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Amando de Miguel

El placer del riesgo

El espíritu de riesgo es compatible con la tendencia a la vida sin sobresaltos.

Amando de Miguel
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Es algo que aparece ya en los juegos infantiles. En mi pueblo de nación apenas había juguetes, fuera de tirachinas y peonzas. Pero los chavales nos las ingeniábamos para jugar tirando piedras o escalando las tapias para coger nidos. La cosa tenía sus riesgos de descalabrarnos ("mancarnos", decíamos), pero la sangre no llegaba al río, más que nada porque no había río.

Con el tiempo y el progreso, la infancia se inundó de juguetes, muchos con pilas. Sin embargo, pervive la llamada de las actividades lúdicas que los adultos consideran arriesgadas. Ahí está precisamente el toque de placer.

La vida toda se ha infantilizado, al menos en lo que tiene de atractivo por los juegos peligrosos. No otra cosa son los deportes de riesgo, que algunos practican como un hábito cotidiano. Los parques de atracciones lo son también por las montañas rusas o equivalentes. Las bicis y las motos no se han superado con los coches, sino que conviven peligrosamente con ellos, y, por si fuera poco, con los patinetes y los monociclos eléctricos. Los coches son cada vez más seguros, pero los automovilistas son ahora más arriesgados. El consumo desaforado de alcohol y de drogas alucinógenas es otro factor añadido de riesgo. De poco sirven las multas que se prodigan por tales excesos.

Nos movemos en la época de la omnipresente seguridad social. Por tanto, los heridos y muertos como consecuencia de las actividades cada vez más peligrosas exigen la atención de los servicios públicos correspondientes. No obstante, se plantea la duda sobre la justificación de tal dispendio en casos extremos, dado que las actividades riesgosas se practican de manera voluntaria y con alegría deportiva. No está claro si las personas rescatadas en las actividades de mucho riesgo deben pagar los gastos de los servicios de emergencia.

En otros tiempos se canalizaba la fascinación que ejercía el peligro a través de la guerra, las justas y otros ejercicios bélicos, el duelo, las peleas callejeras. Hoy cabe el recurso más pacífico y aparentemente menos cruento del deporte de riesgo. Puede ser simplemente la afición desmedida a correr de forma ostentosa y compulsiva. En determinadas condiciones tales prácticas, lejos de promover la salud, son un peligro para ella.

En principio, la sociedad actual se muestra comprometida con el logro de conseguir la mayor longevidad posible de sus habitantes. A fe que se ha conseguido hasta extremos nunca vistos. Por eso resulta paradójica la idea generalizada de tolerar e incluso enaltecer las conductas que suponen peligro. Es como si tuviera lugar un cierto cansancio de la vida de forma colectiva e inconsciente, o por lo menos una reacción contra la monotonía y la seguridad de las sociedades desarrolladas.

Por motivos que se desconocen, el hecho es que las prácticas que juegan con el peligro afectan más a los varones que a las mujeres, a los jóvenes más que a los viejos. Se pueden disfrazar de espíritu de aventura o de deporte, y así se toleran mejor. Vienen a ser como una prueba de hombría, de ejercicio de carácter.

El espíritu de riesgo es compatible con la tendencia a la vida sin sobresaltos a través de las empresas dedicadas a la seguridad, las compañías de seguros, las normas de prevención de accidentes. Parece una contradicción y lo es. Casi se podría decir que en nuestro tiempo nos apetece vivir rodeados de alarmas. El color rojo o el sonido de sirena son símbolos de todas las contradicciones dichas.

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