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Amando de Miguel

El malhadado 'diálogo'

Los más avisados ya se han percatado de que el tan traído y llevado diálogo no es más que una forma de chantaje.

Amando de Miguel
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Decía yo que, al asomarnos a la década de los años 20, en España estrenábamos un nuevo régimen político. Ello es que, sin comerlo ni beberlo, nos topamos con un nuevo modo de gobernar que no sabemos cómo lo llamarán los tratadistas de Teoría del Estado. Así como el régimen anterior de la Transición se basaba en el consenso, este nuevo talante de ahora se apoya en el diálogo. Ni uno ni otro concepto son lo que parecen. El famoso consenso fue más bien el intento de superar la dicotomía ideológica heredada de la guerra civil y del largo experimento franquista. No se consiguió del todo y aun se avivó en los círculos de la cultura. Pero quedó la buena fama de que nuestros políticos se habían avenido bastante bien mediante el dichoso consenso.

Lo malo de las palabras de moda es que pasan pronto de ella. Desgastado el consenso, resucitó un añoso término, el diálogo, que funcionó muy bien en los amenes del franquismo con la oposición tolerada. Hoy se recupera el diálogo como último recurso para justificar la avilantez de las posiciones más traicioneras. Baste decir que ahora son los separatistas y los comunistas quienes legitiman al Gobierno de España, naturalmente con invocaciones místicas al diálogo. Habría que recordar la enseñanza del gran pensador de Santa Fe de Bogotá, Nicolás Gómez Dávila: "Cuando el diálogo es el último recurso, la situación ya no tiene remedio". Lo hemos visto con la penosa tarea de formar Gobierno que los españoles han tenido que soportar durante el último año. Ha sido una misión imposible. Al final, a trancas y barrancas, el nuevo Gobierno, manifiestamente inestable, ha salido con el apoyo de una docena de partidos. ¿Cómo vamos a tragar que la clave del nuevo Gobierno vaya a estar en dialogar (con mesa aparte) con un partido que se etiqueta ‘republicano de Cataluña’ y cuyos miembros no se consideran españoles? Hay más padres de la patria en el Congreso que abiertamente no se sienten españoles. Los más avisados ya se han percatado de que el tan traído y llevado diálogo no es más que una forma de chantaje.

Lejos de ser un ‘diálogo abierto’, como se dice, la opacidad preside las reuniones de los delegados de PSOE y Esquerra. El auténtico diálogo abierto se tendría que realizar en las Cortes, que para eso se diseñaron hace mil años. Es claro que no se ha dado tal ocasión. Los que ahora dialogan lo hacen en lugares inaccesibles al público y a los medios. Es decir, por mucho que se hable de "transparencia", realmente lo que impera es el secretismo. Es algo que se impone, incluso, en las mal llamadas ‘conferencias de prensa’, que no son tales, sino maniobras de propaganda. En ellas se habla de "voluntad de diálogo", que no se sabe muy bien qué pueda ser.

Una forma taimada de diálogo político es la que asegura "consultar con las bases" y hasta "con la ciudadanía" para apoyar ciertas decisiones que ya han tomado los que mandan. Son consultas sin las mínimas garantías de neutralidad jurídica. En el caso del "diálogo" para resolver el "conflicto catalán", se evita la opinión del resto de los españoles.

Lo más significativo de la operación dialogante entre el Gobierno de España y la Esquerra Republicana de Catalunya es que proponen una nueva institución: una especie de negociación entre iguales. Eso, en el mejor de los casos, si el Gobierno de Cataluña acepta ocupar un lado de la mesa. Se supone que tal supuesto se llevará a cabo con otra Constitución de España, pues con la actual no es posible tal dislate con apariencia democrática. De momento, en época de crisis económica, el nuevo Gobierno no hace más que crear nuevos ministerios y oficinas sin cuento, o mejor, con mucho cuento. Quien verdaderamente va a salir ganando con el nuevo Gobierno es la empresa esa que hace las carteras que se llevan a casa los ministros con el título del departamento (cada vez más largo). No es solo que cada vez hay más ministerios, y por tanto más carteras, además de otros privilegios inherentes al cargo. Habrán de saber que los antiguos ministros, en la toma de posesión de los nuevos, no les entregan la vieja cartera que ellos recibieron. Eso solo lo hacen los puritanos ingleses. Aquí todas las preciadas carteras son nuevas. Dado que cada vez hay más ministerios, van a tener que añadir transportines en el banco azul del Congreso.

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