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Amando de Miguel

La rebelión del gineceo

Malo es el machismo, pero el privilegiado feminismo viene a ser la otra cara de la misma ralea al derivar hacia la androfobia.

Amando de Miguel
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En 2004 (no hace falta el artículo) tuve el privilegio de ser consultado como experto por el Congreso de los Diputados en el debate sobre la Ley Orgánica de Medidas de Protección contra la Violencia de Género. El título puede resultar verboso, y sin embargo acaba siendo elíptico, pues la "violencia de género" es una estúpida contracción de "violencia extrema de los varones contras las mujeres en un ambiente doméstico, actual o pasado". Para evitar fárragos, sería mejor volver a la clásica figura del "uxoricidio", palabra culta pero precisa.

Mi intervención en el Congreso concluyó en estos términos: "El preámbulo de la ley que sus señorías discuten propone erradicar la violencia de género. Pues bien, yo les digo que es un objetivo imposible. Es más, esta ley va a propiciar un encono de la violencia de género". Mis palabras fueron acogidas con un sonoro abucheo por parte de la turbamulta de padres de la patria. La ley fue aprobada por unanimidad un 28 de diciembre, para mayor inri.

Siento mucho que mi modesto presagio se haya cumplido con creces. Desde 2004 los casos de uxoricidio se han mantenido y algunos años han aumentado. Daba yo entonces las razones para tal persistencia. La tasa de uxoricidio (que en España es más bien baja en el contexto europeo) se debe a un ambiente de desorganización social creado por el abuso del alcohol, las drogas y la promiscuidad sexual. Añádase la fascinación que ejerce el dinero ganado sin trabajar. Se acentúa por la mala tramitación de los divorcios y una fuerte inmigración extranjera. Todo ello se remacha por el efecto que supone la hegemonía del feminismo.

Ya la misma adopción de la palabra "género" para indicar el "sexo femenino" es una puritana represión importada que supone un latente desprecio por la mujer. En definitiva, se trata de una respuesta machista, que es paradójicamente la que se quiere combatir.

Resulta escandaloso que no se tipifique como "violencia de género" la que ejerce un varón contra cualquier mujer que no haya sido su esposa, pareja, compañera sentimental, amante o novia. Más grave aún es que tampoco figure la que ejerce una mujer contra un varón o contra otra mujer. Tales exclusiones indican paladinamente que el asunto de la malhadada "violencia de género", según lo trata la ley y la política dominante, es una forma enmascarada de discriminación sexual.

Una conclusión tan aberrante se debe a que la malhadada ley no es más que la cobertura de un principio político: conceder a la camada feminista el monopolio para ocuparse de estos asuntos del uxoricidio, los malos tratos a los menores o las agresiones sexuales. Tal adscripción genera pingües ingresos en forma de subvenciones a los chiringuitos feministas y sobre todo un mérito en la carrera política.

Una consecuencia del privilegio que digo es otra perversión: reconocer que en los conflictos domésticos la presunción de inocencia se aplique a la mujer y no al varón. Dicho de forma más plana: el testimonio femenino no necesita prueba y se impone automáticamente sobre el masculino. Como es lógico, tal atropello jurídico produce situaciones de exasperación en los varones inmersos en las penosas tramitaciones de los divorcios o equivalentes. Lo cual puede llegar al extremo de parricidio o de suicidio como formas liminares de venganza.

Malo es el machismo, pero el privilegiado feminismo viene a ser la otra cara de la misma ralea al derivar hacia la androfobia. En definitiva, estamos a ante una nueva manifestación del sexismo. Bien es verdad que los varones son más violentos que las mujeres, quizá por una cuestión hormonal, pero, si hay una execrable "violencia machista", también encontramos razones para prever una sutil y más refinada "violencia feminista".

No estaría mal que volviéramos a la casilla de salida (como ahora se dice) y empezáramos a considerar que, en lugar de la "violencia de género", es más propio tipificar la "violencia contra la mujer en el círculo afectivo de la familia". Todavía mejor sería que, para simplificar, habláramos de "violencia doméstica" o "intrafamiliar" para comprender la que ofende a las mujeres y también a los niños, los viejos, los varones; esto es, la que se dirige contra cualquier persona en situación de debilidad o de desventaja en el ambiente familiar, aunque haya dejado de serlo.

Este planteamiento de sentido común y compasivo que digo solo lo suscribe un minúsculo partido político: Vox. Los demás, despechados, lo tratan por eso de misógino, machista, sexista e incluso fascista. En donde se colige que Vox no se sitúa en la extrema derecha del espectro de partidos sino en frente de todos ellos. Por eso no será nunca un partido de Gobierno, sino solo una "voz" que aspira a ser oída.

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