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Amando de Miguel

España amordazada

Con una población amordazada (y no solo literalmente por la dichosa mascarilla) se puede intentar lo más difícil todavía: cambiar de régimen con la misma o parecida Constitución.

Amando de Miguel
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Resulta grandioso, a la par que inquietante, el nuevo espectáculo de los vecinos de mi pueblo, y los del resto de los ocho mil municipios españoles. Todos ellos deambulan con la cara cubierta con la dichosa mascarilla. Me temo que pronto surgirá una nueva dolencia colectiva, al tener que tragarnos continuamente el CO2 (o como se llame) que expelen necesariamente nuestros pulmones. De momento, lo preocupante es el uniforme o el disfraz de la boca y la nariz tapadas como si esto fuera un continuo baile de carnaval, aunque le falte la alegría consiguiente. Más bien, el vecindario así amordazado rezuma tristeza, resignación, una disposición ovejuna a cumplir con un nuevo precepto que no se entiende muy bien. Los mismos que dijeron que la mascarilla era irrelevante, más tarde sostuvieron que era conveniente y por último que se hace obligatoria en determinadas circunstancias, y no solo las clínicas.

La cosa parece consonante con una actitud general de servilismo de los españoles, dispuestos a tragarse todo lo que decida la tribu de los que mandan. Amordazada como está la opinión pública española, no se manifiestan mucho las protestas ante las múltiples tropelías de los que escriben en el BOE. Subirán aún más los impuestos con la miserable falacia de que solo los pagan los ricos. De los cuales, seguramente se excluyen los que manejan los hilos del teatro de títeres que viene a ser el espectáculo del poder. La mordaza, aun con propósitos sanitarios, es así el símbolo de la actitud pasiva y sumisa de los que llaman "ciudadanos", para mayor inri.

No hay más que ver esa nueva representación de las llamadas ‘conferencias de prensa’ que protagonizan los capitostes del Gobierno. No es solo que a veces se hallen ausentes los periodistas, sino que, de estar presentes, nunca se les reconoce el derecho a repreguntar. Es decir, no cabe el supuesto de que se aplique al poderoso que se va por los cerros de Úbeda, cosa muy corriente: "Eso que usted dice no es una respuesta a lo que yo le he preguntado". Es el juego de la escueta conversación de las casheras vascas: "¿Cómo vas de la reuma?"; y la otra contesta: "Yo manzanas traigo".

La broma de las conferencias de prensa no es más que un minúsculo episodio de lo que se llama propaganda política, toda una arcana ciencia. El Gobierno actual la domina con maestría y desparpajo. Tanto es así que muchas personas instruidas razonan de la misma forma que distingue el discurso de los altos cargos. No hay más que estar atentos a las declaraciones de la dicharachera portavoz del Gobierno, con su media lengua. Se queda uno ensimismado ante tales alocuciones destinadas a la exaltación de un tal Sánchez, emperador en una gota de agua. El Gobierno practica tan bien la propaganda y con tal contumacia que realmente ha pasado a definirse con un nuevo género político: el despotismo medianamente ilustrado. Detrás del cual late la obsesión igualitarista que imponen los incompetentes. Solo falta el último grandioso episodio: que el jefe de Gobierno pase a ser jefe del Estado sin solución de continuidad. Sería el primer jefe del Estado en la historia española con el título de doctor en Economía. Deberíamos sentirnos orgullosos de tal gesta histórica.

Con una población amordazada (y no solo literalmente por la dichosa mascarilla) se puede intentar lo más difícil todavía: cambiar de régimen con la misma o parecida Constitución. En ello estamos.

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