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La fascinación del modelo italiano

El sistema se refleja de modo admirable en 'Pedro Sánchez', la historia de un aventurero de la política, contada por José María de Pereda. Hay casualidades que anonadan.

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Me he pasado toda mi vida de sociólogo empírico comparando la estructura social y económica de España con la de Italia. Resuenan entre nosotros siglos de admiración por nuestros parientes italianos, esos que hablan con esdrújulas. El viaje a Italia era una obligación de los escritores españoles de todos los tiempos, no digamos de los artistas. El sabido que el Museo del Prado se nutrió inicialmente con los cuadros que compró Velázquez en Italia por encargo del Rey. De Italia se importó no ya la pintura colorista; también vino de allí el soneto, la zarzuela, el INI, el cine neorrealista y tantos otros símbolos de cultura. En el siglo XX nuestro desarrollo económico iba siempre a la zaga del italiano, siguiendo su misma trayectoria. Por desgracia, nosotros no tuvimos Plan Marshall, pero ambos países cuentan con formidables bases militares de los Estados Unidos, acaso por temor a un auge comunista.

En la España democrática se instalaron las versiones locales de los tres grandes partidos italianos: democristiano, socialista y comunista. Solo que ahora esa trimurti ha desaparecido de Italia, asolada por la corrupción. Puede que, una vez más, sigamos en España la misma pauta. Por lo menos se puede decir que se ha evaporado el sistema bipartidista e incluso la clásica contraposición entre la derecha y la izquierda.

La sorprendente realidad actual es que el producto económico por habitante de España supera al de Italia. La famosa prima de riesgo (que mide la desconfianza internacional respecto a la economía interior) es ahora más alta en Italia que en España. Ambas economías se basan en una fuerte exportación, que incluye el turismo.

Surge una comparación inquietante. La vida política italiana se manifiesta ingobernable. Destaca dos fuerzas antagónicas y extravagantes: los nacionalistas del norte y los populistas del sur. La paradoja es que se unen para gobernar. Salvando las escasas distancias, se ha instalado en España una estructura parecida. Aterra pensar que en esta otra tierra del Sol acabe mandando también una coalición contra natura de nacionalistas y populistas. Seguimos fascinados por el modelo italiano.

También es verdad que subsisten grandes contrastes entre los dos países. En Italia se ha extendido mucho la actitud antieuropeísta, a pesar de que la democracia cristiana estuvo en el núcleo fundador del Mercado Común, hoy Unión Europea. En España todavía predomina el embeleso europeísta de los recién llegados. Acaso resuene el eco de la tradición europeísta de las fuerzas opositoras al franquismo.

En Italia la inestabilidad de los Gobiernos no se nota tanto porque subsiste una fuerte Administración funcionarial que no cambia con los vaivenes de los ministros. En España no se han conseguido esa permanencia. Un cambio de Gobierno en España sigue más bien la tradición autóctona de los cesantes, que ahora llega a la nutrida capa de los subdirectores generales y los asesores de toda condición. El sistema se refleja de modo admirable en Pedro Sánchez, la historia de un aventurero de la política, contada por José María de Pereda. Hay casualidades que anonadan.

Tanto España como Italia (junto con Portugal y Grecia) se sienten disminuidos ante la hegemonía de los europeos del norte, los de la cultura protestante. Es una suave forma de racismo, aunque no reciba esa etiqueta. Por ese lado se puede romper la Unión Europea, que tampoco incluye a Rusia, otra nación periférica al cogollo de la Europa protestante.

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