de los convenios estipulados por la Organización Internacional del Trabajo, tales como:
    1. Los empresarios norteamericanos tendrán acceso libre al mercado laboral cubano, estableciendo la contratación directa de su personal, atendiendo a estrictos criterios de competitividad, para evitar así la intervención del Estado, imponiendo a personas de su entorno político.
    2. Los trabajadores cubanos contratados recibirán el 100% de su salario directamente en dólares. Estos salarios no podrán ser gravados por el Estado con impuesto adicional alguno, salvo las regulaciones ya existentes en la ONAT para los trabajadores por cuenta propia que reciben ingresos en divisas.
  2. En las empresas con capital estadounidense, ya sean mixtas o con 100% norteamericanas, no se permitirá el funcionamiento de las organizaciones políticas del Estado cubano, ni el sindicato oficialista conocido como CTC. Por tanto, quedará a elección de los trabajadores la creación de cualquier forma de organización sindical.
  3. Los trabajadores cubanos de las empresas estadounidenses tendrán derecho a recibir cursos de adiestramiento y capacitación en los Estados Unidos o en cualquier otro país donde la empresa disponga de esas instituciones.
  4. Los ciudadanos cubanos, residentes dentro o fuera de la isla, tendrán derecho a la creación de empresas privadas, en asociación con empresarios norteamericanos, o individualmente, con acceso a créditos estadounidenses y en aquellos sectores que al contrario que la salud, la educación y la defensa no sean estratégicos para el Gobierno.
  5. Como un gesto de buena voluntad, el Gobierno de Estados Unidos, en colaboración con entidades de caridad y ONGs, creará una red de farmacias para la venta de medicinas a la población a precios populares, así como también contribuirá a la modernización y equipamiento de la red de hospitales de Cuba.
  6. El Gobierno de Estados Unidos declara públicamente que no tiene intenciones de intervenir militarmente en Cuba. De igual manera, espera que la implementación de todas esas iniciativas contribuya a generar un clima de distensión y respeto mutuos, que incluya la reanudación plena de los vínculos comerciales y diplomáticos y se traduzca en una mejoría real de los derechos ciudadanos en Cuba que facilite la adopción de una amplia amnistía para los prisioneros de conciencia y el surgimiento de un ambiente de amplia concertación y nuevos espacios para el ejercicio de las libertades fundamentales.

Esta sería, a grandes rasgos, la alternativa más viable que se le presenta al Gobierno de Estados Unidos para salir del atolladero del embargo con una especie de negociación no concertada. Naturalmente, se trata de una maniobra destinada a desacralizar la campaña de progresía procastrista, que se ha convertido en la coartada perfecta de los defensores ultranza de la dictadura jurásica de La Habana. Está claro que el Gobierno cubano se apresurará a rechazar de plano esta oferta, alegando la consabida cantinela de la autodeterminación y la defensa de la soberanía nacional. Pero como nadie medianamente decente se atrevería a negar la justicia de una propuesta así, el sempiterno caballo de batalla de la propaganda castrista se convertiría en un boomerang, en el caballo de Troya que lleve al vientre de esta campaña el germen de su destrucción definitiva.

Entre tanto, la diplomacia norteamericana podría finalmente pasar a la ofensiva, para sumar, de forma efectiva, a las vacilantes democracias europeas, con las que podría presionar a los sucesores de Fidel Castro y obligarlos a negociar.
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