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Amando de Miguel

La apariencia y el ruido

En los medios de comunicación, en las redes sociales y en los contactos con los teléfonos móviles, se ejercen todas las formas de ruido

Amando de Miguel
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El ruido es, aproximadamente, lo contrario de la música. En las Cartas del demonio a su sobrino, de C.S. Lewis, el Cielo se identifica con la música y el silencio; el Infierno, con el ruido. Es una revelación extraordinaria.

La curiosa preferencia por el ruido, en la vida española, se traduce en la desmesura de los habitantes, la extremosidad ante cualquier incidencia, sobre todo, festiva. Son consecuencias del realce que se da a las apariencias, llamar la atención por cualquier medio. La socorrida metáfora del mundo como un permanente teatro cotidiano se ajusta, admirablemente, a los usos españoles. "Hacer teatro" es una cualidad muy apreciada en los intercambios sociales.

En los medios de comunicación, en las redes sociales y en los contactos con los teléfonos móviles, se ejercen todas las formas de ruido. Es el mejor modo de ocultar o mistificar la realidad, un arte muy apreciado. El ruido no es, solo, el griterío (en castellano clásico "greguería"), sino las múltiples formas de propaganda, publicidad y exaltación festiva. En los anuncios publicitarios y en las crónicas deportivas, predomina el grito, sea sonoro o colorista. No se trata del grito angustioso de los cuadros de Munch. Aquí, estamos más cerca de la exaltación de la amistad de naturaleza etílica.

Los españoles asocian, automáticamente, la fiesta, la feria o cualquier otro tipo de holgorio con la estridencia de las conversaciones, en las que dos o más interlocutores pueden hablar a la vez. No digamos, si, además, se acompañan, como fondo, de la música o el sonido de la tele. El exceso de decibelios, tolerado con gusto, es un correlato de la cultura de la extraversión. El comer, beber, viajar o divertirse con otras personas es una necesidad vital para los españoles. Nada mejor, para hacerse ver, que hablar en voz, desmesuradamente, alta ante otras personas, aunque sea por teléfono.

Todo lo anterior se intensifica cuando afecta a los jóvenes, en los que la euforia es la forma natural de relacionarse. Nada como acompasar la música de percusión con pequeños saltos, levantando los brazos y coreando el ritmo. Con alcohol, la cosa marcha, todavía, mejor. Los jóvenes son los grandes privilegiados de nuestra sociedad, acaso, porque las cohortes de veinteañeros son las menos numerosas de la historia, en proporción al censo de habitantes.

Se comprenderá lo traumático que ha sido, en España, el infortunio de la reciente pandemia del virus chino para la población de los sobrevivientes. No ha sido, solo, el temor a enfermar, sino la forzada atenuación de la movilidad espacial, las reuniones de grupo. Es decir, la pandemia ha obligado a que descienda, dramáticamente, la frecuencia y el ruido de las interacciones sociales.

En España, una expresión muy típica del ruido es el auge de las tertulias de la radio y la televisión. Solo, les aventaja el interés por los programas deportivos (encuentros y comentarios). La baraúnda de las tertulias permite, y aun aconseja, que los tertulianos se interrumpan, continuamente. Es algo que no resulta raro, pues la prescripción se sigue en muchos otros tipos de reuniones. Es de sospechar que los tertulianos cobran por el número de palabras proferidas. Pueden hablar varias personas a la vez, que es la mejor forma de hacer ruido. El tertuliano ideal es el que extrema la simpatía, un valor muy apreciado en la tabla axiológica de los españoles. La tertulia que mejor funciona es la que consigue que el programa parezca una fiesta. De acuerdo con las normas no escritas, pero, seguidas con fidelidad, conviene que la reunión congregue a participantes masculinos y femeninos. Esa es la única novedad en la historia de una institución tan castiza.

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