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La migraña de los migrantes

No es casual que se haya desatado en muchos países receptores una mentalidad que aparece como xenófoba o nacionalista.

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Hasta hace poco estaba claro, porque fue así durante milenios. La especie humana ha sido siempre migratoria, como algunas familias de aves. La trashumancia de los humanos ha sido usual en muchas sociedades. La causa y consecuencia de tales traslados es que los hombres se han adaptado a todos los climas (excepto el de la Antártida) y se han hecho omnívoros. De modo especial, en las sociedades contemporáneas hemos asistido a grandes movimientos de población en el espacio, éxodos de pueblos enteros debidos a guerras y hambrunas. Los armenios, los judíos y los irlandeses han sido ejemplos extremos en la época contemporánea.

Dentro de España hemos tenido una buena ilustración del llamado éxodo rural o de los indianos de las regiones norteñas. Hace medio siglo asistimos al traslado masivo de los campesinos a las ciudades. Durante la última generación hemos experimentado el hecho novedoso de millones de inmigrantes de los países pobres (ahora se llaman "en vías de desarrollo").

En el mundo se detecta ahora un colosal movimiento migratorio de la América hispana hacia la anglosajona, de todos los continentes hacia Europa. Lo facilita la baratura de los transportes y las comunicaciones. Se añade la gran visibilidad de las facilidades de vida en los países ricos.

Hasta hace poco las etiquetas estaban claras. Se distinguían muy bien los emigrantes (desde el punto de vista de la sociedad de salida) de los inmigrantes (los mismos desde la perspectiva de las zonas de acogida). Pero de repente se nos ha colado una categoría sintética: los migrantes. El palabro, como tantos otros, procede de los Estados Unidos y, para nosotros, de la América hispana. Migrantes era una calificación que tradicionalmente se empleaba solo para las aves. Se asigna ahora a los humanos porque empieza a ser oscuro e irrelevante de donde proceden e incluso tampoco parece claro a dónde se dirigen. El ejemplo último ha sido la peripecia del buque Aquarius y los que le siguen.

Lo del Aquarius ha sido muy vistoso, una buena ocasión de publicidad política. Pero entre tanto siguen llegando a las costas andaluzas docenas de pateras todos los días, atestadas de negros (ahora se dicen "subsaharianos"). En realidad, son lanchas neumáticas que se abarrotan de pobres emigrantes, explotados por las mafias de los nuevos negreros. Se sospecha que se hallan en connivencia con las autoridades de los países norteafricanos.

La situación en los países europeos de inmigración es ambivalente. Por un lado, con la natalidad más baja de la historia, necesitan la mano de obra de los inmigrantes para que ocupen los puestos que no desean los autóctonos. Pero, por otro, el ritmo de la inmigración se acelera tanto que se puede llegar a convertir en un factor de inseguridad. ¿Cómo evitar que, con la riada de inmigrantes, no se nos cuelen terroristas? Sin llegar a ese extremo, muchos de los pacíficos invasores se integran en las clases pasivas de los subsidios. El coste resulta disparatado. No es casual que se haya desatado en muchos países receptores una mentalidad que aparece como xenófoba o nacionalista. En España todavía no se aprecia bien, pero es cuestión de tiempo.

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