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Amando de Miguel

Cómo entiendo yo el disenso

El verdadero signo de una democracia es que cualquiera pueda ejercer el derecho a discrepar.

Amando de Miguel
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Nos hemos juntado, telemáticamente, unos cuantos letraheridos en una nueva fundación, llamada Disenso, pastoreada por Santiago Abascal y algunos de sus devotos. Cada uno de los patronos es de su padre y de su madre, pero quizá nos hemos sentido polarizados por un marbete resistente al convencional consenso. El cual, resabiado, acaba siendo vulgar pasteleo, confabulaciones y cubileteos mil.

El consenso o consensus entra en el inglés académico y político por el prestigio que se confiere a los términos de raigambre latina. Originariamente, significa la forma de llegar a un pacto, acuerdo o componenda en ciertos organismos, por ejemplo, los de carácter internacional. Se opone al método de una votación formal, buscando los factores de entendimiento tácito y para evitar ulteriores conflictos. En la práctica, significa que la decisión se toma de forma pragmática, por el reconocimiento del peso real de las fuerzas dominantes. De esa forma, se anula el posible disenso de los elementos minoritarios.

Hay también un falso consenso. Ocurre en la España actual. Consiste en hacerse la ilusión de que existe un general acuerdo en los valores básicos, los que prescribe la Constitución vigente. Pero se trata de un profuso texto, que se redactó (precisamente por consenso) para conjurar los temores de la infamante guerra civil. Sin embargo, dio lugar a que se legalizara el separatismo e incluso un partido político de los terroristas vascos. Es más, quedó establecido que los perdedores de la guerra civil habían tenido razón; por ejemplo, la República había sido una democracia modélica. Son ideas de un autoritarismo larvado, pero degradante. ¿Cómo no disentir, al menos, de un resultado tan poco alentador?

Como puede verse, el espíritu de consenso se aplica a la vida política de una sociedad enteriza. Significa, entonces, que hay que mantener los principios, valores y directrices de lo que se considera conveniente por parte de los grupos de mayor influencia. Es, por tanto, una posición conservadora, que pueden adoptar, tranquilamente, las izquierdas. Supone que el grueso de la población permanezca sumisa frente a las decisiones de los que mandan en cada momento. No se olvide que la voz consenso (y el latinismo consensus) se deriva en castellano del verbo consentir. Solo que tal acción significa también “permitir a una persona algo que no es, o no parece, bueno”. El niño consentido es el niño bitongo, mal criado.

Como contraste con lo anterior, el espíritu de disenso responde a un reconocimiento del auténtico pluralismo, que existe en todas las formas de organización social, aunque el poder muchas veces no lo reconozca. En la sociedad española, el acuerdo generalizado es solo una utopía, casi siempre interesada, esto es, dispuesta a mantener las fuerzas oligárquicas o, simplemente, establecidas, compatibles con una democracia formal. Por tanto, es normal que se produzcan mil formas de disidencia, de intereses diversos no contabilizados, de minorías silenciadas, de opiniones libérrimas, que no son atendidas. Lo que hay que hacer es contar con todos esos disensos.

El ánimo de disenso empieza por ser un factor de personalidad. Hay individuos independientes, dispuestos, por naturaleza, a pensar por su cuenta. Se distinguen de la corriente de ideas establecidas, las cuales suelen venir amparadas por los grupos influyentes. Estos son los que dominan la propaganda y los medios de comunicación con ventaja. En la España actual, por ejemplo, las ideologías establecidas abarcan extremos tan dispares y disparatados como la memoria histórica, la ideología de género, el ecologismo radical y el feminismo no menos extremoso. Hay que entrecomillar tales expresiones porque en sí mismas poco significan. Han sido propuestas por el PSOE, pero consentidas por el PP a la chita callando. Tal acuerdo básico es una buena ilustración del famoso consenso en versión degenerada.

Ciertas opiniones políticas, por muy progresistas que puedan parecer, no deben constituirse en axiomas de obligado cumplimiento. El verdadero signo de una democracia es que cualquiera pueda ejercer el derecho a discrepar. Ahí reside la virtud del disenso, la que nos aleja de la querencia autoritaria, tan inveterada en España. Bien está comulgar con ciertos principios característicos de la comunidad nacional, pero que no sean ruedas de molino.

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