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El estado general de cabreo

Se supone que solo se muestran felices los infelices. Entre nosotros la felicidad está mal vista.

Amando de Miguel
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Podríamos decir también enfado o indignación, pero cabreo es la voz coloquial más apropiada. Contrariamente a lo que alguien podría suponer, no se trata de una voz malsonante. Representa un estado de ánimo tan extendido en España, que ya no se sabe si pudiera ser congénito. Queda harto simpático presumir de cabreo contra todo. Se supone que de esa forma uno alardea de informarse bien, de estar al tanto, de ser agudo o sensible.

El éxito de los comentaristas, los tertulianos y demás profesionales de la palabra consiste en saber expresar su permanente estado de cabreo respecto a la situación. Se dirige mejor contra los que mandan en todos los órdenes. También se pueden seleccionar blancos específicos: los catalanes, los españoles, los vascos, las mujeres, los hombres, los políticos, los ricos, los curas, los inmigrantes, los fachas. Hay para elegir. No vale cabrearse contra uno mismo. A eso lo llaman autoflagelación.

La manifestación del cabreo permite al sujeto eximirse de obligaciones y culpas particulares. Visto así el fenómeno, nada como sentirse cabreado para pasar por una persona inteligente. Se supone que solo se muestran felices los infelices. Entre nosotros la felicidad está mal vista.

Un rasgo de elegancia corporal que estimula la admiración de los demás es el de permitir que asome una arruga en el entrecejo. Algunos líderes políticos la han conseguido muy bien. Por ejemplo, algunos de Podemos, de Esquerra, del PSOE. Así demuestran sus grandes capacidades para cabrearse. Ya se sabe, la cara es el espejo del alma. Dichosos los políticos que andan por la vida sin arrugar el entrecejo. No harán carrera, pero disfrutarán de los fines de semana.

La expresión gráfica del cabreo es el recurso a las expresiones obscenas. Son muy comunes, pero hasta ahora se reservaban a la esfera íntima (familia, amigos, colegas). Reconozco la función positiva que puede tener tal recurso como desahogo. Su permisividad ha ido ascendiendo hasta que los tacos los desgrana a placer el líder de Podemos en sus discursos parlamentarios. No le extrañará el retruécano que por ahí circula, al leer su grupo parlamentario (Unidos Podemos) como Unidos Jodemos.

Reconozco que abundan las circunstancias objetivas para que domine el estado general de cabreo.A los contribuyentes nos fríen a impuestosy tasas por todas partes. El tráfico urbano se hace insoportable. Los precios suben más que las pensiones. La burocracia pública y la privada resultan enmarañadas. Los grados escolares no nos aseguran (como antaño) el empleo correspondiente. No hay manera de adelgazar sin sufrir. La calvicie masculina se hace pertinaz con los años. La envidia se venga del éxito. Cuantos más canales de televisión, más tedio. Los llamados ciudadanos somos cada vez más rebañegos. Las tapias y zócalos se llenan de absurdos grafitis, consonantes con la estúpida profusión de tatuajes. El color preferido para el vestido o el coche es el negro.

La reacción inmediata ante el cabreo generalizado es la de intentar recluirse en el círculo íntimo: la familia, la pareja, los amigos, los colegas. También ayuda mucho el viaje: cambiar de decorado por un tiempo breve para escapar de lo cotidiano. Los placeres turísticos se anuncian como escapadas. El tabaco, el alcohol y las drogas alucinógenas sirven de mucho; lo malo es que se cobran un tributo muy oneroso, aparte del dineral que cuestan.

Total, que no hay forma humana de salir del laberinto. ¿Y si probáramos a recobrar la religiosidad perdida? ¿O también el viejo placer de la lectura, o el de ejercitar alguna habilidad artística?

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