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La sociedad digital de andar por casa

Una de las mayores catástrofes naturales que se pueden imaginar para nuestra Tierra sería que se borraran de golpe todas las transmisiones telemáticas.

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Las expresiones sociedad digital y nuevas tecnologías tienen más de 30 años, pero parecen de hoy mismo. No se trata solo de un conjunto de tecnologías, más o menos nuevas, que afectan a las empresas y demás organizaciones en orden a la producción. Es también la expresión de un modo de vivir cotidiano que caracteriza a la última generación. No nos percatamos de su alcance, por lo mismo que el pez no se da cuenta del agua en la que se mueve.

Un uso común a casi todas las personas actuales es la de poder comunicarse a todas horas unas con otras a través de los teléfonos y otros dispositivos con teclado o pantallita. Esa relación personal a través de la escritura, la voz o la imagen es ahora el insumo fundamental de la gente fuera del sueño. Diríase que cumple la misma función que el dormir: acumular energías para seguir viviendo. Tal acumulación nos parece muy necesaria porque la vida toda supone un incesante desgaste. Tal es la variedad y novedad de los distintos quehaceres cotidianos, el traslado incesante de un lugar a otro por trabajo o placer, la fatiga que supone cuidar de la salud o hacer ejercicio físico. Tales obligaciones nos condenan a una suerte de agobiante dependencia, que el urbanícola actual no resiste bien. La compensación primera está en la facilidad que nos prestan los artefactos telemáticos para ponernos en contacto con las personas cercanas o afines. No es solo la conversación oral o escrita; bastará a veces con el envío de algunas imágenes del sujeto mismo o de objetos con algún interés. Se trata de contenidos efímeros, que se suelen guardar mucho. Es lástima que desaparezcan. No hay museos o archivos que los guarden, fuera de unos pocos documentos de las grandes organizaciones.

El hecho de la intensa y continua relación personal no es enteramente nuevo. En diferentes culturas se ha registrado la imperiosa necesidad de intercambiar chismes, sucesos curiosos, rumores, o informaciones más o menos reservadas, especialmente entre las comadres. Pero ahora esas conversaciones intrascendentes se han generalizado a toda la población y se han multiplicado por la enorme facilidad que suponen los archiperres telemáticos. Su precio es ínfimo por unidad informativa. Recuérdese lo caro que resultaban los telegramas, en los que se procuraba una redacción sincopada para no gastar mucho. Por cierto, el telegrama ha desaparecido de nuestras costumbres, casi lo mismo que la carta como tal. Ambos escritos se han visto superados por los mensajes de todo tipo que circulan en cada sociedad por millones en un minuto. Es claro que su contenido debe de ser poco trascendente. Hace algún tiempo el hecho de recibir una carta, y no digamos un telegrama, podía producir intensas reacciones anímicas. Hoy, cuando se abre la internet, allí están dispuestos los mensajes que el receptor selecciona o descarta. La operación no es tan emotiva, y sin embargo no es fácil prescindir de ella.

Una de las mayores catástrofes naturales que se pueden imaginar para nuestra Tierra sería que, como consecuencia de una gran tormenta solar o algún otro meteoro parecido, se borraran de golpe todas las transmisiones telemáticas. Sería la ruina económica y la paralización de los sistemas productivos, pero también el desconsuelo mayúsculo de la población. No ocurrirá en términos de probabilidad, pero solo pensarlo asusta. Ni los ecologistas más furibundos se han planteado un desastre tan colosal. Lo de los apagones de Venezuela no son nada comparados con el suceso que apunto. Mejor será imaginar que se trata de una tontería más de un escritor aburrido. Después de todo, un artículo de opinión es un mensaje más de la miríada que cuajan todos los días en las pantallas domésticas.

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