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Lo que el viento se llevó

Son innúmeros los oficios, empleos e instalaciones que han desaparecido o están a punto de hacerlo por mor de la industrialización.

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Pixabay/CC/ulleo

Ya sé que no es de recibo estilístico poner a un artículo un título extraído de una película o una obra literaria. Pero estamos en vacaciones y todo se perdona, como seguramente acordará quien siguiere leyendo. No voy a hablar de cine, que no es lo mío.

La nostalgia me inunda al considerar la multitud de objetos, artículos, usos e instituciones que forman parte de mi infancia o juventud y que ahora han desaparecido o están a punto de hacerlo. No hay que ir a las grandes comparaciones, por ejemplo, entre el franquismo y la democracia o el mundo rural y el urbano. Se pueden anotar contrastes más humildes y cotidianos para las añoranzas, seguramente un tanto idealizadas. Lo que en su día formó parte del paisaje cotidiano ahora merece la consideración de artefactos para el imposible museo etnográfico.

Mis curiosos corresponsales de cierta edad podrán aportar muchos más elementos para ejercitar la nostalgia del mundo que se desvaneció de la experiencia cotidiana. Yo solo doy aquí la entrada a unos cuantos para que se complete la lista. Excluyo los artefactos de la vida campesina tradicional, hoy elevados a piezas de decoración.

Objetos o artículos corrientes que fueron familiares y que se han extinguido: las tiras matamoscas (se desenrollaban de un canuto e iban cubiertas de una sustancia pringosa), los enjambres de moscas, las neveras (no eléctricas), las pesadas barras de hielo para las neveras, las fresqueras, las gasolinas con plomo (como un reclamo), las sartenes de hierro, las trébedes, los braseros de cisco o picón, las motos con sidecar, los motocarros, las antenas de los coches, las canicas, los tinteros, las plumas estilográficas (hoy solo para coleccionistas), los tiralíneas, las escribanías sobre las mesas de despacho, las combinaciones (prendas femeninas), las medias con costura (prendas femeninas), los pantalones bombachos (prendas masculinas y juveniles), los sellos de correos, las tarjetas postales, los telegramas, los porrones, los vermuts de barril, las máquinas de escribir, los papeles de calco, las revistas de opinión, ciertos medicamentos tranquilizantes (okal, calmante vitaminado), los saludas (documentos oficiales que no llevaban firma), los balduques (cintas rojas para atar carpetas de expedientes), los huevos de madera para zurcir, las sardinas arenques, los infernillos (eléctricos o de alcohol), las colecciones de sellos.

Son innúmeros los oficios, empleos e instalaciones que han desaparecido o están a punto de hacerlo por mor de la industrialización, de la automatización. Por ejemplo, los serenos, las vaquerías de las ciudades, los mozos o maleteros de las estaciones, los linotipistas, los monaguillos, las señoritas que recogían puntos a las medias, las cesteras (de golosinas y cigarrillos), los zapateros de portal, los vendedores de helados con carrito, los ascensoristas, los uniformes militares fuera de los cuarteles, los cobradores de tranvías o autobuses, las cabinas telefónicas, los fotógrafos callejeros con trípode.

Todo eso se ha ido desvaneciendo como una especie de niebla pasajera. Puede que permanezcan algunos ejemplares, pero más bien como artículos de adorno, de ostentación, piezas de decoración. Sentiremos alguna nostalgia de las cosas que hemos perdido, aunque lo más acertado es que las sustituciones hayan sido mucho más cómodas y productivas.

Con un poco de imaginación se puede advertir que pronto desaparecerán otras muchas realidades. Por ejemplo, los periódicos de papel, los motores diésel, los teléfonos fijos, los abrelatas, las llaves de las puertas, los bancos, las bombillas incandescentes, el dinero metálico (billetes y monedas), las pagas extraordinarias de julio y diciembre, el azúcar de caña o remolacha, las pizarras de tiza. Como se trata de una anticipación, caben algunas dudas sobre la posible extinción de algunas de esos objetos o instituciones.

Sin embargo, aunque se altere el paisaje de lo creado por la civilización, la especie humana sigue siendo la misma. Ya no nos agarramos a la mancera o esteva del arado, pero sí al teléfono móvil o artefactos equivalentes. El hombre es el más inteligente de los animales porque utiliza las manos.

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