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Españoles imaginativos

Son innúmeras las expresiones populares en España que manifiestan una intensa vida interior, traducen un gusto refinado por la fantasía, la imaginación.

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Es un lugar común sostener que los españoles formamos una cultura de gentes extravertidas, con escasa vida interior. Hay quien añade que el famoso gusto por el realismo de las distintas formas del arte hispano nos ha conducido a un escaso desarrollo de la imaginación, la fantasía. En todo caso, suplimos tal carencia con las mil formas de simpatía. Pues bien, todo eso es más falso que ciertas tesis doctorales (antes se decía "que Judas").

Si nos referimos a los pretendidos caracteres nacionales, la dificultad está en medirlos con una muestra suficiente de observaciones, aplicada en distintos momentos del tiempo. Para superar tales obstáculos, se puede acudir a un método infalible: el sustrato cultural que se conserva en el lenguaje, por ejemplo, en las frases hechas, los dichos populares. Por ahí se colige muy bien el modo de ser de un pueblo, por lo menos algunas de las constantes anímicas, que se mantienen a lo largo del tiempo. Quizá no haya un carácter nacional troquelado para todos los tiempos, pero sí un cierto aire de familia que se transmite de generación en generación. La prueba es que identificamos aproximadamente el modo de proceder de un extranjero, aunque no le oigamos hablar.

Pues bien, son innúmeras las expresiones populares en España que manifiestan una intensa vida interior, traducen un gusto refinado por la fantasía, la imaginación. Aduciré unos pocos ejemplos sin ningún orden. El lector podrá añadir algunos más; basta con que aguce el oído.

Los españoles decimos "respirar por la herida" para indicar la sensación de resentimiento que nos queda por alguna jugarreta, inconveniente o malestar. Suele ser una consecuencia de la envidia. Más vida interior no cabe. No creo que la locución pueda traducirse fácilmente a otros idiomas cercanos. Muchos extranjeros la considerarán una metáfora de mal gusto.

"La procesión va por dentro" es otra fórmula para indicar el estado anímico más profundo, en este caso para indicar la contradicción entre la aparente serenidad del sujeto y la tribulación que realmente siente y oculta. También se puede decir "reconcomerse", igualmente expresivo e intraducible. Por ahí se ve que pertenecemos a una cultura del fingimiento, la simulación, el engaño. Lo de la "postverdad" y las "noticias falsas" de la última moda a nosotros no nos coge de sorpresa.

La doblez se expresa de muchas formas. Podría ser esta una sociedad aparentemente austera, sobria; pero, llegado el momento, para alardear y fingir, el español es capaz de echar la casa por la ventana. La metáfora es en verdad surrealista.

Otra analogía en la misma línea de las imágenes inverosímiles y de difícil traducción a otros idiomas es la de "hacer de tripas corazón". Equivale a la acción de sobreponerse después de alguna adversidad para obligarse a vencer la posible repugnancia que puede dar la obliga conducta reactiva. Seguimos fingiendo, consumados actores que somos. El Quijote entero es la más exacta manifestación de tal virtud.

Tal es nuestra capacidad de aparentar que podríamos llegar a comulgar con ruedas de molino, una aparente blasfemia que no pretende ser irrespetuosa con la religión. Solo exagera la credulidad de algo que, en principio, parece inverosímil. Los portavoces y portavozas de los políticos eminentes no suelen tener en cuenta que los españoles no somos dados a comulgar con ruedas de molino.

Puestos a manifestar la familiaridad con lo sagrado, la música celestial debería servir para calificar la excelsa o sublime. Nada de eso; quiere decir lo contrario: los sonidos que no se quieren oír, ni siquiera escuchar.

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