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Discriminación transversal

En el mundo en que estamos nos ha tocado ser, no ya sensibles, sino hipersensibles a lo que antes se llamaba "discriminación racial".

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Me perdonará el lector minucioso que junte dos palabras de moda para sintetizar el argumento que sigue. A decir verdad, tengo que competir con otros comentaristas para atraer lectores (ahora se dice "audiencia"). Ya se sabe que el título de un artículo debe ser corto, incisivo, con su miaja de misterio.

A lo que voy. En el mundo en que estamos nos ha tocado ser, no ya sensibles, sino hipersensibles a lo que antes se llamaba "discriminación racial". Bueno, ahora queda proscrito (ahora se dice "obsoleto") hablar de razas. En su lugar, nos tenemos que referir a etnias, culturas, grupos minoritarios. Para empezar, no debemos hablar de "moros" (como se decía antes y no era infamante), ya que los tales podrían sentirse ofendidos, discriminados. ¡Vaya por Dios! (¿o habrá que renunciar también a esta exclamación tradicional?). Ahora hay que decir "musulmanes" o "islamistas". Bueno, aceptemos el cambio de etiqueta para que nadie se moleste.

Resulta que los musulmanes tienen por costumbre o por ley religiosa abstenerse de comer carne de cerdo. La prohibición no se funda tanto en razones higiénicas como en el hecho de distinguirse de las otras culturas. Bien es verdad que los judíos ortodoxos participan de la misma norma, pero es que son primos hermanos en términos culturales.

El problema está en que la carne de cerdo es muy barata, aparte de sabrosa. Otra ventaja es que, en forma de jamón o de embutido, se conserva muy bien. De ahí resulta que los platos preparados con tal ingrediente sean muy apreciados por los menús colectivos: restaurantes, bares, hoteles, cafeterías, internados, colegios, etc.

Surge entonces la obligación social de no discriminar a los usuarios de las instituciones con servicio de cocina. Para que los musulmanes (o los judíos ortodoxos) no se sientan preteridos en tales situaciones, se ofrece la opción de dos menús: uno con carne de cerdo y otro sin ella. El coste se eleva considerablemente, sobre todo si la población musulmana o judía es muy minoritaria.

También es verdad que la solución apuntada podría considerarse una forma sibilina de discriminación. Lo más probable es que el progresismo dominante la considere insuficiente. De ahí que se pueda otear para el próximo futuro una nueva forma de discriminación que podríamos llamar transversal. Bien podría ser que a los musulmanes o los judíos ortodoxos les pareciera que la existencia de dos menús (con cerdo y sin él) fuera una forma oculta de discriminarlos. En su virtud la exigencia sería la de que hubiera un solo menú, pero siempre sin carne de cerdo.

Es más, la misma lógica podría llevar a ciertas minorías (por ejemplo, los vegetarianos) a exigir la ausencia total de carne de cualquier tipo en todos los menús colectivos. ¿Y si otras minorías plantean la ausencia de otros alimentos en tales menús? Por ejemplo, la colonia de residentes extranjeros (que suma ya varios millones de personas) en España podría plantear la abolición del aceite de oliva porque su olor les resulta nauseabundo. Los chinos (que no son pocos) sugerirían los menús con insectos o carne de perro, por poner un ejemplo.

No quiero pensar en el quilombo que se podría montar si se generalizasen las exigencias de no discriminación transversal que quedan apuntadas como sospecha. Pero está claro que si algo puede suceder, al final siempre sucede. De momento, veo en peligro ciertas tradiciones culinarias castizas: las manitas de cerdo, el cocido, la sobrasada y otros embutidos, el jamón, etc. Francamente, me parece un futuro indeseable.

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