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Amando de Miguel

Lo de Cataluña apesta

Amando de Miguel
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Hace ya bastantes meses, años quizá, que lo de Cataluña empezó a aburrir a los españoles, incluidos los catalanes sensatos, que son la mayoría. Hemos tenido que soportar que, día tras día y año tras año, los sucesos de Cataluña abran cansinamente las noticias políticas de España.

Pero desde hace unas semanas lo de Cataluña, el famoso "prusés", empieza a estragar a los españoles; a algunos nos apesta. Me refiero primeramente a la asombrosa incapacidad de sus clases directivas para formar Gobierno y ordenar mínimamente la vida pública. Mientras tanto, los tales siguen cobrando. Se trata de una minoría incompetente con una trayectoria de robo sistemático en gran escala y de sedición en pequeño comité. Pasará a los manuales de ciencia política como una forma perfecta de cleptocracia. Fue la gran creación de Pujol. A través del tiempo, ha significado una selección al revés: la supervivencia de los más zotes. Su único mérito es lo bien que practican el "fulanismo", que dijera Unamuno de los políticos de su tiempo. Se trata de una forma muy simpática de solidaridad. Es la que distingue en todas partes a los delincuentes.

Por si fuera poco, últimamente, en la colla que manipula el poder en Cataluña, sobresale la pintoresca presencia de unos cuantos forajidos. Es decir, de acuerdo con el diccionario, los malhechores que escapan a la Justicia. (Por cierto, no sé por qué no se les llama lo que son: forajidos). Sueñan con una hipotética República de la nada, naturalmente subvencionada por el Estado español como compensación de siglos de explotación. Acabarán formando una especie de Gobierno en la sombra, instalado en algún cantón suizo o en la Antártida. Su primera ambición será conseguir que se dicte una generosa ley de amnistía para delitos políticos y económicos. Todo se andará. Los nacionalistas de todos los meridianos son verdaderos artífices en el arte de pedir. Hasta ahora esa capacidad la ha desplegado muy bien el catalanismo de todos los tiempos.

El estupefaciente espectáculo del "prusés" independentista recuerda más a los cobardes burgueses de La kermés heroica, y mucho menos a los altivos ciudadanos de Calais, inmortalizados por Rodin. De ellos se avergonzarían los caudillos del catalanismo político y cultural de hace un siglo. Estos de ahora, sus tataranietos bien instalados, manifiestan una profunda degeneración de la raza. Constituyen un tipo humano gallináceo, bragazas y mandinga. No me imagino yo que sean capaces de escribir libros, ni siquiera artículos, como hicieron sus antecesores. La única variación, por si fuera poca desgracia, es que ahora hay también catalanistas (ellos y ellas; esa es la novedad) aposentados en la oligarquía de la izquierda radical y revolucionaria. No se sabe bien de dónde han podido salir tales resentidos, rastacueros y tuercebotas. Pero influyen un montón.

Lo grave es que la sociedad catalana como tal ha ido perdiendo peso en el conjunto español. Ya no opera la selección natural que significó en su día el movimiento de una masiva emigración hacia Barcelona y sus comarcas industriales. Al contrario, son muchos los profesionales y empresarios que abandonan silenciosamente las otrora florecientes tierras catalanas para instalarse en Madrid o donde sea. Ese movimiento demográfico es el verdadero plebiscito silencioso de la República Catalana. Como es lógico, de avanzar todavía más, supondrá un constante refuerzo para el independentismo. En ello estamos.

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