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Amando de Miguel

La gracia de estado

Durante las pasadas fechas hemos asistido a una transformación cuasi religiosa, o al menos muy señalada, en la figura de Pablo Iglesias, el comandante de Unidas Podemos.

Amando de Miguel
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Durante las pasadas fechas hemos asistido a una transformación cuasi religiosa, o al menos muy señalada, en la figura de Pablo Iglesias, el comandante de Unidas Podemos.
EFE

El Estado tiene poca gracia, pero aquí me refiero a la doctrina teológica de la gracia de estado. Se puede aplicar fácilmente de tejas abajo a muchos aspectos de la vida cotidiana. Cuando una persona experimenta un cambio cualitativo en su situación social dicen los teólogos que el Espíritu Santo le concede un hálito especial para poder desempeñar con acierto las nuevas obligaciones. Es lo que ocurre de modo ostentoso cuando una persona se casa, toma el hábito de monja o el orden sacerdotal. Por extensión, se puede aplicar el mismo principio a otras alteraciones fundamentales en la biografía de un individuo. La idea es tan útil que se puede llevar con facilidad a otros muchos aspectos de la vida mundana, por ejemplo, la política.

Es claro que un político mediocre adquiere el carisma (otro término teológico) del poder en cuanto lo nombran presidente del Gobierno. Bueno, no siempre, pero hay casos.

Durante las pasadas fechas hemos asistido a una transformación cuasi religiosa, o al menos muy señalada, en la figura de Pablo Iglesias, el comandante de Unidas Podemos. Su nombre permite asimilarlo a la famosa caída del caballo de Pablo de Tarso en el camino de Damasco. (Por cierto, nada indica que San Pablo fuera a caballo, pero da igual). El Coletas, como popularmente se le conoce, nos tiene intrigados a todos. Después de 40 días de reclusión en su casa para desempeñar airosamente el menester de cuidador de sus bebés, se ha presentado como otro hombre. Quedan atrás los vituperios contra el régimen de la Transición, por burgués y reaccionario, que son cosas malísimas para nuestro héroe. Ahora se muestra en el papel de predicador de las películas del Oeste, blandiendo en su mano un ejemplar de la Constitución a la manera de Biblia salutífera. En definitiva, la Constitución de 1978 es un texto sagrado, revolucionario, paramarxista o por lo menos socialdemócrata. No solo eso, nuestro Pablo Iglesias, aunque siga con su atuendo estudiadamente desaliñado, puede ponerse un jersey de marca. Bien es verdad que es de una marca de inspiración comunista, pero el comunismo es hoy una fuerza asaz conservadora.

En los debates preelectorales Pablo nos sorprendió con un talante componedor, e incluso reprendía a sus compañeros de atril cuando se interrumpían entre ellos y promovían un guirigay de insultos y sarcasmos. Pablo apelaba a la buena educación, a comportarse bien, o qué dirá la gente que nos está viendo. Era el prototipo del "muchacho bien educado", el título de un texto que yo di en el bachillerato de los marianistas.

Tan moderado se nos ha vuelto el chico que ya no desea presidir el Gobierno de la nación. Se conformaría con algún modesto cargo, como ministro del Interior (para controlar las "cloacas") o presidente del CIS (para intervenir las encuestas). Tampoco le vendría mal el puesto de rector magnífico de su universidad, la mal llamada Complutense. Si una vez se puso el esmoquin para asistir a la fiesta de los Premios Goya, cuando le nombren para alguno de esos merecidos cargos bien se pondrá chaqueta y corbata. Hasta es muy probable que literalmente se corte la coleta, que queda ya muy antigua y desastrada. Se la dejó en su día porque así disimula un poco que el caudillo podemita es un poco cargado de espaldas, abrumado como Atlas por el peso del mundo sobre sus hombros.

Todos estos cambios de talante y compostura se deben al simple hecho de que Pablo y su mujer se han comprado una vivienda digna en una zona de lujo (donde veraneaba Jacinto Benavente) y han tenido dos criaturas de una tacada. Ahí reside su personal gracia de estado. Sus ideas pueden parecer las mismas que antes, las de su juventud y egolatría. Aunque algunas de ellas, como la necesidad de una banca pública o de las viviendas protegidas, más parecen remedos del franquismo. Pero la presentación de su yo ha variado sustancialmente.

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